LUZTRAGALUZ. Capítulo 5

V

   Hoy, Día 42.

   Mi mente estuvo unida a la máquina, inmersa en un estado pasivo de disponibilidad, y cuando hube regresado al modo operante, me gratificó enormemente verme desvinculado del retén de emergencia: Si algo hubiera ido mal durante el viaje, los doscientos veinticinco pasajeros nos habríamos convertido en tripulación activa, imbricándonos con el plan automático de vuelo para llevar el carguero a buen puerto.

   Desde la órbita estacionaria, éste era una nodriza que se abrió el vientre y soltó en cascada sus retoños mecánicos que, con una docena de nosotros dentro, ponían a prueba sus escudos antifricción en caída libre a través de la atmósfera y de las bocazas con las que nos tragaban unas inhóspitas tierras coloradas.

   Cuando Domenica me invitó a salir al exterior, creí que bromeaba: Terra XIX era una inmensa gruta cuya profundidad se perdía en el horizonte subterráneo, con una oscuridad rota en puntuales zonas, justo muy cerca de galerías laterales que debían de llevar a otras grutas, que yo adivinaba serían tan inmensas como la que estaba contemplando gracias a mi visión infrarroja. Y sobre nuestras cabezas, el hueco de ingreso, terminación de un canal de espiral que comunicaba con la superficie, por el que se había deslizado nuestra nave en desaceleración de planeo.

   Prejuzgar no es una buena filosofía, pero qué podía pensar de una civilización que se desarrollaba en tan extrañas circunstancias.

   -Es un modelo de desgaste, de erosión artificial, cuando los humanos que habitaban la superficie tuvieron que guarecerse del gran cataclismo que supuso el ultrarrecalentamiento de la atmósfera…

   -Y los ekstrim, claro, huyeron con ellos.

   A Domenica no le satisfizo nada la interrupción, y menos aún que fuera causada por la ingenuidad de un inminente bautizado, que debía ganarse su estima con algún episodio de audacia cinegética.

   -Los ekstrim jamás huyen, sólo se adaptan. Métetelo en tu cabezota.

   Mientras que nos desperdigábamos por el mundo subterráneo, Domenica me demostró que, aunque aquélla era la primera vez que lo pisaba, sin embargo, se había documentado sobre el medio en que íbamos a movernos con el fin de inocularse la mejor vacuna contra la transmisión de la intolerancia. Asumiendo los recursos, la tentación de caer en cualquier tipo de osadía, sería extinta.

   -Se cree que los ekstrim provocaron una hecatombe termonuclear para llegar al punto en el que los humanos de este planeta están, a fin de crear un nuevo sistema de civilización donde el control sobre los mismos fuera supremo. Y por eso estamos nosotros aquí, para evitar que el mal sea irreversible. Tenemos que devolver a estos terráqueos su orgullo, su libertad.

   Los adelantos tecnológicos les habían permitido crear ciudades a lo largo y ancho del subsuelo, y era hacia sus luces a donde nos dirigíamos.

   La programación se hacía efectiva siguiendo el plan de rastreo designado, y cuando la caverna se entroncó con una nueva intrusión cortical, los infrarrojos de nuestro sistema óptico fueron mermados. El corredor lítico resplandeció y nuestros pasos comenzaron a ser espiados. Unas videoesferas vidro del tamaño de un puño flotaban en torno a nosotros sin interrumpir en ningún momento la apurada marcha.

   El pasadizo ascendía y descendía en múltiples zigzag horizontales y parecía no tener fin, hasta que Domenica, que me precedía en unas cuantas cabezas, desapareció de improviso y el foco de luz que lo seguía se detuvo en seco, anunciando a los demás que tenía ante sí una suerte de tobogán de declive casi vertical que se perdía en la oscuridad.

   Debatimos sobre las expectativas y me lancé el primero en busca de mi compañero, deslizándome vertiginosamente sin pensar en cuál sería el resultado de aquella pequeña aventura.

