Era el descubrimiento más grande de la humanidad y él estaba a punto de firmar, ante aquel Consejo de Sabios, que todo había sido un arranque de soberbia.
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Falso Documental, Mockumentary o Fake
A raíz del falso documental«Operación Palace» que emitió la Sexta con motivo del aniversario de golpe de estado de Tejero o 23F queremos acercarnos a este género que tanta polémica suscita entre los espectadores.
Según Filmaffinity«el ‘falso documental’, también llamado ‘Mockumentary’, se trata de un subgénero documental de cine y televisión en el cual unos sucesos ficticios se narran en un formato de no ficción o documental, haciendo pasar como hechos reales una ficción.»
Características de un «fake«
Como señala Alberto Nahúm García Martínez* con los documentales damos por hecho que lo que reflejan es una realidad. Se basan en un estudio previo que es apoyado por unas imágenes. Lo que los británicos llaman fake utilizan las mismas herramientas estilísticas que los documentales y «se fingen los signos de lo real,construyendo así un simulacro de la representación».
Para Garcia Martínez estas son las herramientas utilizadas en los falsos…
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El empuje (Reflexión personal)
Estos días estoy autoconvenciéndome de que todo en mi vida va a salir bien, porque harto ya de sobrevivir cada segundo de la misma, quiero vivir. Hoy mismo me ha dicho la persona que más quiero en el mundo que me fuera a un espejo y reconociera, mirándome a los ojos, que soy una persona negativa. Y yo, luchando continuamente para ser positivo y mostrarme a los demás como positivo, no he ido al espejo y me he dicho que es hora de vivir, vivir porque la vida merece ser vivida. Y eso lo confieso porque, aunque a veces casi me convenzo de que la vida no es fácil, ni la supervivencia es fácil, nosotros tenemos el poder de liberarnos del ancla que nos la hace difícil. ¿Por qué no intentarlo? Quiero ser uno de los privilegiados que vive la vida, no que la sobrevive. Poco a poco… o mucho a mucho.
Autofoto en Copacabana (Bolivia), 29 marzo 1994
A partir de
Ochocientos noventa y cinco por sesenta y cinco igual a cincuenta y ocho mil ciento setenta y cinco.
La calculadora solar funcionaba perfectamente y sabía que tenía que memorizar todas las operaciones matemáticas que tenía en el listado de su regazo, antes de destruirlo, antes de que el profesor saliera de detrás del parapeto de aquella inmensa mesa y se paseara entre las de los alumnos.
Seguro que le daría tiempo y…
-Comienza la prueba. Tienen ustedes una hora exacta. A partir de. Ahora.
Guiño
Pizzicato
El hombre se encontraba encerrado entre dos paredes y dos puertas porque estaba a oscuras en un largo pasillo de lo que estaba definiendo, en el agobio claustrofóbico, como una trampa, en el laberinto interior del Teatro.
A tientas, tocando la pared con las yemas de los dedos y con el refilón de los zapatos, se dirigía hacia las casi imperceptibles lucecillas rojas que asomaban por detrás del teclado numérico de claves de apertura, para la libertad que habría tras abrirse aquella puerta.
Y mezclado con el sonido del riego sanguíneo y el palpitar inmenso del silencio sepulcral, se escuchaba, muy a lo lejos, la música que debía de emanar de un piano.
Se detuvo para escuchar concentrado, para que sus pasos no interrumpieran, con sus sonidos toscos de tacón, la belleza de la pieza. Pero no tuvo tiempo de deleitarse con ella, ya que inmediato fue el cambio de registro, con un pizzicato de violines que comenzaron a arremolinar su sentido de la orientación.
No comprendía cómo se le podía estar haciendo tan largo el trayecto, cuando había podido vislumbrar, antes de que se apagaran las luces, la verdadera dimensión del recinto.
Y gritó:
-¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Se rió de su ocurrencia, por lo estúpida que había sido y, desechando una respuesta, siguió avanzando. Poco a poco. Porque no recordaba si podría haber algún obstáculo pegado a la pared.
