El conductor del autobús cerró las puertas en sus narices. Colérica, lanzó una maldición. Metros después, frenó en seco. Pero llovía.
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Ligón
La vocación de Erik
El cliente
En Marte
La nueva era
Cayendo en picado, entrando en barrena, los ciento veinticinco pasajeros rezaban todo lo que sabían, pues el tiempo se les agotaba a un ritmo trepidante.
Cuando el piloto logró, en el último momento, remontar el vuelo, algunos agradecieron el milagro a su respectivo dios.
Otros, sin embargo, cogieron el teléfono celular para llamar a sus seres queridos y cuando se dieron cuenta de que, obviamente, no tenían cobertura, maldijeron su suerte.
Excepción
Mario don Mario
Quizás la ilusión de tener una vida bien construida lo animaba a mostrarse como una persona feliz. Pero si recapacitaba, la cruda verdad oprimía, aplastando el ánimo como si una apisonadora quebrara el frágil casco de su cráneo.
No era feliz ni tenía nada de lo que sentirse satisfecho. Nadie que lo quisiera, con la crudeza colateral de que nadie reclamaría su persona si le llegara a ocurrir algo.
-¡Vamos, Don Mario! No busque excusas tontas. Con que gaste un poquito de lo que tiene no se va a arruinar. Es más, creo que así conseguiría nuevos amigos.
-¿Amigos que me quisieran por mi dinero?
-Mejor que lo quieran por su dinero que no lo quieran por nada, que no lo quieran nunca, y seguir solo hasta el día de su muerte y más allá, sin ni siquiera una pobre alma caritativa que ponga flores en su tumba. Aunque por no gastar, a este paso no creo que tenga ni tumba.
-¡Que los hijos de tus hijos salgan tontos!
-¿Más aún? ¡Ah! ¿Me está maldiciendo?
- …
-¿ ?
-¡Mejor te vas y me dejas tranquilo!
Lágrimas felices
Cuando le escuchaba cantar, se le saltaban las lágrimas de emoción, deseando que no terminara su hermosa canción, y aunque no entendía totalmente la letra de la misma, porque no estaba trovada en su idioma natal, la música, esa música maravillosa que emanaba del interior del piano y de su garganta, le envolvía y le armonizaba… con el Todo.
Era el momento de sus lágrimas felices.
(Dedicado a mi amado hijo, Iván, un músico maravilloso.
Cara a cara
He intentado no mirarla a los ojos, pues todos me decían que no debía hacerlo. He intentado no sentir aversión hacia ella, porque los demás me aconsejaban castigarla con mi indiferencia. Pero ella estaba allí, retándome con su mirada apagada, pero penetrante, sabedora de que, por mucho que intentara esquivarla, ella, paciente desde el principio de los tiempos, vencería mi terca osadía de no irme con ella.