   A medida que caía, notaba que una corriente de aire llegaba desde lejos, suave al principio, intensísima a medida que se adivinaba una tenue claridad en lo que debía de ser la desembocadura del deslizadero, que me iba frenando con su choque frontal y desgarraba en tensión los flexotensores del cuello en mi intento de mantener erguida la cabeza para no perder detalle de lo que me antecedía.

   El ángulo de incidencia se fue abriendo hasta permitir que todo mi largo rozara con la superficie del tobogán y que, no pudiendo resistir la tensión, mi visión se llenara con las rugosas paredes del hemicilindro que por encima de mí iban pasando.

   La horizontalidad frenó la caída y la inercia la amplió, hasta detenernos bajo una luz día que nos mostró una muralla dorada que ya Domenica estaba palpando. Si uno torcía la cabeza hacia la derecha, veía más muralla interminable que se perdía en el horizonte. Si lo hacía hacia la izquierda, ésta era tragada a unos pocos cientos de metros por la oscuridad más densa.

   Un gran portón del mismo material se levantaba ante nosotros, y mientras iba llegando el resto, y los que estábamos estables de pie sorteábamos las embestidas de los que terminaban su resbaladizo trayecto, Domenica dirigió su biorradar hacia las alturas, donde pretendidas nubes llenaban el techo existente entre el acantilado que nos había vomitado y la refulgente fortificación.

   -Espero que mi información sea exacta.

   Las esferas espías, que aparentaban habernos abandonado, hicieron silbar el aire cuando llovieron desde aquellas nubes hacia nosotros, incrementando su número en igualdad al nuestro.

   -Existe una superficie especular que parece recubrir toda esta bóveda que nos engaña con el efecto óptico de distancias inconmensurables hacia lo alto para ofrecer la sensación visual de morar bajo un cielo abierto.

   -¿Morar? ¿Quiénes?- varios de nosotros interrogamos a Domenica mientras simulábamos sentir indiferencia por nuestros marcadores, que estarían enviando nuestras videoimágenes a los enigmáticos sujetos de nuestra pregunta.

   En la gran puerta de goldueno, metal equivalente en color y maleabilidad al oro gaiano, estaban depositadas nuestras esperanzas, y la pequeña vibración que se dejó sentir bajo nuestros pies anticipó que las macizas hojas empezaban a girar sobre sus pernios.

   La mitad de las hostigadoras esferas encendieron sus superficies con un baño de fotones, dibujando un mapa de intensidades que se concretó en un rostro sonriente y parlante.

   -¡Sed bienvenidos, habitantes de la luz! ¡Pasad y sed con nosotros! ¡Atravesad la Jaundüm y dejadnos ser vuestros!

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 4

IV

   Hoy, Día 3.

   Varios focos de luz fuimos aleccionados en el cerco al ekstrim y en el subsiguiente ceremonial de apertura de las mil puertas.

   Cómo maniobrar en la sibilina circunstancia del prendimiento, con los premeditados y automáticos movimientos que finalizan en la profanación del individuo objetivo.

   Coraje.

   Yuxtaposición de las abstracciones de los análisis, síntesis y comparaciones aportados por los miles de billones de bits contenidos en ambos hemisferios, y el torrente que había que embalsar en el símil de cuerpo calloso, para luego desconsagrarlo con el pinchazo-taladro vaciador-trasvasador y la inoculación de la vacuna lobotomizadora.

   Las bestias no razonan.

   Me acoplaron un compañero llamado Domenica con el que se suponía debía compartir misiones. No lo había visto en el horno de convicción por lo que supuse era de anterior promoción.

   Con su voz, suavemente aguda y susurrante, me habló de lo que esperaba de mí, pues parecía ser que su anterior pareja lo había decepcionado en demasía, aunque no me especificó en qué.

