Yacara Rey me tuvo en su punto de mira durante dos segundos.
Al tercero, ella era mi diana.
Se pinchó, con un alfiler, la yema del dedo índice de la mano derecha y la sangre no paraba de fluir. Por mucho que se metiera el dedo en la boca y lo pellizcara con los dientes, y libara el líquido rojo hasta empalidecer la zona del puntito, la pequeña hemorragia no remitía.
Pero esto no le preocupaba, pues sabía que por esa nimiedad no iba a desangrarse. Lo que de verdad le preocupaba era que la chica más hermosa del mundo estaba a punto de aparecer y que no iba a poder controlar las posibles manchas en su vestido, cuando la abrazara, allí, en medio del silencio de la biblioteca, en alguno de sus pasillos menos visitados, antes de darle una rosa y el papel con la declaración de amor, escrita con su sangre enamorada.
Regina Reginae atacaba siempre a sus amantes con la voz.
Si en la noche el de turno no la satisfacía, acababa con la yugular cortada, y a su lado, con el borde ensangrentado, alguno de los incontables vinilos de su colección de Frank.
English Version (Present Tense)
IN HER OWN WAY
Regina Reginae always attacks his lovers with the voice.
If the lover in the night shift does not satisfy her, he just dies with the cut jugular, and next to him, with a bloody edge, any of the countless vinyls of her collection of Frank.
Y mientras, el forajido perverso y cruel que había abusado de ella, huía galopando. Y lo miró con desprecio, mientras se abotonaba la camisa blanca llena de pelos y de babas. Y lo maldijo en silencio mientras se volvía a ceñir las medias y se componía las enaguas. Y con la uña del dedo índice de cada mano limpió las de la mano contraria de los restos de piel y carne recogidos bajo ellas. Y escupiendo en las palmas, se frotó la sangre coagulada antes de pasarlas por la falda arremolinada.
Allí, en medio de aquel desierto cuyo calor ya no era sofocante, no pudo mirarse en ningún espejo, aunque éste hubiera sido de agua. Pero sabía que seguía siendo hermosa. Y montó en su caballo y ató, con un lazo rosa, su cabello. Y pensó, con satisfacción inmensa, que el otro, el puntito negro que se fundía en la calima del horizonte, jamás podría volver a insultar con su mirada perversa a ninguna otra mujer. Y estaba tan segura de ello como que eran los ojos del caballo los que estaban dirigiendo el destino del repelente violador porque los otros, los propios, estaban a buen recaudo dentro del canalillo que los había tentado.