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Inteligente, sensual, hermosa
¿Por qué?
Imagen
En la nube
Reflejos rotos
Los espejos quebrados y los miles de trozos minúsculos reflejando mi locura. Y allí me quedaría, esperando que llegara la noche con su oscuridad, para que la casa entera olvidara mi quebranto. Así es como le pedía misericordia. Cerrando los ojos y pisando los cristales desparramados por todos los suelos de mi vida, esperando sangrar en abundancia, para que aquella sangre voluptuosa y casi negra se filtrara en tu memoria, para que, en tu abandono, recordaras mi desgracia. Para que, en tu cobardía, el remordimiento perenne te hiciera volver algún día a alguna de mis noches llenas de lágrimas, para secarlas con el paño de tu amor.
Contento
JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 12. EL FINAL
EL FINAL
SEGUNDA PARTE
XII
-¡Os suplico, oh, queridos míos, que no sufráis mi pérdida! ¡A estas alturas vuestro desapego debe de estar ya maduro! ¡Y si no es así, ésta es la prueba que necesitáis para autocapacitaros en el no-sufrimiento por la ausencia del objeto amado!
Un millar de cuerpos comprimían bajo su peso un amplio sector del césped, blanqueado por los fríos copos estacionales, enmarcado en el gran patio del Gran Mandala de Recogimiento Universal.
En el punto central del mismo, Lam Am levitaba gracias a una inversión de campo gravitacional inducida en una pequeña plataforma circular.
-¡Dentro de pocas horas entraré en el Estado de Gracia!
El millar de gargantas corearon al unísono, cual mantra meditativo, el nombre de su salvador.
¡Lam Am no es, nadie es! ¡Pero servimos al Plan, y eso es lo importante! ¡No hay personalidades! ¡No hay protagonismos!
La vibración adquirida por el ambiente fue absorbida simultáneamente por los billones de células vivas presentes en ritual.
Y el cielo oscurecido por la noche profunda se tornó brillante, cegadoramente brillante, aunque los párpados bajados no permitieron la tortura de las pupilas. Había sido sembrada la semilla.
Lam Am moriría, pero tanto su muerte como su vida no serían en vano. Moriría feliz sabiendo que el trabajo continuaría por siempre de la mano de aquéllos que habían entendido las trascendentes razones del Plan.
Tras abandonar la levitación, creyó que se desvanecía.
Pensó que en menos de treinta minutos del horario unificado, debía retirarse a sus aposentos y cruzar el umbral que le llevaría al no ser, al no existir, y a la total expansión de su no ser ni existir. No siendo ni existiendo, sería todo a la vez. Y temía que volvería a integrarse en otro cuerpo, en otra energía quizás.
No apego. Lam Am ya era alguien olvidado. Quizá Johanna, después de su gran revelación, no sintiera nada por él. Eso era la perfección.
Pisó con sus descalzos pies la nieve de frío neutro a sus sentidos. Dejó tras de sí a la gran multitud de Aceptación, e ingresó en su retiro personal.
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Se acostó en la única habitación vacía de la que disponía. No era necesario opacar los ventanales. Ya la luz no le molestaba, pues él mismo era parte de esa luz.
Solo. Completamente relajado, se dejó llevar.
Ya Shainapr no aparecería.
Inspiró y espiró concienzudamente un centenar de veces.
Cuando finalizó la última tanda de respiraciones, anuló la función pulmonar.
Pensó en Johanna, y en la sangre que aún circulaba por sus venas y, voluntariamente, detuvo su corazón.
En su mente en blanco visualizó su idea energética de Dios. Cuando le agradeció el haber vivido, desactivó su encéfalo.
Y no se reconoció en un principio, pero era él el que se hallaba transformado en un halo refulgente que se precipitaba inconscientemente hacia un gran pozo de inmaculada blancura.
Y fue cuando se fundió con él, cuando captó, sin lugar a dudas, el “Bienvenido, al fin estás conmigo”.
Perenne Paz.
Perpetua Armonía.
Regocijo inmenso.
Y todo, inefable.
JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 11
SEGUNDA PARTE
XI
-¡Querida mía! ¡Volvemos a estar otra vez juntos!
Desde que Lamaret se ha convertido en algo más que un simple mortal, no ha tenido ocasión de volver a contemplar la imagen protectora de Johanna. Los dos han envejecido físicamente, pero el sentimiento que siempre les ha unido sigue tan fresco como en el primer día en que se conocieron.
