Esperó a que arreciara la lluvia
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N. R. F.
¡Fuego!
Rodilla en tierra, miré a los ojos de una de las víctimas de esta guerra absurda y cruel. Tras un breve lapso, miré a esos mismos ojos a través de la mirilla de mi fusil. Tras otro breve lapso, pensé en mí y acaricié el gatillo. En el último lapso, el comandante del pelotón miró a mis ojos y asintió. ¡Fuego!
Mi única incursión en el periodismo
En el año 2000, mi buen amigo el periodista Pablo Villarrubia Mauso me propuso participar en la confección de uno de sus reportajes en la revista Nuevos Horizontes (Nº 4, mayo 2000).
Le aporté todas las fotografías para su reportaje y una pequeña participación escrita que a continuación detallo.
Todas las fotografías: Jesús Fernández de Zayas
Nota: Obviamente, la revista cometió un error adjudicando la autoría del reportaje a un tal Ernesto Milá, cuando el autor real fue PABLO VILLARRUBIA MAUSO.
Rumores
Críspulo Hontananzas saludó calurosamente a su compadre Eustaquio antes de susurrarle, con su aliento cargado en alcoholes, que su esposa estaba sacando los pies del plato con su otro compadre, el Huevón Florindo, a lo que el supuesto ultrajado contestó cortando de un tajo de navaja la sonrisa desdentada del cotilla fabulador y mentiroso, y cuando, la cara chorreante de sangre preguntó el porqué con un movimiento descontrolado de ojos, el compadre Eustaquio, susurró también al oído, antes de cortar la oreja que lo ampliaba, que nadie se burlaba de su esposa, aún virgen, y menos aún del único amor de su vida, el edulcorado, amable, lisonjero y buen amante Florindo el Huevón.
La palabra perfecta
Recuerdo aquel personaje de aquella novela en que el sufrimiento, por no encontrar la palabra perfecta para comenzar una historia escrita, le llevaba a la desesperación. Lo recuerdo porque, a veces, le envidio. Como envidio, sanamente, a los que pintan, a los que componen música, a los que, en definitiva, logran crear belleza.
Como aquel personaje de aquella novela, sufro a veces por no encontrar la palabra correcta para comenzar una historia. Por la mente desfilan cien mil que no encajan con los sentimientos que anidan en mi corazón. Y a veces abandono el intento de crear algo por no luchar, por no aceptar sufrir.
Sé que no soy un buen escritor. Es más, creo que ni siquiera puedo considerarme como tal. Soy un pobre desgraciado que intenta plasmar ideas en un papel antes de que estas se olviden.
¡Tengo tantas ganas de comenzar a escribir algo verdaderamente sincero! Sincero conmigo mismo, sobre todo. Porque si me traiciono a mí mismo, ¿qué soy?
Algún día lo lograré. Encontrar la palabra perfecta. El sentimiento y pensamientos perfectos ya existen, pero transmitirlos ¡es tan difícil!
Dijo un gran filósofo lo de sólo sé que no sé nada. Yo, además de no saber nada, ni esa ignorancia sé expresarla.
Pobre de mí que tengo tanto que decir y no sé hacerlo.
Cuando leo historias escritas por otros, me encuentro conmovido por su facilidad para hacerme sentir vivo, para transformarme en otras personas por algunos instantes, por llevarme a sitios que nunca visité ni visitaré, por transportarme a otros tiempos que siempre quise experimentar. Es maravilloso crear. Lo digo ahora y lo diré siempre.
Es estupendo encontrar la palabra perfecta. La tengo en la punta de mi pluma. A punto de salir. El rompecabezas de mis sentidos se compromete a forzar la situación.
La palabra perfecta es…
¡Maldita sea! Ha vuelto a escapar.
Volveré a sentirme inservible. Volveré a sentirme incapaz de hacer ver a los demás que puedo ayudarles.
Pero, en definitiva, soy lo que soy, y ya escribiendo esto hago un esfuerzo por definirme.
Sé, en el fondo de mi ser, que la única palabra perfecta es… AMOR. No hace falta que ni la escriba. Basta con que la transmita.
Recuerdo, entonces, a aquel personaje de aquella novela que también supo, a tiempo, que AMOR era su palabra buscada.
Los archimalditos, sin límites.
Brillando y aturdiendo.
Ajusticiando a los injustos.
Liberando a los presos de conciencia.
Sanando a los enfermos de falta de libertad.
Enfrentando la verdad a los mentirosos, a los rufianes.
Perdonando a los arrepentidos de corazón, y de mente.
Salvando las distancias con l@s maldit@s.
Quebrando los pies de barro de las élites.
Bendiciendo a l@s bendit@s y cuestionando a l@s archibendit@s.
Sembrando las dudas sobre los privilegios.
Implosionando los cimientos de los explotadores.
Regando los campos de la armonía, extensos como universos.
Aplaudiendo a los genios rezagados.
Revolucionando a los evolucionados.
Derribando fronteras inútiles de razas, idiomas, religiones, ideales, sexos y naciones.
Exaltados en la paz y exhaustos en la conciencia.
Librepensadores respetables, respetuosos y respetados.
Conocedores de los límites franqueables.
Igualitarios e igualadores.
Eternamente mejorables.
Activistas y activadores.
Incansables aun con los cerebros descansando.
Amplificando los gritos apagables para que nunca sean silencio.
No hay límites de tiempo ni espacio para l@s archimaldit@s.
