El cliente

El matemático se acercó y me susurró: El mayor enemigo del ser humano es el aburrimiento.

Acto seguido, me compró un libro.

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(Este microrrelato está basado en un hecho real, que me ocurrió a mí, varias veces, cuando era vendedor de librería de una archiconocida cadena de grandes almacenes)

Otra, otra vez

Otra vez buscas intuiciones que no tienes. Otra vez declaras hechos que no se han producido. Otra vez acusas la falta de riesgo de lo demás en los demás. Y siempre al vaivén de las expectativas de los que ejercen su poder sobre ti, corriendo riesgos innecesarios. Acusando el desorden de no tener cubiertas las espaldas, de no saber mantenerte en el candelero. Arriesgando los fallos intransigentes de los que dependen de ti, de los que están debajo de ti. Asumiendo que no mereces sus desgracias, que no te importan sus iniquidades. Y luchas por tener un espacio en el que expandir tu mirada, el el que darle nuevos bríos a tu alma, en el mundo ese del que siempre hablas, el mundo estéril.
Porque no tienes ilusiones, porque no sabes dar rumbo a tu vida, porque aceptas los devaneos del destino y no tomas las riendas. Dejas que los otros opinen por ti, que decidan cómo engarzar los eslabones de la cadena de acontecimientos que encauzan tu existencia. Y para los que te rodean y no dependen de ti eres una sombra que pasa, que no tiene peso en sus vidas, que no mueve las máquinas de sus destinos. Pero para los que son de tu sangre, de tu estirpe, los diriges al abismo de la incertidumbre del éxito o del fracaso. Y no sólo son ellos lo que anuncian un nuevo día. Están los miserables, están los desamparados, están los crueles, los viciosos y corruptos, los catapultados a la vaciedad. Los sin alma, los sin vida, los sin nada.
Hay pocas razones para seguir luchando. Lo mejor es que puedes mirar hacia otro lado sin tener remordimientos por ser todo lo egoísta que te permita el instinto depredador, el canalla que llevas dentro.
Transigente con ese tipo de pecados, magnánimo con esa suerte de debilidades, preciso en discernir la línea divisoria entre lo malo y lo peor. Sin crítica que sólo envilece las cicatrices, que sólo dulcifican tus arrebatos, los existencialistas.
Otra vez, otra vez caerás. Otra vez caerás por el acantilando sin fondo y te golpearás contra las olas embravecidas de tu alma, preguntándote, aún así, si tú la tienes. Porque otra vez, otra vez, vuelves a no creer en nada.
En nada.

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Aventurero

  En los años 1993 y 1994 realicé dos viajes importantísimos para mi trayectoria personal y vine pletórico de vivencias y preguntas para resolver en próximos viajes, que aún no he realizado salvo en mi imaginación a través de las páginas de embaucadores libros.

   El primero fue un viaje a Perú de introducción a los enigmas que desde niño me habían hecho soñar, y si algo me hace dudar tengo que ir personalmente a resolverlo. Las piedras de Ica del Doctor Cabrera, los tesoros incas, los túneles de Sudamérica, conectados con el submundo global, y los escurridizos OVNIS, fueron los principales espaldarazos a mi búsqueda personal. Y como ya he escrito anteriormente vine con más preguntas que con las que fui. Y, por supuesto, vine cargado de fotos, con las que aún hoy, al mirarlas, me trasladan a otro espacio-tiempo personal y que me sirvieron de base para mi Crónica del Perú propio, el primer escrito con el que me atreví a lanzarme al mundo de la literatura.

   Al año siguiente, junto con Javier Sierra y Vicente París, dos reputados investigadores de lo misterioso, me embarqué en la segunda aventura de mi vida, hacia Perú, de nuevo, y Bolivia, aunque con las ideas más claras sobre lo que quería encontrar. Por algo había tenido contactos personales con J. J. Benítez en lo que se enmarcaría en una colaboración nunca satisfecha por mi espíritu contracorriente. Sixto Paz, cofundador de la Misión Rama, me defraudó con los años, pero en aquel viaje me dejé embaucar por sus teorías y sus seguidores. Sigo conservando ilustres amistades de aquella época, pero no participo de aquellas locuras o visiones que nos iluminaron  en las batallas del autoconocimiento.

   Con el tiempo, y estando yo más desconectado que nunca de aquellas filosofías, mi amigo, el Indiana Jones hispano-brasileño Pablo Villarrubia, se percató de que mis fotografías podían servir para seguir transmitiendo sabiduría a otros rastreadores y acepté colaborar con él en la edición de un reportaje sobre Puma Punku, en Tiahuanaco, Bolivia, donde el cielo es más azul y el gris, el de las piedras del pasado, más intenso.

   Y alterno con la apasionante Literatura el registro de momentos fotográficos que quiero compartir, en ambos casos, con mis prójimos, por si añaden algo a la Búsqueda. Pero como se suele decir en casos parecidos: Esa es otra historia.

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Contacto telepático

   «Su gran problema es que piensa demasiado. Y por elucubrar tanto es por lo que decidió la escabullida y el abandono a una suerte inhóspita, desmandada. ¡Con lo fácil que es buscar y encontrar el término medio para todo: las pasiones, las reflexiones, las sensaciones, las acciones!»

    La voz mental no tenía timbre ni tono, sólo contenido semántico. Y aún así, algo la distinguía de otras que había recepcionado. Una marca diferenciadora, y como las huellas digitales de todos los humanos, única, intransferible de un sujeto a otro.

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El quizás volver a ser

   Era la primera vez que huía. Mas no hacía falta que esperara la amonestación de los poderosos, ni el compadecimiento de los justos. Él tenía clara la concepción de su falta. No contra las normativas cívicas, no contra los mandamientos de los dioses diversos. Nada de eso le importaba. El comezón, el requemón intenso, iba por dentro, contra él mismo. Contra todo lo que siempre había predicado. Se había invalidado a sí mismo.

   El estómago le ardía tanto como la cabeza, y los nervios le tenían atenazado el bajo vientre. La mea culpa lo llenaba todo. Y eligió su destino.

   Se olvidaría de sí mismo y tendría amnesia para los demás. Sería menos que nada, y ese era el escarmiento que se merecía por el acto cúspide de su degeneración.

   Sabía que, aunque soportara años de voluntaria penitencia, de castigos psicofísicos incontables e incomparables por su severidad, no podría borrar la angustia del omnipecador. La lobotomía, el borrado cerebral, no era el alivio, pues se emponzoñaba con la cobardía, y era la salida más fácil. La más extrema, pero para un individuo en su caso, la más fácil. Debía soportar la carga, el peso continuo, y la flama incombustible en su corazón, con la expectativa de que algún día lo hiciera cenizas. Y éstas sí podrían volar y repartirse hacia el ciclo constructivo del quizás volver a ser.

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