¿Cuántas veces más?

Acabo de despertar. He dormido, otra vez, boca abajo y he vuelto a encharcar la sábana, a la altura de mi cara, en dos zonas. Uno de los rastros corresponde a mi saliva, que dejo escapar con la relajación de los músculos de la boca. El otro, por ahora, lo desconozco, aunque, si me esfuerzo, puedo recordar algún fragmento de lo que he estado soñando.

Unos zapatos brillantes de charol en unos pies de niño que avanzan, apresuradamente, por una calle gris y mojada y el sentimiento de preocupación porque se lleguen a manchar con barro. Y los dedos, también de niño, que acomodan los calcetines de punto blanco, para que no bajen a los tobillos. El ruido de los tacones sobre el suelo, allá abajo, porque el campo de visión es otro, hacia adelante, hacia un portón de madera pintada de marrón chocolate.

El rechinar de los goznes cuando se abre la puerta empujada por las manos infantiles, y la pituitaria que asume el gozo del pan recién hecho, con la masa esponjosa de su miga aún caliente.

Y desde la perspectiva visual de alguien demasiado bajito, la impresión de los traseros alineados, pertenecientes a cuerpos apoyados en el mostrador, que esperan su turno para ser atendidos.

Y, de pronto, el cambio radical de imagen.

La cara sonriente, muy cerca, tanto que se puede adivinar el sentimiento de franqueza, inherente a la confianza extrema en las palabras del señor que las emite, con su voz grave y melodiosa.

– ¡Susito! ¡Hijo! Ya creía que te habías perdido. Menos mal que llegaste a tiempo para ayudarme con el recado de tu abuela.

Ya sé. El agua se ha escapado de mis ojos. La añoranza ha provocado el estallido del dolor por la pérdida del ser amado.

Le he vuelto a echar de menos y el asalto de los recuerdos ha dejado testimonio en mis devaneos oníricos. Demasiado reales a veces.

¿Cuántas veces más mojaré la cama? Con mis lágrimas.

¿Padre?

¿Papá?

 

Con papa

No sigas

   Mírame, ¿a quién crees que engañas?

   Cogiste el bolígrafo de tinta verde y escribiste palabras sueltas en un folio color crema, como si creyeras que me importaba lo guay que podrías llegar a ser.

   Pero no me importa. ¿A quién crees que engañas?

   He conocido a muchos fracasados como tú, vacíos por dentro y por fuera. Tan llenos de podredumbre, inoculada desde pequeños por una familia insulsa, larga como las sagas.

   No sigas escribiendo porque no te leeré. Pon el capuchón al boli y guárdalo en el cajón. En ese cajón sin fondo que, adivino, es tu alma.

 

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(Fotografía:©Jesús Fdez. de Zayas «archimaldito», con «archimaldito»)

Ojos que no ven

   Empresas modelo, tanto en prestigio como en organización, y con resultados económicos apabullantes, incumplen tajantemente el mandato constitucional del respeto al derecho a la intimidad de todo ciudadano que accede a sus recintos. Son grandes emporios comerciales que vigilan, por nuestra seguridad, nuestros movimientos, porque de ellos depende el buen funcionamiento de la gran cadena de producción-oferta-demanda. Muchos de sus clientes lo dan por sabido y no les importa pero, ¿cuántos de ellos saben que se está atentando muy en serio contra sus derechos como persona?

   A la vista de cualquier tentado a incumplir el mandamiento divino sobre la apropiación indebida de lo ajeno están los dispositivos de seguimiento audiovisual, que registran la falta y sirven como testigos electrónicos del pecado, pero el que cae en el error es por falta de información, de picardía, de observación, o por abundancia de necesidad en su miseria.

   Los que honradamente deambulan por los pasillos de estos centros del consumismo ignoran la existencia de los otros ojos voyeuristas que los observan desde las alturas y que quizás no hagan tan buen uso de los datos que se les aportan, por no contar ya la función que los sufridos trabajadores que les atienden pueden estar representando para esos ojos anónimos.