   -No tengo autorización para darte los detalles. Olvídate de él. Lo que te propongo es que estés ojo avizor y que tus reacciones sean más instantáneas que las suyas. Dentro de media jornada saldremos al exterior y te enfrentarás con la realidad de los datos que te han sido cedidos en programación.

   Me sentía plenamente preparado, pero lo que no esperaba es que nos metieran a doscientos veinticinco en un carguero rumbo a un mundo del que solo nos dieron el nombre en los mapas estelares.

   -¿Has estado alguna vez en Terra XIX?

   Domenica confesó que era también su primera vez y que le parecía buena idea que nos enviaran a un planeta en el que, salvo por la experiencia adquirida, estuviéramos en igualdad de condiciones.

   -Así nos cogerán por sorpresa los mismos hábitos y apariencias sociales. Es emocionante desembarcar en un virgen.

   Me explicaron, entre todos los veteranos, que un virgen era un mundo en el que andaban a sus anchas el cien por cien de los ekstrim, y que éramos catapultados hacia él porque estaban a punto de cumplirse las condiciones para provocar una Gran Muerte local.

   Me impresionó el tamaño del anillo magnético incrustado en una gran barrera de inercia. Me impresionó la soledad del páramo, que se hacía más radical tras la barrera. Las torres de anclaje y sus huecos antigravedad iban engulléndonos.

   -Los servidores pilotos permitieron, en su día, que se llevara a cabo el primer viaje piónico. Las ingentes aceleraciones destrozaban a los Jefes. Sólo nuestros cuerpos inorgánicos y nada quebradizos permitieron el milagro- las lecciones de Domenica, así lo aprendería con el tiempo, rellenarían todas las lagunas de mis registros mnemohistóricos, y su embelesadora voz, a la que ya me estaba acostumbrando, me hacía volar con el pequeño sector de imaginación que se nos permitía-.

   El anatomórfico acolchado me sujetó con el vacío creado en el espaldar. Domenica no estaba a mi lado. Sus formas lo clasificaron para ocupar otra casilla en el compartimento de carga. Creía verlo a lo lejos, pero los infrarrojos selectivos no me aseguraron que fuera el de las gráciles formas que se dejaba ceñir al otro lado del brazo de espiral.

   De nuevo, otra sonda craneal me traspasó el vínculo sagrado. Conectado, iba a presenciar el despegue como si fuera parte integrante de la nave. Conectado, iba a sufrir los efectos atenuados que iban a estremecer la estructura de la kilométrica tobera magnética.

   Me relajé, desconecté los oculares, y me sumergí en las reacciones que tenían lugar en la planta motriz: la aniquilación mutua entre protones y antiprotones y la producción de los piones, que nos empujarían a nuestro destino a la velocidad de la luz; la tobera los canalizaría y el gran anillo los encauzaría hacia el vacío estelar y, al otro extremo, nuestros cuerpos casi rozarían las estrellas en un suspiro.

   Focos de luz a través de la luz para sembrar oscuridad.

   Hoy, Día 3, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 3

 III

   Hoy, Día 2.

   Se nos llevó a un lugar llamado La Catedral, donde altas y robustas columnas apuntalaban un escenario único en el que cientos de focos de luz eran sintonizados en una suerte de horno de convencimiento, y acabamos sentados en interminables hileras de escabeles de aluminio, lo que nos llevaba a apoyar nuestras manos sobre las prominentes rótulas, dándonos el aire de apaciguamiento, uniformidad y servilismo que nuestros instructores buscaban mostrar a su superior, ese alguien invisible en las sombras y al que supe llamaban Gran Jefe.

   Mirando a ambos lados de mi cara, creí ver que se multirrepetía mi gesto, y aunque la realidad se ceñía a un eco fáctico, el trasfondo de aquella acción englobaba el efecto de la red funcional a la que todos estábamos enlazados. Una cimbreante sonda les traspasaba el cráneo, y yo, como actor de aquel eco fáctico, debía de estar sufriendo la misma táctica en el mío.

