Volvió a sus dominios

   Volvió a sus dominios, junto a su abuela, donde meses atrás dejó crecer un árbol del «elixir para regalar». Estrujó a su único familiar vivo contra sí y le juró y perjuró que volvería a intentar sembrar la paz en las mentes. La abuela, sabedora de la naturaleza de su nieto, abrazó también para sí aquel cuerpo al que se había acostumbrado tras su reencuentro.

   -Abuela, quiero acostarme.

   -Pero ¡hijo!, quédate un rato hablando conmigo. Acabas de llegar y no me has dado ni un beso.

   -Abuela, no te preocupes. Sólo estoy cansado.

   -Pero hijo, te encuentro desmejorado, noto que sufres.

   -Abuela, debes prepararte: Se acercan tiempos de sufrimiento.

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El encuentro

Las manadas de manintamus pastaban dócilmente las rojas hojas de cuseria. Éstas fermentarían en sus aparatos digestivos y les provocarían un efecto narcotizador que los haría desfallecer y caer al suelo. Dormidos, el ciclo digestivo les haría rumiar su alimento y excretar por la boca un líquido viscoso que, en contacto con el aire y su temperatura ambiente, se solidificaría formando masas compactas de fertilizante muy apreciado para la actividad agrícola del planeta.

“Cuando dejaran atrás los ecos del radar que indicaban núcleos acumulativos de sujetos-obstáculo, volverían al nivel centimétrico de flotación.”

Más prados de cuseria.

Oteó en busca de la Gran Esfera.

Los parámetros ecolocativos ya indicaban vía despejada para mode normal de rodaje.

La Gran Esfera se acercaba a trompicones.

Algunas maniobras circulares rompían el equilibrio de fuerzas en favor de la centrífuga y tenía que asirse con desesperación al anclaje de estabilidad, aunque sabía que nunca podría salir expelido. La reacción era involuntaria, irreflexiva, pero le hacía sentirse alerta y en buena forma.

Llegó.

Oprimió el botón adecuado y la portezuela giró sobre sus goznes, no siendo necesaria la extensión telescópica de una banda portadora ya que el vehículo se mantenía en flotación mínima, por lo que no tuvo más que dar un paso, equivalente al descenso de un peldaño de escala.

Una vez en tierra firme, dejó tras de sí el afluente y se internó en una senda guijarrosa, que emitía sonidos grotescos bajo los pies descompasados.

El edificio no tenía aristas a las que agarrarse, ni ángulos en los que guarecerse.

A través de escaparates traslúcidos de la estructura, veía moverse siluetas difusas en febril tarea. Macrolaberinto polidisciplinar con pasillos radiales ramificándose a lo alto y a lo largo.

Distraído, una fuerza invisible le aspiró, hasta alcanzar una zona neutra en un cilindro antigravedad, donde una acción-reacción compensada le mantuvo flotando. No sabiendo qué siguiente movimiento ejecutar, esperó instrucciones: Un susurro le indicó asirse a una de las barras longitudinales adosadas a la generatriz. Y el cilindro se desplazó hacia una luz difusa en las alturas.

Cuando creyó que iba a chocar contra una de las paredes curvadas, se detuvo en seco y bajo sus pies se materializó un embaldosado que desembocaba en una puerta oculta en la pared. Se internó y bajó las escaleras que llegaban hasta el templo.

-Tú debes de ser Insavik, ¿verdad?

Al muchacho le sonó retórica aquella pregunta. Preguntas tontas que venían de personas presuntamente inteligentes. Sin embargo, asintió y lanzó una mirada de aprobación a su abuelo, al que no había conocido hasta ese momento.

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Cerebro

   Cerebro no es igual a mente. Estoy convencido. Yo tenía cerebro y casi lo destruyo para alimentar mi mente. Caí en las drogas porque lo natural no me satisfacía en lo más mínimo.

   Si la persona que tenía conmigo me dejaba helado, quizás su paupérrima naturaleza se viera engrandecida con una ayuda de filtros artificiales que actuaran como lentes convergentes. Y el efecto traicionó mis expectativas: El objetivo quedaba a un lado y me dejaba absorber por los caminos secundarios de aquella senda de destrucción.

   Debo agradecer a tu dios, si es que existe, que me retirara a tiempo de aquel callejón sin retorno. Acción y reacción disgregaron los efectos malignos de los estupefacientes ingeridos. Acción directa de desviar toda mi atención e intención en mi eterna búsqueda de la perpetua perfección.

