Síndrome de abstinencia

Es algo increíble y no sé cómo explicarlo.
Seguro que los que se acercan a mi situación, o están en ella, lo comprenden, pero para mí es algo que va a más.
No bebo alcohol, no fumo ni he fumado nunca, y tampoco he probado ninguna droga en mi vida.
Según la Wikipedia, que es mi enciclopedia Larousse del siglo 21, el síndrome de abstinencia es la unión de reacciones físicas o corporales que ocurren cuando una persona deja de consumir sustancias a las que es adicta.
Como he escrito al principio, no puedo ser adicto a sustancias que nunca he consumido, pero en mí existe un síndrome de abstinencia que se manifiesta en reacciones psicológicas como la apatía, la depresión y la sensación de mecanicidad en la consecución de mis actos diarios. No es que me encuentre en esa situación todo el día ni todos los días, pero me asaltan los síntomas cuando menos me lo espero.
Y es que me entra el «mono» cada vez más a menudo cuando pasan los días sin poder actuar.
La cura es rápida y contundente: Me subo a un escenario y me siento feliz, animado, vibrante. Mi cerebro se activa en una nueva dimensión, mis piernas y brazos se desentumecen, mis células se regeneran, mi piel se vuelve tersa y suave y la comisura de mis labios se tensan para dibujar una sonrisa de satisfacción extrema.
Soy feliz con mi pareja, con mi familia y amigos y con mi trabajo, y conmigo mismo, pero, de vez en cuando, tengo este «síndrome de abstinencia».

Detrás de mí, uno de los mejores músicos que conozco: Alberto Palacios Anaut.

Rave

Imagen de Eszter en Pixabay


Kilos, kilómetros, kolokómetros, la ruta del desastre, a la que todos se apuntan sin pensar en la consecuencias, que suelen ser irreversibles e irremediables. Tanto kolomolo que te como lo que quieras porque quedan pocos días de vida y estos pasan muy rápido, ultrarrápido, que me echo a la nariz todo lo que pille, al gaznate todo lo que no atragante y a las venas todo lo que no sea rastreable. Pumba pumba chaka chaka, que no me des la chapa, que si no puedes seguir mi ritmo quédate panza arriba bajo el sol viéndolas venir, que yo sigo noche tras noche, que paqué dormir si cuando duermo me lo pierdo todo. Que qué música, que qué pibón, que qué buenos colegas que me pasan el costo, que para la meta mejor con tíos y tías no conocidos, que todos nos conocemos y se nos va la lengua. Que vomites te digo pameterte más, que nunca es suficiente y cuando el travelo se dé cuenta que se ha dejado manosear por una escoria como tú me va a venir a dar el cante y amenazarme con contárselo a mi niña de fijo.
Que me da igual quedarme sordo que lo que mola es la vibración de los pulmones y el estómago, que lo de la pilila que no se te levante ya habrá remedio cuando te pase el mono.
Y no pienses en volverte para casa y que te pillen los maderos y a lo que les digas con las pupilas dilatadas no se van a creer lo que les cuentes y encima se van a querer quedar, decomisar dicen ellos, con todo el material pa colocarse en sus ratos libres que son muchos.
Suda sudadera que me la suda que pases de mí para darles picos a todos los machos del lugar que para eso tengo resistencia para tres o cuatro días más sin dormir, que para eso no curro y me despabilo pronto con un rezbul pa seguir pribando. 
Que me queman los ojos pero lo importante es no cerrarlos para ver luces innecesarias, que hoy estoy aquí contigo que mañana no sé dónde estaré, a lo peor en gayumbos y con un tatuaje de más o sin cartera y sin manera de volver a casa a no ser que sea andando o tirando de dedo, que fijo que no me coge nadie.
Venga, pásame el chunda chunda chunga jajajá que me parto el esternón.
Que no sé pa qué me estás gritando si con esta música tan disparada no me entero.
¡Sigue bailando o saltando o arrastrándote por el suelo que da igual que todos son colegas y hacen lo mismo esmirriao!

Coma

Vuelvo a emocionarme pensando en ella.

Porque es lo único que puedo hacer: Pensar.

Porque, aunque noto, no sé cómo, que está a mi lado, no puedo verla, ni tocarla, ni escucharla, ni siquiera olerla.

Y pienso en ella, continuamente, para olvidarme de mi castigo eterno.

Provocado por mí mismo y mi falta de coraje.

Y pienso en ella, sin imaginar nada, solo recordando cómo era antes que yo dejara de ser.

Y en esta especie de limbo en el que me encuentro, ella y nada más, me hace olvidar el dolor continuo.

El de la pérdida de mi vida, de mi propia vida, desmerecida por mis actos egoístas.

Y me martirizo enfrentándome a mis propios miedos, a mis propios ojos que me miran con sorna e ira al mismo tiempo.

Y pensando en ella ahora me pregunto, muy íntimamente, por qué no pensé en ella antes.

Cuando la tenía a mi lado y la podía ver, tocar, escuchar, oler, y hasta saborear.

Cuando desoí sus advertencias sobre la espiral autodestructiva en la que estaba cayendo, resbalando tan precipitadamente.

Y preguntándome esto y más, me odio.

Y odio el amor que tuve por aquella vida artificial, que me ha llevado a esta vida en penumbra.

Y no entiendo por qué, pudiendo haber tenido plenitud con ella y con todos los que me amaban, preferí la destrucción.

La de mis neuronas.

Preferí el polvo blanco que ahora es negro.

Negro. Negro. Negro y profundo.

Sin fondo.

Sin salida.

Seguiré pensando. Es lo único que tengo.

En ella.

 

Coma

Fallida

   Craso error. Aspiraba polvos para estar inspirada pero expiraban sus neuronas, acercándose a la nulidad de su ser, en un cuerpo que supuraba maldad, pues la genialidad, si alguna vez había existido, se negaba a manifestarse, y el carácter se agriaba, y el espíritu se marchitaba con los altibajos artificiales de esa adrenalina fallida.

Image