   Tu firma, tus datos identificativos, todo lo que mantienes en secreto a la vista de tu interlocutor comercial, detallados, como si el voyeur estuviera presente a tu lado protegiéndose por su ideal invisibilidad, y los sonrientes, a veces forzados sonrientes, dependientes, que no sospechan que cada vez que se rasquen el culo, que se hurguen la nariz o que, simplemente, descansen in albis entre transacciones, alguien, en las alturas está tomando nota de sus poco ortodoxas maniobras particulares e íntimas, sobre todo íntimas.

    Pero ahí siguen, siendo empresas comerciales que continuamente toma el español como ejemplo de profesionalidad, de atención, de gallardía económica. Si supiera a costa de qué y de quiénes se están superando éstas en los tan cacareados rankings de beneficio anual, veríamos si les quedaban ganas de aportar su humilde granito de arena a esta parcela de la España que va tan bien. Pero ya lo dice el refrán: Ojos que no ven…

 

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El alzamiento

Aún no se ha fracasado. Aún hay esperanzas. Aún, todos a una. Aunándonos. Alzándonos.

Avatar de Adrián E. BelmonteLas crónicas del Otro Mundo

Cuando te precipitas por un pozo invisible en el cual era imposible caer. Cuando te sumes en un diccionario en el cual las únicas palabras que aparecen resultan sombrías, y tan solo eres capaz de encontrar sinónimos de vocablos que nunca te gustaron, una hueste de soldados cuyos nombres comienzan inexorablemente por el cruel prefijo des- tales como desazón, desesperanza, desesperación, desmoralización, desánimo… Cuando la depresión te gana la batalla en cualquiera de sus vertientes, con su avanzadilla como estado anímico o su colonización como patología diagnosticada, habiendo capitulado ante la misma antes siquiera de concebir levantarte en armas contra ella. Cuando solo hay oscuridad, una eterna caída hacia ninguna parte; solo hay una persona que ni siquiera es capaz de captar ninguna imagen que no sea un abismo en tinieblas, con un silencio monocorde como único sonido en el mundo.

Eso es hundimiento.

Cuando al despegar los párpados por…

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Falso fulgor

Fui directamente a mi mesa escritorio y entresaqué de mis papeles un cuento que había escrito meses atrás. Aún no le había puesto título. La verdad es que me había resultado imposible encontrar una palabra que resumiera todo el contenido del manuscrito. Pero tras la visión de mí mismo envilecido por la mecanicidad robótica de mis musas anteriores, concentré todos mis esfuerzos en inaugurar mi nueva ambición vital con la búsqueda de un nombre para mi redescubierta historia.

“Falso Sol” se transformaría en el orientador de mi rumbo literario. Desde aquél se desplegaban todas mis ilusiones, todos mis anhelos, y cada uno de mis sinsabores.

El cuento se fue transformando en una novela donde la narrativa dejó paso al aguijón de la pericia en la utilización del lenguaje, al buen oficio de hilvanar diferentes historias en una sola que condujera a los potenciales lectores al placer de la inmersión en otras pieles, con otros ojos, sobre diferentes suelos.

Al parecer, desde mi perspectiva actual, creo que no me entregué lo suficiente en la seducción de palabras envolventes, sino que fui directamente al meollo de la historia, para abrirme de par en par ante los pretendidos anhelos de las mentes, acompañadas de sus respectivos sentimientos, que pudieran integrarse en mi proyecto de búsqueda del propio conocimiento.

“Falso Sol” intentaba narrar, repito, desde mi rocambolesca concepción de la vida, la historia de un ser humano abatido por las circunstancias de esa vida y por los efectos que sus acciones desarrollaban en la de los demás. En cierto sentido, mi cuento-novela-confesión de un desconocido era un círculo vicioso, una cadena interminable de casualidades con el mundo real.

Nunca pensé que “Falso Sol” llegara alguna vez a ser publicado. Pero debía cumplirse esa suerte de oferta-demanda espiritual y anímica y tuve que plegarme ante la exteriorización de mi creación y la preparación ante el shock de la comprensión o aborrecimiento de los demás.

Mis expectativas fueron superadas con creces. Recibí elogios y rechazos a partes iguales. Incondicionales de mi estilo y exabruptos directos con referencias a mis objetivos literarios. De todo un poco, aquí y allá. Aunque poca gente entendió el mensaje auténtico que tuve en mente transmitir cuando rematé los últimos capítulos, plenamente parabólicos.