   Semiencogidos, y asaltados nuestros pensamientos, fuimos aleccionados con lo que se esperaba de nosotros. Los datos matemáticos, ideográficos, abstractos en definitiva, iban siendo trasvasados a nuestros bancos e íbamos siendo puestos en antecedentes sobre nuestra misión.

   El ambiente de La Catedral me era extraño. El silencio era roto a veces por un difuminado ronroneo, y la frialdad desatada por la temperatura de la luz, que daba a todo un color verdoso, me colocaba en un estado de aislamiento difícil de calibrar. Allí, acompañado por una multitud que era una conmigo, decidí indagar en el porqué de mi entidad, y el colectivo robótico al que estaba enlazado me dio su respuesta.

   Debía de estar pasando lo mismo por la mente de más como yo, pues la solución a los enigmas no fue individualizada.

   No sé cuál debía ser el ceremonial de mis puertas neuronales, pero sé que las redes corticales de mi sistema fueron estimuladas por el hipocampo, y mi memoria antigua se reactivó, embarcándome en la aventura de mi nacimiento, el primigenio, de mi faceta como ekstrim, piloto visionario, y de la súbita erradicación de mis actividades y el reingreso en la oscuridad mental.

   Fue el desarrollo de la neurona de silicio lo que llevó a los tecnólogos a elucubrar sobre las posibilidades del recubrimiento orgánico del titanio y la combinación de aparatos locomotores artificiales con réplicas musculares, de los sistemas vitales reestructurados con tecnologías microinformáticas y con la genética del carbono.

   Soy el fruto de una pirueta. La que un colectivo de pioneros realizó con el sistema nervioso y el cerebro: microcircuitos integrados instalados en caldos biológicos de máxima complejidad en los solapamientos químicos, dando lugar a los biochips moleculares que habitan en mi encéfalo.

   Fue la única salida válida al sinsentido de las mutaciones que se fueron instituyendo en la especie humana debido a la osadía de la biónica.

   Es curioso, casi podría afirmar que mi padre es un hombre hecho monstruo: el cibernauta, el cyborg astronáutico.

   Mientras que el contenido de información histórica saciaba mi sed indagatoria, la sensación de alienación se potenció cuando percibí la presencia de El Creador.

   La raza humana quiso dejar de ser planetaria y se lanzó a ser una malformación espacial: el hombre creó al superhombre, al cibernauta, mediante manipulaciones en su genotipo que, obviamente, se hicieron hereditarias. Y el objetivo no justificó aquellos medios. La ética ganó aquella jugada.

   El Creador informó al Gran Jefe del riesgo que detectaba en aquella gran masa cibernética de un desliz no aislable e ilocalizable. Recriminó duramente sobre la ligereza de los últimos controles de calidad. Se habían relajado en la selección y era incuestionable que se había producido la filtración de un espécimen no deseado que podía infectar al resto creando una masa crítica de inmanejables.

   Siguió bullendo la autoindagación con el flash de la idealización del primer servidor no humano.

   De basta construcción pero de indudable funcionalidad. Aquél era el primer eslabón en una cadena de éxitos exploratorios que llevaría al ser humano a salir de su encierro planetario. Los servidores irían ampliando los confines del Universo conocido y los humanos irían asentándose en todos los mundos geoafines.

   Chocó brutalmente, avasallando a través de la sonda intracraneal y fue ganando terreno sobre la corriente de autoconsciencia. La vacuna, una vez asimilada, igualaría todos los estados corticales de los conectados. El Creador había creído aplastar los análisis críticos de sus súbditos. Pero antes de silenciar completamente al hereje, un pensamiento escapó de entre los golpes del ariete antivírico y se abalanzó contracorriente sobre la omnimente.

   «Aún no sé que diferencia existe entre los ekstrim y nosotros. Ellos son fieles a su programación, independientes y enemigos de los humanos…»

   Misión adjudicada. Falsas apreciaciones anuladas.