Los violines enmudecieron y volvió a escuchar su respiración mientras daba por alcanzada la puerta que, con el tacto de un ligero golpeteo de nudillos, aseguró era metálica. Y como así sentenció, así empezó a golpear con las palmas de las manos, provocando truenos en el aire, que rebotaban y se mezclaban, con sus gritos, en un caos.
Desechó la posibilidad de intentar adivinar la combinación porque ni siquiera sabía cuántos dígitos tendría que marcar y continuó con sus desesperadas increpaciones a los posibles oyentes que hubiera al otro lado.
Y nadie acudía.
Y maldijo el despiste de una o varias horas antes. Ni siquiera tenía la posibilidad de la llamada de urgencia con su teléfono móvil porque ¡se lo había dejado en el aparcamiento, dentro del coche!
Apoyó la espalda contra la pared y la deslizó hasta sentarse en el frío suelo.
¿Cómo había ido a parar allí?
¿En qué parte de las instrucciones del guardia de seguridad que le atendió se había equivocado?
Tuvo claro que la persona que le habría estado esperando, para la entrevista de trabajo, habría finalizado con los otros candidatos y se habría ido.
¿Qué hora sería ya? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿A nadie más se le iba a ocurrir coger este atajo? ¿Por qué no aparecía nadie?
Puso la cara entre sus manos y las acercó a las rodillas, balanceándose en pequeños ejercicios abdominales, como si escuchara una nana, y empezó a cantarla. Suavemente. Porque necesitaba el arrullo de su propia voz. Y sin saber si mental o física, empezó a escuchar una flauta, que lo acompañaba en su tarareo.
Y decidió que no se adormecería. Que tenía que salir de allí. Y despegó las manos. Y levantó los párpados. Siguiendo cantando. Y una pequeña luminosidad empezó a hacerse patente. Veía sus manos, y sus rodillas, y sus zapatos, y el suelo. Y las paredes a ambos lados, y el pasillo que había dejado atrás, cada vez más claro, cada vez más blanco. Y no dejó de cantar, porque tenía miedo de que, si lo hacía, volviera la oscuridad. Y la flauta le seguía acompañando.
Puso una mano en el suelo y se empujó para levantarse.
¡Qué delicada voz salía de sus cuerdas vocales! ¡Qué armonía! ¡Qué dulzura sublime!
Recordó, entonces, que a eso había ido al Teatro. A cantar. Para que le escucharan. Para que le escogieran. Para el próximo proyecto operístico. Con su voz contratenor.
Y siguió cantando, llenando de efluvios musicales lo que minutos antes había sido una pesadilla de silencio y caos.
Eclipsando el sonido de la flauta, porque él también era la flauta, el violín, la orquesta entera.
Tan entusiasmado que no se percató que una de las dos puertas se entreabrió. Y volvió la luz. Toda. Íntegra. La de todos los fluorescentes que cruzaban, longitudinalmente, el techo del pasillo.
Y calló.
Y gritó.
-¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
(Dedicado a Juan Diego Baños de Andrés,
que, con una aventura casi parecida,
me inspiró este relato.)
Javier Marías candidato al Nobel
También lo decían de Mario Vargas Llosa, y al final…
¡Ojalá Javier Marías! La cuestión es: ¿También lo rechazará? Si lo hace, se convertirá en mi héroe de por vida. Y lo imitaré cuando me toque a mí.
LA PAPELERA
La Academia Sueca acaba de dar su número áureo, la cifra de candidatos al Nobel de Literatura de este año: 210. En 2013 fueron 195 los aspirantes y la ganadora, como saben bien, la canadiense Alice Munro. En la nómina de 2014 no fallan los habituales: Joyce Carol Oates (EE.UU), Peter Nadas (Hungría), Assia Djebar (Argelia), Thomas Pynchon (EE.UU), Adonis (Siria) y los españoles Vila-Matas y Javier Marías. Y Murakami, claro, el incansable favorito japonés cuya insistencia ya propició socarrones titulares al día siguiente del último fallo: “Otro año más que Murakami no gana el Nobel”. Otro año que Joyce Carol Oates, tampoco. ¿O sí? Demasiado pronto para esta quiniela.
JUAN PALOMO
El Cultural, 21 de febrero de 2014







