Todo era pobreza, y si miraba más allá, más miseria veía. Se preguntaba si era esto lo que querían que viera. Aún así, decidió no huir.

Todo era pobreza, y si miraba más allá, más miseria veía. Se preguntaba si era esto lo que querían que viera. Aún así, decidió no huir.

No duermo. Vigilo los otros universos, los paralelos y los interseccionados, para que confluyan en la armonía.

Farfullaba palabras ininteligibles que ni siquiera él comprendía. Creía que así era más interesante para los que nunca decían nada.

En el aire siempre se respira paz.
Son los hombres quienes la contaminan con olores nauseabundos.

Me ordenaste que no volviera a verte.
No me ordenaste que no te amara.
No me ordenaste que no te oliera, ni escuchara, ni tocara.

Cuando llegué, por fin, después de tantos años, a la playa de mi infancia, orilla de aquel mar inmenso, me tuve que echar a llorar, y no por la emoción, pues me di cuenta que la Tierra estaba perdida, y yo, con mis lágrimas.

Hoy no he sido, pues he pensado más de la cuenta.

Más me valía tener la valentía de agarrarme a tu mundo, sin pensar demasiado en sus aristas de imperfecciones.
Más me valía percatarme de la señal.

Sigo encerrado en esta celda esperando que alguien venga a explicarme qué hago aquí.
Una mano anónima me ofrece comida cada seis horas, si es que se puede considerar alimento lo que me he acostumbrado a tragar.
Pero a esa mano nunca la acompaña una voz, aunque sea hiriente u obscena.
Solo el silencio del otro lado, cuando sé que al otro lado saben por qué estoy aquí y, aún así, susurro un gracias.
Y si lo saben, que me digan antes quién soy.
He intentado verme en el reflejo de mi propia orina pero la escasa luz me lo prohíbe.
Sé que soy macho pero no recuerdo mi edad, ni el tiempo que llevo aquí.
Y deduzco que algo malo habré hecho para merecerme este tratamiento.
Otra vez escucho pasos. Y el latir acelerado de mi corazón.
Quizás esta vez escuche la palabra.