-Johanna. He terminado mi misión. Quiero hacerte partícipe de mi futuro inmediato.
-Cariño, quedémonos así, como ahora, eternamente.
-Puede que…
Las palabras resultaron ahogadas por el acercamiento de sus labios. El roce íntimo de sus alientos, acompañado de esa mirada profunda que sólo los enamorados saben lanzarse, acusó en la pareja un intervalo de inconsciencia.
-Johanna. Voy a morir dentro de poco. Pero no te apenes. Te lo ruego.
A Lam Am no le gustaba perder el tiempo dando rodeos para decir las cosas. A Lamaret no le gustaba sufrir las reacciones de las personas a las que aplicaba sus palabras.
-¿Que no me sienta triste por tu pérdida? ¿Por qué tiene que ser ahora, cuando hemos alcanzado la felicidad casi absoluta?
La felicidad casi absoluta. Lamaret la buscó durante mucho tiempo. Justamente por ser feliz se dedicó a la política, porque veía que así podía hacer algo por los demás. Ahora, como Lam Am, se ha dado cuenta que un ancla, su ego, le impedía navegar en pos de ese objetivo anhelado.
-Ése es el Plan.
-¿De qué plan hablas, Merdik?
-Apaga tus ojos. ¡Ciérralos, por favor! Parte de la verdad te será mostrada.
Era lo auténtico. Lo que era esperado.
-¡Shainapr! Aquí nos tienes.
Pasaron varios minutos. Silencio. Sólo dos formas sentadas en la penumbra. Calmas. Se diría que vacías, huecas, sórdidas. ¡Tan lejos de lo real!
Eran pues dos tormentas sin truenos, sin rayos, sin lluvia. Con amor intenso. Y el mensaje les fue revelado.
-Puedes volver, si quieres, Johanna.
Así lo hizo. Levantó sin prisas sus livianos párpados y sus brillantes azules se humedecieron.
-¿Entiendes ahora el porqué? ¿Estás aún apenada?
-No, Merdik, no lo estoy. Es por gozo ilimitado por lo que no puedo reír sino llorar.
-Gracias, Johanna. Gracias, Shainapr. Ahora puedo abandonar este cascarón inservible.
Se abrazaron largamente. Se miraron amablemente. Se hicieron el amor intensamente. Tanto de todo que no existió despedida.
-¿Nos volveremos a ver?
-Seguro, en otra vida. Pero no hace falta que me esperes.
-No, ya no lo haré.
Al terminar el último reencuentro, Johanna partiría para un nuevo destino, donde infantes de todas las edades le esperaban con los brazos y los ojos abiertos por la esperanza renovada. Hasta que llegara su hora, había decidido ser de los demás.
-Hasta siempre, mi querida. Hasta siempre, Johanna.
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-Tan, puede dejar ya pasar al señor Seedus.
Nunca había tenido ocasión de hablar con él en persona como Lam Am. Durante una temporada, sufrió su influencia, pero no su presencia.
Contrariamente a como siempre había sido su costumbre, Thomas Seedus entró en la estancia cabizbajo, derrotado.
-¿Dónde habías estado?- la pregunta no era recriminatoria en absoluto.
-Lamaret, huí como un cobarde. Pero sé que lo importante es que ahora esté aquí.
Un espíritu quebrantado por los remordimientos. No por lo que había promovido o por los pasos que había seguido en su propio adoctrinamiento personal. Remordimientos por lo que ahora estaba a punto de acometer.
-¿Qué has estado haciendo?
-Reflexionando, Lamaret, únicamente reflexionando.
Se había dado cuenta de que había sido manejado.
-¿Y a qué conclusiones has llegado?
-Quizá el asunto del agua fue una excusa, ¿no es así?
-Quizá- la serenidad extrema alisaba las arrugas de su marchito rostro-. Ni yo mismo lo he comprendido muy bien todavía. Todo fue dado para que se creara aquel clima de intranquilidad política, que desembocó en la estupidez militarista. ¿Por qué no se llegó al diálogo?
-Lamaret, Lam Am, o como te llames. ¿Sabes? Sigo pensando igual que antes.
-Estás en tu derecho. No pretendo cambiarte. Pero, ¿por qué estás aquí?
-Tú y yo hemos sido artífices de las pasiones encontradas, hemos movido multitudes. Soy un buen perdedor. Acepto mi derrota y te…
-Sé lo que vas a decir. No es necesario que lo hagas.
-Necesito hacerlo.
-Y, ¿después qué?
-Seguiré luchando contra tu producto.