(Nota: Esta es la tercera parte de la trilogía archimaldita, completada con «archimalditos seáis todos» y «Mis archimaldiciones». No hay más, ni habrá más. Palabra de archimaldito)
Comprende
El érase una vez quedó para otros tiempos. Es el ahora, lo que está ocurriendo, lo que importa.
Y es así, que un niño llamado Paco, bueno como nadie, comprensivo como pocos, tenía un amiguito llamado Antoñito, que estaba solo en el mundo. Es huérfano y sus padres adoptivos, ricos en cosas, pobres en sentimientos, le dejaban de lado porque tenían que atender sus trabajos, su casa, sus obligaciones sociales.
Y Antoñito se iba al parque que tiene en el patio común de la comunidad donde vive. Y en aquel parque conoció a Paco, al que se le escapó la pelota cuando jugaba un partido de fútbol con los demás niños vecinos.
-¡Lánzame la pelota! – le gritó Paco a Antoñito en la distancia.
-¿Puedo jugar con vosotros? – Antoñito se la entregó en la mano.
-No sé. Se lo preguntaré a los otros.
Paco volvió a donde estaban los demás, reunidos en corrillo, y les preguntó si podía jugar con ello aquel niño tan amable.
Los demás niños dijeron que mejor sería que dejara a aquel chico en paz, y que sería mejor que siguiera ocupándose de sus asuntos.
-¿Por qué? – preguntó Paco a sus amiguitos.
No le supieron responder. Y desde aquel día, Paco intentó descubrir por qué los demás veían a Antoñito tan diferente.
Se encontraban casi a escondidas, después de clase, cuando Paco no tenía otros compromisos que atender, cuando la pena que sentía por su amigo Antoñito vencía las ganas que sentía por ponerse a ver la tele, o leer tebeos o, incluso, terminar los deberes pendientes para el día siguiente.
-Estoy contigo porque te aprecio, porque sé que eres un niño bueno, porque no tienes otros amigos, y porque me lo paso muy bien hablando contigo, jugando contigo, descubriendo cosas contigo.
Los días pasaron y, de pronto, Antoñito no volvió a ver más a Paco porque Paco no volvió al parque, y Antoñito pensó que mejor se quedaba en casa, encerrado en su habitación, intentando pasárselo bien solo. Pensó que algo raro pasaba en él para que los demás le trataran así, y decidió preguntárselo a sus padres adoptivos.
Esperó el día en que sus padres no estuvieran tan ocupados haciendo dinero, cuidando su casa y su coche, atendiendo a los amigos que les visitaban en casa.
-Mamá, ¿por qué no tengo amigos? ¿Por qué, en clase, me tratan como un bicho raro? Mamá, si me quieres, dímelo, por favor.
La madre, ante las lágrimas de Antoñito, olvidó de inmediato todo el mundo que le rodeaba y se centró en los ojos de su hijo adoptivo. Pensó que le había tenido demasiado tiempo abandonado. Que no todo en la vida era darle el desayuno, llevarle a clase, recogerle a la salida, darle de comer y dejarle irse al parque, para que cuando volviera se acostara con un simple buenas noches en un beso vacío. Que debía hablar con su esposo para que olvidara un poco su negocio y se centrara más en su hijo.
Y así, ahora Antoñito podía decirle a Paco qué ocurría, y lo llamó por el telefonillo para que bajara a jugar con él.
-Antoñito, no me importa nada lo que digan los demás de ti, que si eres raro, que si tienes una enfermedad contagiosa, que si te vas a morir dentro de poco. Me da pena, pero quiero saber la verdad de tu propia boca.
Antoñito abrazó a Paco y le dijo que era el mejor amigo del mundo, y que iba a contarle lo que su madre le había contado a él. Que sus verdaderos padres eran drogadictos, que su madre murió en el parto y su padre murió de una sobredosis de una droga muy mala, pero que él lleva en la sangre la misma enfermedad que ellos. Que él no va a morir por ella, que la tiene dentro, durmiendo, y que espera que nunca se despierte, pero que, mientras, los demás tienen muchísimo miedo de que se la pegue.
-Por eso no tengo amigos, excepto tú. Los demás no saben qué me pasa. Nadie se lo ha explicado bien, o por lo menos no tan bien como lo ha hecho mi madre. Por eso te lo cuento yo así, para que puedas decírselo a tus padres y no te prohíban estar conmigo.
Paco quiere a Antoñito como nunca ha querido a ningún amigo. Es el hermano que nunca ha tenido. Son felices jugando, saltando, riendo, y todos lo que quieren escuchar y comprender también pueden ser sus amigos.
Y es que con el colorín colorado, este cuento no se ha acabado: Aprende para que este cuento te muestre el camino de la verdad de la amistad.
Sofía
Sacrificio
Había rasurado y depilado todo su cuerpo, aceitándolo bien para evitar el mínimo roce con el aire cuando, desde aquella altura, se lanzara al vacío y entrara como una punta de alfiler en el agua de la piscina.
Aerodinámico en extremo, olvidó, sin embargo, bajar sus párpados, pues las miradas, allá abajo, atravesaban raudas su sentido del ridículo. Y la de aquella niñita, entre el público más lejano, le recordó que estaba a punto de coronar tantos años de sacrificio, de entrenamiento disciplinado, y que, por conseguirlo, había olvidado tener una vida propia.
Y ya en el aire, tras el primer tirabuzón, notó cómo se le escapaban lágrimas que irían a unirse con el líquido azul que lo esperaba.
Segundos después, los aplausos y la fama.














