La caja de madera

Sabía que encontraría vacía la caja de madera. Había estado probando cantidades industriales de su contenido durante meses. Y aun así, necesitaba seguir consumiendo aquella sustancia maravillosa que le habían prometido que llenaría su vida de instantes felices e irrepetibles. Se había prometido a sí mismo dosificar la apertura de su cerradura, para eternizar el efecto altamente beneficioso para su cordura y, sobre todo, para su creatividad. Pero se dio cuenta, demasiado tarde, que se había convertido en un dependiente de las endorfinas provocadas por aquellos orgasmos psicodélicos insuflados por aquel maná que parecía no acabarse nunca.

Pero se acabó. Y con el vacío que tocaba cada vez que metía los dedos en el recipiente sagrado, se desmoronaban sus ganas de vivir. Y con su desánimo llegó el declive de su cuerpo, de su agilidad mental, de su rendimiento en el trabajo.

Y decidió volver a suicidarse. Y decidió volver a fabricar otra caja mágica. Para volver a ser feliz. Para repetir el ciclo. Hasta que alguien le rescatara de su soledad. Hasta que alguien le liberara de su maldición, mostrándole la verdad, mostrándole el hecho de que aquella caja con la que jugaba en su imaginación no era otra cosa que su corazón vacío, tan necesitado de amor.

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En el supermercado

En un arrebato de sinceridad, Ana Sofía le dijo a la cajera:

-Señorita, con todo el respeto que me merece su uniforme, y sabiendo que ya me ha cobrado la compra de hoy, me gustaría que llamara, por favor, al encargado.

La señorita Almudena, pues así se llamaba si había que hacer caso del letrero con imperdible que le afeaba la camisa de trabajo, miró a Ana Sofía de mala manera y no respondió a sus requerimientos.

-Señorita… -tuvo que entornar los ojos para enfocar el nombre escrito en cursiva- … Almudena. Por favor, le ruego, con todo el respeto, que pare, durante un instante, la cinta sobre la que tiene este amable señor sus productos de cosmética, y se digne en llamar por megafonía a su encargado.

La señorita Almudena hizo oídos sordos a la petición, pues la cinta transportadora no se paró y el emperifollado y bien rasurado cliente terminó con toda normalidad su compra al estampar su rúbrica en el recibo de la tarjeta de crédito con la que pagó sus afeites.

Almudena entonces, y solamente entonces, cuando pudo comprobar que no había más clientes en la calle que desembocaba en su caja, limitó el acceso de posibles mediante una cadena que impedía el paso de carritos. Ana Sofía la observaba impaciente y gesticulante, pidiéndole que se diera prisa, se componía la coleta de cola de caballo para estar más presentable ante el jefe de aquella impertinente.

-Señorita, le agradezco su atención. Le agradezco, de corazón, que me atienda con tanta prontitud y, sobre todo, le agradezco que no haya hecho una escena.

Almudena se alisó la falda, se la ajustó a la cintura, se recolocó el identificativo e, imitando a su interlocutora, se estiró el pelo y le dio una vuelta más a la goma que se lo cogía por detrás. Y habló.

-¡Mamá! ¿Cuántas veces tengo que decirte que, por mucho que llames al encargado y le pidas de rodillas que me despidan, no volveré a casa? ¡No, no y no! Y dile a papá que tampoco lo intente él mañana, porque no voy a estar. Me cojo el día libre y me voy con mi novio al parque de atracciones, para mezclarme en una multitud donde no me encontréis y no me avasalléis con vuestros ruegos de viejos solitarios.

-Pero ¡hija! ¡Por favor!

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