Nací en un barrio humilde, crecí en un barrio medio, viví, la mayor parte de mi vida adulta, en un barrio prominente y ahora, como todos, he acabado mis días en un barrio de silencio, con olor a flores y, a veces, a cera e incienso.
Había rasurado y depilado todo su cuerpo, aceitándolo bien para evitar el mínimo roce con el aire cuando, desde aquella altura, se lanzara al vacío y entrara como una punta de alfiler en el agua de la piscina.
Aerodinámico en extremo, olvidó, sin embargo, bajar sus párpados, pues las miradas, allá abajo, atravesaban raudas su sentido del ridículo. Y la de aquella niñita, entre el público más lejano, le recordó que estaba a punto de coronar tantos años de sacrificio, de entrenamiento disciplinado, y que, por conseguirlo, había olvidado tener una vida propia.
Y ya en el aire, tras el primer tirabuzón, notó cómo se le escapaban lágrimas que irían a unirse con el líquido azul que lo esperaba.
Segundos después, los aplausos y la fama.
Fotografía: Jesús Fernández de Zayas
(Dedicado al Doctor Javier Cabrera Darquea, difusor, para el mundo, de los Gliptolitos de Ica)