La voz

Sigo encerrado en esta celda esperando que alguien venga a explicarme qué hago aquí.

Una mano anónima me ofrece comida cada seis horas, si es que se puede considerar alimento lo que me he acostumbrado a tragar.

Pero a esa mano nunca la acompaña una voz, aunque sea hiriente u obscena.

Solo el silencio del otro lado, cuando sé que al otro lado saben por qué estoy aquí y, aún así, susurro un gracias.

Y si lo saben, que me digan antes quién soy.

He intentado verme en el reflejo de mi propia orina pero la escasa luz me lo prohíbe.

Sé que soy macho pero no recuerdo mi edad, ni el tiempo que llevo aquí.

Y deduzco que algo malo habré hecho para merecerme este tratamiento.

Otra vez escucho pasos. Y el latir acelerado de mi corazón.

Quizás esta vez escuche la palabra.

 

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Manager

La carne se le pudría entre los dientes mientras intentaba convencer a la joven promesa de rock de que él sería el mejor agente que encontraría. Si conseguía convencer al pardillo se embolsaría, con el tiempo, una buena cantidad de dinero, porque el joven prometía.

 

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El mundo según (Tentaciones de un asustado)

Si cada uno supiera qué hacer con la vida propia otras situaciones extremas se presentarían ante los testigos de lo inanimado.

•El mundo sería mejor, más racional, más capaz de absorber la energía de los justos.

•Cada cual sabría reaccionar ante las desdichas propias y ajenas.

El estómago manda.

•Las vidas circulan por un río de miserias.

•Las personas reaccionan contraponiendo lo positivo de sus existencias.

•Si las personas no tuvieran corazón, el estómago mandaría y la revolución solucionaría la torpeza de los pensamientos.

•El estómago manda y la sangre, cuando hierve ante las injusticias, se derrama.

No existen los Elegidos

•Nadie es nadie, nadie es más, nadie es algo.

•Mejor ser nada que ser elegido por la desdicha de ser algo sin ser nada ni nadie.

•Los Elegidos morirán en el intento de intentar sobresalir de entre los demás.

•Lo fútil del intento de ser alguien, acarreará sufrimiento al iluso.

Partamos hacia lo nuevo.

•Perdidos ante las circunstancias, buscamos horizontes desconocidos.

•La aventura de lo nuevo y la excitación ante esa aventura apela a las neuronas.

•El corazón, quien lo tuviera, palpita desbocadamente.

•El centro del Universo es un punto perdido en nuestra Mente.

 

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La nueva era

Cayendo en picado, entrando en barrena, los ciento veinticinco pasajeros rezaban todo lo que sabían, pues el tiempo se les agotaba a un ritmo trepidante.

Cuando el piloto logró, en el último momento, remontar el vuelo, algunos agradecieron el milagro a su respectivo dios.

Otros, sin embargo, cogieron el teléfono celular para llamar a sus seres queridos y cuando se dieron cuenta de que, obviamente, no tenían cobertura, maldijeron su suerte.

 

En el supermercado

En un arrebato de sinceridad, Ana Sofía le dijo a la cajera:

-Señorita, con todo el respeto que me merece su uniforme, y sabiendo que ya me ha cobrado la compra de hoy, me gustaría que llamara, por favor, al encargado.

La señorita Almudena, pues así se llamaba si había que hacer caso del letrero con imperdible que le afeaba la camisa de trabajo, miró a Ana Sofía de mala manera y no respondió a sus requerimientos.

-Señorita… -tuvo que entornar los ojos para enfocar el nombre escrito en cursiva- … Almudena. Por favor, le ruego, con todo el respeto, que pare, durante un instante, la cinta sobre la que tiene este amable señor sus productos de cosmética, y se digne en llamar por megafonía a su encargado.

La señorita Almudena hizo oídos sordos a la petición, pues la cinta transportadora no se paró y el emperifollado y bien rasurado cliente terminó con toda normalidad su compra al estampar su rúbrica en el recibo de la tarjeta de crédito con la que pagó sus afeites.

Almudena entonces, y solamente entonces, cuando pudo comprobar que no había más clientes en la calle que desembocaba en su caja, limitó el acceso de posibles mediante una cadena que impedía el paso de carritos. Ana Sofía la observaba impaciente y gesticulante, pidiéndole que se diera prisa, se componía la coleta de cola de caballo para estar más presentable ante el jefe de aquella impertinente.

-Señorita, le agradezco su atención. Le agradezco, de corazón, que me atienda con tanta prontitud y, sobre todo, le agradezco que no haya hecho una escena.

Almudena se alisó la falda, se la ajustó a la cintura, se recolocó el identificativo e, imitando a su interlocutora, se estiró el pelo y le dio una vuelta más a la goma que se lo cogía por detrás. Y habló.

-¡Mamá! ¿Cuántas veces tengo que decirte que, por mucho que llames al encargado y le pidas de rodillas que me despidan, no volveré a casa? ¡No, no y no! Y dile a papá que tampoco lo intente él mañana, porque no voy a estar. Me cojo el día libre y me voy con mi novio al parque de atracciones, para mezclarme en una multitud donde no me encontréis y no me avasalléis con vuestros ruegos de viejos solitarios.

-Pero ¡hija! ¡Por favor!

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