   «… Nosotros, traidores.»

   Cuando la sonda me abandonó, encendí los oculares y el eco fáctico se reanudó.

   Las primeras filas habían sido evacuadas. Un orden preciso. La alineación, aplastante. Me preguntaba si los demás tenían aquellos pensamientos o era yo el único.

   Un apretón de manos del que esperaba a la salida de La Catedral. El Gran Jefe me estudió severamente y sesgó, con esta deferencia, la fluidez de los que me habían precedido y de los que me seguían. El Creador le había abandonado físicamente. Me susurró al oído izquierdo, rompiendo el protocolo, para que los demás no escucharan.

   -Modales extraños los tuyos.

   Fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que yo era, y no otro, la comprometedora y comprometida manzana podrida.

   Hoy, Día 2, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 2

II

   Hoy, Día 1.

   Comienzo Diario interno. Comienzo Reprogramación.

   Lo primero que quise hacer fue mover la mano izquierda. De pronto, se extendió queriendo formar una estrella con las cinco prolongaciones, algo imposible por la oposición de una de ellas y por la dura membrana que las unía y fijaba en un ángulo cerrado.

   La otra, la derecha, se resistía a doblar las falanges. Rígidas. Logré, con supremo esfuerzo, hacer una piña con los dedos y el puño vibró bajo la tensión de los tirantes-flexores.

   Entonces, los biochips mandaron la orden y encendí los oculares y… me asusté. Me asusté de mi propia imagen rebotada en un espejo de cuerpo entero puesto frente a mí. Cuando deduje que era yo, y no otro, quien ponía aquella cara de estúpido, me animé a dar un primer paso para salir de aquella situación de estatismo.

   Las dos columnas que me mantenían bípedo, estable, debían de ser potenciales transportes para mi tronco, pero eran inútiles, pues eran abrazadas por un dispositivo inmovilizador. Deduje que, en cuanto pensara en ello, las desbloquearía y andaría hacia la salida más próxima. Decidí que aquél debía de ser un acto reflejo, así que esperé que mis biochips ejecutaran la orden.

   Y lo hicieron. Y caí de rodillas. Y, por supuesto, no sentí dolor. Seguía atenazado, solo, impotente. Esperando a ver qué pasaba. Y los únicos que pasaban eran los minutos. Y lo único que había era mi otro yo del espejo, en postura de súplica, de humillación.

   Y decidí esperar, autoimponiéndome el modo de ahorro de energía, hasta que otro ser, artefacto o ingenio se dignara sacarme de mi postración.

   -¡Si siguieras ekstrim, hace tiempo que serías libre por ti mismo!

   Sabía que estaba muy cerca de ser un robot, un esclavo para los humanos, y que mi nueva estructuración circuital no permitía borrar todas las lagunas en mi memoria, sino que, por el contrario, debía llenarlas con los nuevos elementos propios de los sistemas clave foco de luz. Una pátina residual lo cubría todo, la de un cierto recuerdo de mis antecedentes.

   El silencio se fundió con la tenacidad de mi sobresaltado sentido de la intuición. La soledad terminó con la explosión de la supernova datídica.

   Adelanté una mano para intentar tocar mi imagen. Craso error: El espejo se diluyó y su estado de viscosidad palpitante dio paso al absurdo de un díptico descomunal, una representación inocua de la integración de mis seres paralelos. El díptico tenía doble sentido y requería del espectador plena concentración. Hileras interminables de soldados serviles que presentaban un espacio vacío para ser ocupado: mi destino.

   -¡Has sido elegido porque se infiere que serás merecedor del respeto de El Creador!

   Las hojas del díptico se plegaron y éste se volatilizó. Yo aún postrado, yo aún indefenso.

