La música, a lo lejos, sonaba antigua. Mis gustos, obsoletos, la apreciaban.

La música, a lo lejos, sonaba antigua. Mis gustos, obsoletos, la apreciaban.

No me avergüenzo de ser humano. Me avergüenzo de que algunos lo sean.

Lo malo de que gesticulara tanto es que no se le entendía cuando hablaba pausado, meditabundo, reflexivo, nada inquieto.

Remaré tantas veces al viento
que mis brazos tensarán mis desgracias.
Lucharé tantas veces por mis risas
que ningún sistema de fuerzas ahorcará mis osadías.
Pero no creeré más que en mí.
Pero no seré más que yo.
Y si tú quieres, lucha conmigo,
porque uno solo rema demasiadas veces,
porque uno solo acaba quebrando sus ilusiones.

Leía más que nadie. Escribía más que nadie. Y cuando preguntaban qué vida era esa, contestaba que vivía más que nadie.

Lloraba todos los días el daño que aquella célula cancerígena llamada hombre causaba en el cuerpo llamado Tierra.


Durmiendo abrazadito a ella me imaginé a mí mismo muriendo, dentro de cien años, abrazadito a ella.

Las lágrimas perfectas son las que provienen de las risas, de la alegría, de la ilusión.

Si cada uno supiera qué hacer con la vida propia otras situaciones extremas se presentarían ante los testigos de lo inanimado.
El mundo sería mejor, más racional, más capaz de absorber la energía de los justos.
Cada cual sabría reaccionar ante las desdichas propias y ajenas.
El estómago manda.
Las vidas circulan por un río de miserias.
Las personas reaccionan contraponiendo lo positivo de sus existencias.
Si las personas no tuvieran corazón, el estómago mandaría y la revolución solucionaría la torpeza de los pensamientos.
El estómago manda y la sangre, cuando hierve ante las injusticias, se derrama.
No existen los Elegidos
Nadie es nadie, nadie es más, nadie es algo.
Mejor ser nada que ser elegido por la desdicha de ser algo sin ser nada ni nadie.
Los Elegidos morirán en el intento de intentar sobresalir de entre los demás.
Lo fútil del intento de ser alguien, acarreará sufrimiento al iluso.
Partamos hacia lo nuevo.
Perdidos ante las circunstancias, buscamos horizontes desconocidos.
La aventura de lo nuevo y la excitación ante esa aventura apela a las neuronas.
El corazón, quien lo tuviera, palpita desbocadamente.
El centro del Universo es un punto perdido en nuestra Mente.
