El Cero

Pensó que allí podía liberarse. Librarse de la discordia que existía en sus ideas, cuyo significado y finalidad insultaban su deficiente inteligencia. Persistía en intentar retener las más banales, las que adivinaba que no podrían perjudicar a los que estaban fuera, al otro lado del espejo. Y esperó.
No sintió ni sed ni hambre ni le asaltaron las necesidades básicas de  su vejiga e intestinos. Y no se extrañó. Quizás se había cumplido su deseo.
Y la cuenta atrás no se detenía.

El paraíso de las ideas estaba a punto de abrirle sus puertas. En el que se disgregarían hasta hacerse nulas. En el que las preocupaciones o las alegrías no existirían. El auténtico vacío. La nada más absoluta en la que ni siquiera existiría la nada. El descanso eterno. El no recordar, el no pensar, el no sentir.

Y al otro lado del espejo no existían imágenes reflejadas porque no había luz ni color ni materia ni energía.

Los diez minutos pasarían rápido. Debía prepararse para lo que iba a venir, o a ir, o a ser o no ser.

El último estallido, el último chasquido, la anulación del contacto. 

El no. El cero.

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay

Vida en Marte

VIDA EN MARTE (Música: David Bowie / Letra versión en español: Jesús Fernández de Zayas «Archimaldito»)

Tanta vida queriendo huir.
Preparándome en subsistir.
Luchando contra la razón.
Agarrándome a la intuición.

Sin saber qué me ocurrirá,
estoy dejando todo atrás.
Y mi mente es una explosión
que transforma la realidad.

Pero esto se ha de arreglar
y a todos tengo que gritar
que no hay otra oportunidad
y tenéis que saber que…

(Chorus)
En mis sueños había vida en Marte,
sueños que me llenan de ilusión.
Soy un explorador.
Dime si soy un hombre
libre que se asombra
o que va llorando de emoción
con Bowie en esta canción.
Is there life on Mars?

Falló toda Revolución,
las promesas, la Humanidad.
Error del Sistema fatal
que al humano quiso salvar.

Y por eso he de decir
que mi misión he de cumplir.
Una llamada de atención
y te pido tengas valor.

Porque esto se ha de arreglar
y a todos tengo que gritar
que no hay otra oportunidad
y tenéis que saber que…

(Chorus)
En mis sueños había vida en Marte,
sueños que me llenan de ilusión.
Soy un explorador.
Dime si soy un hombre
libre que se asombra
o que va llorando de emoción
con Bowie en esta canción.
Is there life on Mars?

Un un

Y le dijeron que sería un dios pronto.
No entendía por qué los mayores, sin su consentimiento y, sobre todo, sin su conocimiento, habían decidido para él aquel destino.
Ahora comprendía tantos años de presión en los estudios, tantos ciclos de descargas intermitentes con reseteos controlados por el Maestro, tantos aislamientos eternos en la Gran Esfera.
Le dijeron que sería enviado.
La combinación infinita de exponenciales vibraciones de marcas indelebles en el espaciotiempo le haría saltar a más de seis mil años luz hasta permutar sus atrones en una irradiación visible para los habitantes del mundo destino.
No haría nada más. Solo ser notado durante unos instantes por los elegidos de la presunta civilización.
No creía estar en posesión de los méritos para tal hazaña y, menos aún, tener el coraje suficiente para saltarse la Ley de la No Intromisión.
Argumentaron, para ganarse su complicidad, que no era el único, que, como él, otros estaban ya preparados, y que tenían las mismas dudas. Aquello no lo consolaba.
Engañaría, mentiría, solo por el bien de la especie, cuando intuía, muy en su interior, que, por culpa suya, llegaría la destrucción de otras muchas.
El subplano cibernético para el viaje y la suplantación de materia estaba a punto de entrar en fase con la Avalancha.
¡Cree y crea!: al menos no le pedían su sacrificio.
Todo sería nada antes de él. Todo era nada sin él.
Y asintió, un un antes de ser uno.