Mi editor estaba pletórico. Un trabajo de novel no se había destacado tanto como el mío, y aunque nunca fue un superventas, se distribuyeron un par de ediciones. Esto le animó a seguir creyendo en mi capacidad literaria por algún tiempo.

Compartía yo con él parte del no poder creérmelo, al principio. Inmerso, como siempre, en el mar de dudas, acabé por plegarme a la realidad de que era leído con esperanzas varias, y aquellos lectores me daban, con su anonimato, nuevas fuerzas para seguir intentando el resurgir de mi propio existir, recién estrenado. Mas cometí un error, imperdonable confianza en lo desapercibido de la amalgama de mis miserias: Fue un error pensar que los lectores no serían cómplices de mis experiencias, y no llegué nunca a sospechar que hubiera alguien que pudiera sentirse totalmente absorbido por la historia, pero he aquí que alguien se sintió identificado con ella, con la mía propia, sin él saberlo.

Los sueños pueden ser avisos. Pronósticos de lo inimaginable. Pero, más que eso, pueden ser reflejos de lo extrañado, de lo reciclado por nuestras neuronas, de lo rozado por la realidad de la vigilia. Y quizás en algún instante, sin estar persuadido, había dejado que mis córneas fueran atravesadas por la luz reflejada por la imagen de lo inverosímil, y aquello se quedó grabado en mi subconsciente. Y en los sueños nocturnos, los que antaño me permitían la evasión de lo inaceptable, afloró el elemento de la pesadilla. Y los espejos cortantes me devolvían mi recuerdo sangrante, y con él convivo desde su vuelta.

Soñé con Vladis, y con Vladis llegó la angustia del perseguido.

Yo, víctima de mi propia monstruosidad.

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11 de enero de 2016

“La única vez que soñé contigo fue hace unos años. Estaba en el salón de actos del instituto en el que estudié secundaria, y no sé el motivo, pero me subía al escenario, y comenzaba a cantar “HEROES”. Recuerdo a mi padre, como hace siempre, grabándome desde un lateral del escenario, y te recuerdo a ti, entre la multitud que me escuchaba, en primera fila. Levantaste los dos pulgares hacia arriba, y vi tu rostro diciéndome “Lo estás haciendo bien”. Cuando me desperté, se lo conté a mis padres, y me dijeron que algún día, ese sueño se haría realidad.

Me has cambiado la vida. Gracias por todo lo que has hecho por mí.

RIP David Bowie.”

-Rev Silver-

 

 

A las 8:00 de la mañana de hoy, día 11 de enero de 2016, de camino al trabajo, detuve mi automóvil y llamé a casa para despertar a mi hija y así “se pusiera las pilas” en su preparación de vuelta al colegio tras las vacaciones navideñas. Pero la voz que escuché al otro lado de la línea telefónica no fue la de ella, sino la de mi hijo que, muy compungido, me preguntaba si ya me había enterado de la noticia. Ante mi respuesta negativa, pues a esas horas aún no me había conectado al mundo, me dio la malanueva de la muerte de David Bowie. Creí no haber entendido bien y tuvo que repetirme el nombre dos veces. Le dije que se calmara y me despedí de él, buscando la noticia en internet con mi teléfono inteligente.

No era un falso rumor. Era cierto. Y durante unos minutos me invadió la tristeza más amarga.

El día 9 de enero fue el cumpleaños de mi hijo y el día 8 estuve comprándole el regalo que tanta ilusión le haría: El nuevo álbum de Bowie, “Blackstar”. Y no solo eso, me atreví a grabar una felicitación en vídeo para el Maestro, pues el día 8, un día antes del de mi hijo, era el cumpleaños de Ziggy Stardust, sabiendo que, lo más seguro, nunca la recibiría. Pero yo dejaba constancia de mi admiración por su obra y por su persona.

8, 9 y 10 de enero del 2016. Tres fechas que quedarán marcadas en mi historia.

Como el día en que compré mi disco favorito del Duque Blanco, “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, día que entró su música de manera plena en la vida de mi hijo, que se empapó del disco y se convirtió en su “fan número uno”.

Después vendría todo lo demás, cuando lo demás está impregnado de la genialidad artística de mi hijo… Rev Silver.