Mayor Thomas Seedus, ex-vicepresidente del planeta Incógnita, enemigo a muerte de la Unión de los Planetas, ahora se ha dado cuenta que, en el fondo, el objetivo que buscaba ha sido cumplido. No por él, sino por su antítesis. No importa. Es el resultado final lo que cuenta.
-Estoy cansado, Lamaret. ¿Puedo terminar de afirmar lo que he venido a declarar?
-Hazlo, si así lo deseas.
Como aún no se había sentado, no tuvo que guarecerse en ningún apoyo artificioso para poder sujetarse en el impulso de energías que iba a manejar de inmediato. Miró fijamente a los azulados ojos de su sempiterno enemigo, crispó al máximo las mandíbulas, y profirió la sentencia.
-¡Lamaret, te pido perdón!
-Así se ha cumplido el ciclo, pues has llegado a tiempo para verme por última vez.
-¿Es que te vas?
-Para siempre, Seedus. No seré más tu pesadilla. Habrá otros que la continuarán.
-¿Qué debo hacer ahora?
-Seguir siendo implacable contigo mismo. No traicionándote nunca.
-Olvida ya tu sermón. ¿Puedo retirarme?
-Mayor Thomas Seedus: ¡Eres libre!
Con cierto autorreproche, invadió el campo de energía vital de Lam Am y le tocó, con la palma de la mano derecha, el centro del pecho. No sintió nada; tampoco lo había esperado. Sólo respiró profundamente, se estiró hacia abajo su chaqueta de gala, y, con paso firme, dio la espalda a su anfitrión. Instantes antes de salir por la puerta, giró la cabeza y, con los ojos entrecerrados, se despidió para siempre.
-Lam Am, gracias.
La apoteosis ya no necesitaba coartadas.
A solas, Lamaret meditó.
Meditó profundamente en el Profundo.
Meditó neutralmente en lo Real.
Y quedó por siempre convencido de su ignorancia.
Al fin era feliz.
Lo cruel
El metal se endurecía dentro de mi cuerpo y, en la trascendencia del momento, me olvidé de recordarle que tenía poco tiempo para terminar lo que había venido a hacer.
Seguía sin sorprenderme la ausencia de sangrado. Ni una gota en su hoja mellada, ni en mi camisa, ni en mi piel. Los jirones de ésta se entrelazaban y se fundían para volver a ser una tersa continuidad.
Sus ojos desorbitados eran señal inequívoca de que no esperaba aquella reacción. Aún así, siguió asestando cuchilladas en mi torso, a la par que gritaba mi desgracia, que no era más que la suya, pues en cuanto se entumeciera su antebrazo se lo quebraría, y astillaría sus huesos como palillos.
Minimicé el efecto que mis próximas palabras iban a causar en mi inepto asesino. Se permutaron en mi conciencia con un millar de posibles reacciones y el resultado de la incógnita era siempre el mismo por lo que, además de hablar, actué.
-¿No creerías que me habían enviado para perdonarte? Tu defensa será ineficaz y estéril. ¡Muere!
La hoja de acero se detuvo en la concatenación de impactos.
Y entonces, las dos partes de su antebrazo derecho en dos colgajos, y el otro brazo, seccionado desde el hombro.
Las rodillas picudas clavadas en el suelo y el cráneo aplastado en sus zonas temporales. Los ojos vaciados de su humor y los carrillos estirados cual goma de mascar.
Y un lamento, su último lamento, más bien un farfullo, un arrastre de palabras sin sentido, que sustituían lo que podría haber sido una mirada de petición de clemencia. Sin comprensión de su significado.
Y, de pronto, una ola de sentimientos golpeó mi enervación. Y creí comprender todo el dolor que aquel ser, destruido ya, debía de sentir.
Y multipliqué ese dolor por mil sufridores como aquel al que estaba a punto de exterminar, en defensa propia.
Y mis manos taparon mis oídos y sienes, pues era insoportable el latigazo eléctrico que atravesaba todo mi cuerpo.
Y recordé. Y hui de aquella fantasía inventada por mi psiquis en un arranque de autoprotección.
Y volví a la realidad.
A tu cara.
A tu desalmada sentencia, sin atisbo de misericordia.
Y el dolor infinito que había imaginado segundos antes era una burla, una nimiedad, comparado con el que sentí en el momento culminante y real, cuando se quebró mi corazón y mi alma, al escuchar de tu boca las peores palabras.
-Ya no te amo.