   E hice saltar la alarma. De sonido inexistente y, por su insonoridad, más audible. La locura continua, sin límite, fagocitaba mis neuronas, ya no tenía una perspectiva pura de lo que me rodeaba, ni de las cosas ni de las personas. Emergí en un mar de odio hacia los demás, un odio irracional hacia los recuerdos protegidos en la burbuja de la intocabilidad, hacia mi instrucción del devenir trascendente de las cosas, hacia lo poco que había recaudado de la sabiduría escasa y valiosa, como los hilos de azafrán, de mis prójimos. Sentí que me desgajaba como una naranja ácida y rebelde en su amargura. Y el viento me sopló la memoria.

   Perdí mi propia percepción de mí mismo, y eso era ya demasiado, insultantemente grave.

   Mi cerebro intervino como salvador de lo que contenía, como una madre que protege a sus crías, a sus cachorros por los que luchará hasta la muerte. Mi cerebro, desmembrado, no reconocía a sus propios integrantes; sus neuronas bailaban en la oscuridad, su materia gris se recalentaba y fundía en una cascada de lava incontrolable. Y acudió a sus reservas de lucidez. Su as en la manga: Me ordenó dormir, dormir hasta nuevo aviso. Desconexión ¡ya! Modo inoperante. El vegetal debía guarecerse de las lluvias demasiado intensas, antes que se transformaran en avasallador granizo.

   Padre, madre, morí una vez, y creo que decidí no volver a hacerlo más hasta que fuera mi auténtica hora, la definitiva.

   El hospital me enseñó a engarzar mis eslabones mentales. Muy, muy len-ta-men-te. Tanta languidez parecía anulación. Hasta que un día, el modus operandi entonó la situación en espera como algo superado. Y reviví. Como esos mesías resucitados en una segunda oportunidad.    

   Y si pierdo esa segunda oportunidad sabré que los pasos deben ser siempre hacia adelante, sin mirar atrás, sin dejar huellas en una vida a mis espaldas. Siempre hacia adelante.

   ¡Mesías malcarados!

Cerebro

 

El último vestigio. Por Hadogemina y archimaldito

Estaba a punto de alcanzar lo que siempre soñó, sabiendo que iba a tener que sufrir. Iba a abandonar todas sus ideas y entrar en un mundo que odiaba. Y lo peor de todo: Sabía que el mundo entero iba a despreciarle por ello. Aun así, dio el último paso: sería el último rey, el último vestigio de poder en la Tierra. Cuando a la Tierra le faltaba poco tiempo. Demasiado poco tiempo. 

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En mi turno

A veces los miro directamente a los ojos y me dan pena, o algo similar. Ellos escupen a mi paso, tanto hembras como machos, tanto adultos como infantes, y se supone que debo de entender ese gesto como un símbolo de desprecio hacia mí. Pero nunca me lo tomo así. Mi deducción lógica es que están todos enfermos.

Dentro de dos días, diecisiete horas y treinta y cuatro minutos terminará mi turno, para recargarme, y mi sustituto realizará labores paralelas a las mías, con sus altibajos transemocionales cuando los disturbios reaparezcan en la Zona Noroeste 16.8.345. Y no estaremos ninguno para ayudar. Su programación permitirá solventar el conflicto con la menor cantidad de bajas humanas.

Mi turno transcurre con tranquilidad. Solo un grupo de radicales ha intentado incendiarme con una tobera de radiante 9.

Al final del ciclo nos reunirán a todos y tendremos que explicar, ante la multitud de nuestra zona, los errores a subsanar en el comportamiento grupal. Ellos, como siempre, no lo entenderán, y volveremos a fraguar soluciones radicales, como la ocurrida hace ocho ciclos, con lobotomías parciales. Y la tranquilidad reaparecerá por un tiempo limitado, demasiado corto sospecho.

Y sé que, incluso así, ellos seguirán escupiendo al suelo cuando pase junto a ellos.

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Fútil

Me han ordenado que no sienta. Me han dicho que hacerlo es un esfuerzo inútil. Que es algo fútil en una existencia humana. Que reblandece las convicciones y empeora la dinámica de la supervivencia. Que atañe a los más débiles y eclipsa a los más osados.

Y están creyendo que atiendo a sus razones. Que me comporto como una marioneta. Que deduzco como un peón.

Y se equivocan. Porque quizás aparente endurecerme en esa falta insana de sentimientos. Porque quizás aparente ser un cascarón vacío sin alma, sin espíritu y sin remedio.

Y es que solo vivo para hacerte feliz.

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