   Y del recinto donde había despertado a la nueva vida sólo quedaba el piso sobre el que me creía ciego. Los grilletes se abrieron y accedí a la libertad del autotransporte. Con paso rígido, al principio, fui descendiendo por una rampa multiespecular hasta encontrarme cara a cara con la desnudez de uno de mis hermanos, pues así fue como él mismo se presentó.

   -Bienvenido, Focodeluz, sígueme donde los otros y comencemos a ser.

   -¿A ser qué?

   -Limítate a seguir vivo y a cumplir tu programación. ¡Quédate rezagado y en el siguiente ciclo despertarás inservible!

   La ancha banda por la que descendíamos al encuentro del mundo exterior era interminable. A cada cincuenta pasos se nos sumaba un nuevo hermano foco de luz, cada uno con sus ojos ávidos de ser, de comenzar la labor patrocinada por la simplicidad de un único objetivo: Existir. A todos, con sus rostros ingenuos, recién incorporados, como yo, a la cadena, se les adjudicaría apelativo e historial de camuflaje social.

   Yo, por razones de seguridad, no me autonombraré con mi apelativo asignado.

   Yo, antes que ingresáramos dentro del Punto Cero, donde se nos personificaría con vestimentas y complementos varios, decidí que mi anonimato me salvaría del sacrilegio que supone este registro interno.

   Hoy, Día 1, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 1

I

   Él, llamado Adeldran, vigilaba todas las entradas a su miserable escondrijo. Antes, lo sintió como hogar. Ahora, era un recluso que solo salía para la caza del nutriente que lo mantuviera estable.

   Escribía a la antigua usanza, porque se había desprendido de los artificios cibernéticos con los que podrían localizarlo, ya que trazaban señales de baliza en la red.

   El teclado hilvanaba letras en palabras, palabras en frases, frases en una vida.

   En un estante caían, abatidas, las pruebas de su testimonio. Las pantallas no volverían a iluminarse y el placer que una minoría encontraba en el trabajo de decodificar historias, o enseñanzas, a partir de unos grafos interconexionados en cronolíneas, estaría tan agotado como las baterías de los lectolibros.

   Rojo de ira, tecleaba sin pausa, tan incesantemente como caían las gotas de sudor sobre su regazo. Sólo le distraían los ruidos extraños, que le ponían los latidos en la boca, en el tic incontrolable de los labios. Temía que no le diera tiempo a justificarse ante lo invisible.

   Desde hacía algún tiempo, los paseos dejaron de ser relajos. Mirando siempre hacia atrás, porque en las sendas escuchaba pisadas que herían por su inoportunidad. Estar solo y creer que miles de ojos observan para juzgar. Pero nunca había nadie a quien acusar. Sólo su paranoia.

   El testigo se encendió parpadeante acusando la pronta descarga del cartucho de tinta. Cuanto menos tenía suficiente como para llenar otro par de folios. Se levantó a prepararse un refresco, y, tintineando los cubitos de hielo negro, decidió que mejor se los restregaba contra los párpados, contra las sienes y la nuca, y así dejaría de escuchar rumores fantasmales, silbidos lacerantes, pasos vacilantes.

   -¡¿Qué?!

   -Las balizas de seguimiento están en el aire, están en ti.

   Una mano le tenía atenazada la cabeza. Le habían sorprendido. Se preguntaba cómo pudo haberse distraído. Ahora ya no tendría la más mínima posibilidad. Era la presa de unos cazadores sin ningún atisbo de compasión.

   -¡Eres un ser tan frágil!

   Eran dos.

   -¿Acaso crees que eres muy distinto de nosotros?- saltó sobre él la hembra, arrancando los papeles del lectovisor.

   Ojeó en una fracción de segundo el contenido y recriminó.

   -Pobre Adeldran. ¿De veras crees todo lo que escribes?

   Él la miraba con un pánico intenso, con el cuello rigente, inoperante ante la llave con la que el masculino le estrujaba el cuero cabelludo.