Imagen: Jesús Fernández de Zayas

La cita

Imagen de Jesús Fernández de Zayas

Quedaban momentos mágicos.
Perdonaba los desajustes.
Obligaba la mansedumbre, y las Leyes, que siempre oprimen, pero que no era capaz de desobedecer.
Le habían dicho que existía la intuición, el instinto, y él siempre había achacado sus momentos de vehemencia a algún cortocircuito subneuronal.
-Mis padres no quisieron decirme nada hasta que yo lo descubriera por mí mismo.
Siguió colocándose los calcetines, antes de enfundarse los pantalones elásticos, para así pisar el suelo helado sin temer un resfriado. Después, la blusa iridiscente, también elástica, que resaltaba su flacura y flacidez.
-Pero estás aquí, vistiéndote frente a mí, sin temer que descubra tu secreto.
Tenía poco tiempo porque, concentrándose en el horario, le apisonaba el paso de las centésimas de segundo.
Insertando ambos pies en los deslizadores antigravimétricos mientras enguantaba sus esqueléticas manos, se percató de que no servía de nada el fuego cruzado de sus miradas.
Los sensores moleculares, ubicados en las yemas de los dedos, la estaban estudiando, explorando, juzgando, sintiendo, con la mano enguantada.
Y no necesitó más que tres nanosegundos para decidir la sentencia: Ella sería perdonada.
-¿Dónde vas, cariño?
-A una cita importante. Recoge tus cosas y vete. Me ha gustado hablar contigo.
-No sabía que solo vine a hablar.
La volvió a mirar por última vez. Aún se preguntaba por qué estaba totalmente desnuda. Pero cuando atravesó el umbral de la puerta de su reducto para la recarga, la había olvidado.
El brillo plateado del suelo, desde su altitud hasta el nivel cero, se opacó, y se disgregó el horizonte, difuminándose el punto focal, por lo que se acopló la visera y se deslizó.
Sin esfuerzo, dejándose llevar, fluyendo.
-¿Has logrado perdonarte? ¿Perdonarme de qué? ¿Por qué? Da igual. No respondas. Ya llego tarde.

Marciana

Tenían que poner a punto los sistemas de oxigenación a partir de piezas que habían estado llegando en las sondas meses atrás.
Con poco tiempo para comer y dormir, los trabajos avanzaban y se cumplían los plazos planeados por la Central. Pero no se acostumbraban a la nueva noción del tiempo, tan distinta.
Desde que llegaron, tenían en mente que habían venido al nuevo mundo para dejar atrás los errores que se habían cometido en el planeta madre, La Tierra.
Y una mañana de invierno sin nieve, se reunieron todos en la base-muelle y la Comandante les recordó que aquel día fue un día especial en el punto azul que veían en el horizonte. Y alguien rompió a cantar un viejo villancico, y otros empezaron a bailar, torpemente, todo lo que les permitían sus escafandras de aislamiento.
La Navidad en Marte. No era mala idea.

Visible

Había llegado demasiado lejos.

Sin pensar en los límites, había vuelto a contradecir todas las leyes físicas conocidas, para salirse con la suya, con el riesgo inherente a su ímpetu revolucionario.

Paso a paso, errando para avanzar, sobreponiéndose siempre a las críticas de sus colaboradores y allegados, quedándose, al final del proceso, solo, sin nadie que celebrara su triunfo.

Y para preservar su legado había grabado cientos de horas de vídeo, atestiguando sus avances, hasta dejar de ser visible y que solo quedara registrada su entusiasta voz.

Y los miles de procesos espaciotemporales rebasaban las capacidades de los más potentes ordenadores, dejándolos inservibles, sin opción de poder replicar sus hallazgos en el futuro.

Ahora deambulaba sin destino, decidiendo quedarse mudo para siempre, para no trastocar el tejido social, para no asustar a las masas ni a los poderosos, para que siguiera todo igual.

Para que su invisibilidad fuera su inexistencia.

