El libro silbó

El libro silbó. Sí, silbó. Pues no había otra explicación estando a solas en aquella librería y sin ningún otro ser vivo cerca.

   Todos los pasillos iluminados por el verde de los fluorescentes y los demás libros inertes.

Y dirigiendo la vista hacia los estantes más altos, escuchaste el silbido con mayor fuerza y nitidez. Y tenía que ser un libro. Pues el libro silbó. Una tonadilla extraña pero conocida a la vez.

   Pero, ¿cuál de ellos? ¡Había tantos!

   Te habían dicho que no era uno el que elegía un libro, sino que era el libro quien decidía su lector.

   “¿Dónde estás?”- pensaste.

   Y la canción se interrumpió.

   De pronto, las campanillas que chocaban con la puerta al entrar, sonaron, y una voz femenina llamó.

   -¡Eduardo!

   Pensaste que la mujer, a la que no veías por culpa de las estanterías, era la mujer más guapa del mundo.

   -¡Mamá!

   -¡Eduardo, hijo! No me vuelvas a pegar otro susto como éste. ¿Para qué has entrado aquí, si aún no sabes leer?

   Cogido de su mano, mientras que te empujaba fuera de la librería, seguías escuchando el silbido de aquella canción. Y recordaste.

   Tu primera nana.

ellibrosilbo

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