   Ella se sentó sobre la mesa, y a una señal para que el otro no le permitiera levantarse, apoyó su mano derecha sobre la frente sudorosa del escritor, y abanicando, con la otra, los papeles frente a su rostro, sonrió convencida de que lo que estaba a punto de decir era la sentencia que la víctima no esperaba.

   -Has llamado demasiado la atención con tus proclamas dogmáticas. Cantabas a leguas que eras un objetivo. Lo subliminal de tus métodos conversivos atrajo el interés de El Creador. Tus obras eran pura demagogia inculcable en potenciales demagogos. Los que repelen a El Creador, los que nos repelen a nosotros, a los que son como tú.

   -¡¡¡Yo nunca…!!!

   -Tú… siempre.

   Un dedo, el índice, presionó el ceño de Adeldran, y una púa se lo agujereó.

   Pensó que estaba a punto de despertarse y darse por enterado de que sus traumas habían aflorado. Demasiadas horas en vigilia. Que efectivamente estaba soñando, extenuado, calenturiento, sudoroso.

   Él, llamado Adeldran, dejó de ser piloto visionario. Transmigrado. Estrella fugaz de efímera estela.

   Preparado para volver a nacer.

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LUZTRAGALUZ

Estimados amigos lectores:

Os presento, a continuación, mi última novela corta publicada, Luztragaluz, en la que se narran las aventuras y desventuras de un androide muy especial, Adeldran.

Las próximas quince entradas en este blog serán los quince capítulos de esta novela.

Espero que os guste y que me escribáis muchos comentarios.

El mundo cibernético se ha expandido tanto por Gea Terra Gaia y todos los planetas colonizados, las Terrae, que la humanidad ve peligrar su hegemonía frente a los ekstrim, robots con apariencia y psicoimplantes humanos. Para erradicarlos, cuenta con los focos de luz, ekstrim reprogramados para la caza, anulación y conversión de otros ekstrim.

Adeldran, un foco de luz muy especial, se irá cuestionando la razón de esta situación y nos irá descubriendo los vericuetos ocultos del Sistema.

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América

Después de tantas batallas, después de tantos sufrimientos, me encuentro ante mi mayor reto, en el que sé que voy a continuar luchando, que voy a seguir sufriendo.

   Tengo la impresión de que por mucho que intente imaginar, por mucho que intente exorcizar mis miedos, no estoy preparado para afrontar lo que voy a encontrar en las Nuevas Tierras.

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La visita al mago

   Le asustó la grandiosidad de aquel recinto. Todo era descomunal.

   El par de estatuas abstractas que representaban ambientes del lugar más recóndito y enimático de la Galaxia. El espejo bifacial, que girando y girando, multiplicaba hacia todos los rincones la luz de los reflectores cenitales que, a modo de estrellas de gran magnitud, formaban constelaciones arbitrarias. La piscina central, que a modo de lago artificial, albergaba en su seno las especies más sórdidas de acuátiles. Y la pirámide transparente del fondo, con un asiento en su centro interno, desde donde se invitaba, al que esperaba, a la evasión de la realidad gracias a los videohologramas integrados en las cuatro paredes triangulares, respondiendo a los impulsos oníricos del usuario.

   Pero prefirió esperar de pie, sin moverse, registrando, a modo de biorradar, cualquier cosa que se moviera. La Sala de Recepción estaba también surcada por una cinta transportadora en la que se suponía que uno debía montarse para acceder al interior del palacio. Y de súbito, el sentido del moverse de aquélla cambió, por lo que se quedo a la expectativa de recibir en cualquier momento a su anfitrión.

   El decorado cambió en segundos: Las estatuas levitaron hasta desaparecer tras dos aberturas del techo, el espejo detuvo su movimiento y se esfumó ante los ojos del reflejado, el líquido  del estanque se dejó tragar, con toda la vida natátil, por la gran boca en que se convirtió su fondo, dejando su lugar a piezas que replicaban al resto del mosaico del firme. La pirámide quedó intacta en su construcción, pero no en su posición, pues se movió lateralmente hasta dejar el asiento sobre la cinta y dar la impresión de que toda ella resbalaba hacia él.