Fetal

Cargó el cadáver sobre sus hombros y observó los rastros líquidos que luchaban por filtrarse en los recovecos del suelo empedrado.
La sustancia viscosa que supuraba de la piel atravesaba la armadura biosintética de su carga y estaba empezando a encharcar su traje de combate. Tuvo que asumirlo e intentó alargar el ritmo y la longitud de las zancadas, para que no le alcanzara la onda expansiva de la explosión del vehículo en el que su víctima había intentado aterrizar, antes de que su arma de largo alcance lo abatiera.
Pero su esfuerzo no sirvió para nada, pues cayó,  junto con su carga, y esperó a que no se repitiera la detonación.
Había cerrado los ojos durante picosegundos y, cuando levantó los párpados, solo vio arena y unas briznas de lo que parecía hierba azul, habiéndose esfumado los restos del extraño.
Recuperó la compostura y notó que se habían secado las babas de lo que había creído un cadáver. Giró sobre su eje en trescientos sesenta grados y no escuchó ni vio nada, salvo la humareda del transporte estrellado.
Y cuando se dispuso a activar las videosferas para peinar, desde las alturas, el terreno, una voz sonó dentro de su cabeza en un idioma extraño que, sin embargo, entendió perfectamente y que le conminó a arrodillarse, a bajar la cabeza mirando al suelo, y a esperar.
Y allí, en medio de la nada, solo, sufriendo el cansancio de la postura y los angustiosos estertores, aguardó algún milagro que anulara su sed y hambre y que el frescor de la noche difuminara su sopor y evaporara los sudores que empañaban el visor de su casco.
No pudo aguantar así muchos ciclos bipolares y terminó rindiéndose, desesperado, doblado sobre sí mismo en posición fetal, sin poder abrir la visera de su casco, ante la certeza de que si lo hacía moriría ipso facto.

Abstract lights Foto por Rybson desde FreeImages

Ombligos: una historia de humanos

El ser humano, denominado, simple y totalmente, Ser, fue tratado como Omblisciente por el resto de los Miembros, pues consideraron, durante milenios, que eran el centro del Universo Conocido y del Desconocido.
Hasta su unipresencia fue discutida y rechazada por el Total y dejaron de ser omblipresentes, acudiendo en su ayuda cuando lo necesitaron, influyendo en su desarrollo planetario y en su evolución como especie.
Los Seres dejaron de sentirse únicos y especiales en su supuesta creación divina y su exclusividad de conocimientos fue compartida con el resto de los mundos.

Ocho soles

El primero, demasiado cerca. Tanto que pudo achicharrarnos. La nave casi no resistió.

Después, la hibernación, para llegar al siguiente.

El segundo pasó de largo, pues aún no habíamos despertado. Dio igual. No era nuestro objetivo.

En el tercero, ¡ya el tercero!, tuvimos tiempo de pasearnos por cubierta mientras el equipo científico descubría un par de planetas que podrían albergar vida. Fantástico. Volveríamos. No sabíamos cuándo, pero volveríamos.

Y vuelta a dormir.

Cuando las máquinas nos despertaron del segundo sueño, no todos pudimos volver a nuestros camarotes, pues muchos no sobrevivieron, y estando en órbita alrededor del cuarto decidí estar despierto un par de años durante nuestro trayecto al quinto. Me alegró la vida poder observarte durmiendo, imaginando que te acariciaba el pelo, mientras me iba cansando y perdiendo la esperanza de encontrar otras especies fuera de la Tierra. Demasiado tiempo desde que nos embarcamos para recorrer el Universo.

Decidí dormir los casi doscientos años que nos llevará llegar al sexto. Demasiado tiempo para que me esperes si decides despertar antes. Ahora no sé en qué fase me encuentro, ni sé si los demás han aguantado tanto trasiego corporal, ni sé si sigues tan bella como cuando reíste a carcajadas mi ocurrencia de pedirte mano en el Gran Hall de la Academia diciéndote algo que me repito, en mi subconsciencia, con cada latido ralentizado:

-¡Me gustas siete soles y te daré ocho si lo deseas!