Mañana. Interior. Luz a través de las persianas. Estiro el brazo derecho hacia un lado. Entreabro los ojos. Cierro las dos manos, agarrando, la una, e intentando agarrar, la otra. Maldigo en un susurro sin destinatario: ¡Otra erección desaprovechada!
Nací en un barrio humilde, crecí en un barrio medio, viví, la mayor parte de mi vida adulta, en un barrio prominente y ahora, como todos, he acabado mis días en un barrio de silencio, con olor a flores y, a veces, a cera e incienso.