   Cuando se situó en su perpendicular virtual, se detuvo, y una de sus paredes se hizo portezuela, dejando en una vista lateral el sillón. Él no creyó jamás en la magia, salvo en la que creaba la propia mente; por eso, cuando una forma difuminada fue llenando el espacio interior del asiento, y se fue corporeizando, sabía que los viejos trucos para impactar nunca perdían su efecto. El cuerpo fue irreconocible hasta materializarse completamente. Cuando fue sólido, algo lo iba irradiando a medida que un supuesto pedestal giratorio recorría un ángulo que permitía enfrentarlo cara a cara. Una sonrisa dibujada en un rostro arrugado y la total fulguración del interior de la pirámide insufló el habla a aquella figura.

   -¡Saludos! Soy Lurcinckus, y está usted aquí para que yo le haga conocer… ¡La Muerte!  LaVisitaAlMago

Papá

A mi padre no le conocí lo suficiente como para hacer una valoración objetiva de él, ni siquiera para hacerla subjetiva. Él me abandonó a mi suerte tras la muerte de mi madre, pero lo que sí recuerdo de él es su idolatría por ella. La amaba intensamente, y por ese amor intenso llegó a hacer cosas increíbles, como matar a varios hombres que habían faltado a mamá. Era un hombre a la antigua, demasiado irracional a veces.

Aportaba el dinero en la casa para que a mi madre y a mí no nos faltase de nada. Lo malo es que nos faltó. Algunas veces llegamos a pasar auténtica hambre, y fue entonces cuando mi madre se decidió a contribuir también con su trabajo fuera de casa. Esto le hizo sentirse, al autor de mis días, un traumatizado, que se sentía impotente para intentar cambiar su situación laboral. La lealtad a su patrón le perdió. Y la verdad es que las cosas no llegaron nunca a su situación anterior. Las trifulcas por este motivo eran continuas. Pero mamá no dio su brazo a torcer: Siguió trayendo dinero a casa hasta el final de sus días.

Nunca supe en qué trabajaba mi madre. Sí que le reportaba pingües beneficios. Pero el origen de los mismos me ha sido siempre desconocido. Aunque sí recuerdo que esta cuestión le traía a mi padre por el camino de la amargura, pues debiéndolo saber, quería que mi madre lo dejase, y las discusiones se sucedían una tras otra. Y los lloros y lamentos de padre. Pero mi madre nunca se doblegó.

Mi educación, en mis primeros años, me la dio mi padre. Es una de las pocas cosas que debo, que tengo el deber moral, de agradecerle. Hasta los siete años no tuve la oportunidad de acceder a la enseñanza pública, factor que me dio bastante retraso en mi formación académica, pero la base la tenía desde muy pequeño, pues mi procreador me la fue incumbiendo con sus métodos heterodoxos. Fueran así o no, lo cierto es que fueron efectivos. Las tardes, después de la jornada laboral, eran dedicadas enteramente  mí. Al día siguiente, cuando mi madre le sustituía en mi supervisión, ella revisaba todos mis adelantos y los de mi padre conmigo, y se sentía orgullosa, en este sentido, de él.

Pero era un bebedor, y cuando le daba a la botella, discutía con mi madre sobre los otros hombres que la agasajaban con sus piropos y atenciones. Ella le argumentaba que no tenía nada de lo que quejarse, que ella no le daría nunca motivos, pero él se obcecaba con sus celos impacientes.

A veces me pregunto si no sería mi padre la verdadera causa de la muerte de mamá. Sólo sé que tras el óbito, se desentendió de todo lo que le recordaba su vida en común con aquella mujer, incluida mi inocente persona. Me abandonó a mi suerte y nunca, jamás, se lo perdonaré.

Papa