Antes

¿Por qué no apareciste en mi vida antes?

Hubiera sido feliz antes, mucho antes.

Ya no me interesa lo que me daba mi alma dormida,

esa vida que sin conocerte estaba aturdida.

Que el jardín que tengo ahora era un desierto.

Que el mar que tengo ahora era un cenagal.

Que las estrellas, la Luna, el Sol, la Bóveda entera,

estaban vedados a mis ojos.

Que todas las sensaciones que el Amor ahora me revela,

antes eran fantasmas, alucinaciones de otros locos.

Que hasta podría haber deseado la muerte

por no tener con quién compartir la vida.

Antes estaba a oscuras, y con tu llegar, la Luz.

No una luz cegadora, sino tenue y plácida.

¿Por qué no apareciste antes?

¿Por qué no fui yo tuyo antes?

 

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En Paz

   El rumor se hizo rugido. La fricción se hizo fuego. El escarnio había llegado. Siempre, invariablemente, ocurría lo mismo. Era bien aceptado que cualquier intención pacificadora era semilla sin terreno en el que crecer.

    -¡Que sean los demás quienes opinen! No los influya con su charlatanería. Es usted muy locuaz, pero, al fin y al cabo, completamente vacío. Pero ha cometido un gran error: No contar con nuestra aquiescencia. ¿Para qué tanta palabrería, tanto ridículo rito y burocrática hipocresía, si al final las guerras declaradas son guerras efectivas?

   Janos Hendricks se encontraba esplendoroso, satisfecho de su inminente obra. Se dijo a sí mismo que había llegado el momento de hacerles tragar sus palabras a los que ejercían de defensores de ideas que ni ellos mismos creían, a los que tachaban de inverosímiles las propuestas de esta paz forzada que tenía próxima en sus manos, y a todos los burócratas desmadejados les iba a demostrar que enarbolar el estandarte de la hipocresía diplomática no era buen asunto, sobre todo cuando la conveniencia empujaba a apoyar iniciativas que en otro tiempo no hubieran patrocinado ni por asomo.

   Ceñudo, se rascó con gravedad su prominente apéndice nasal, y mascó la respuesta como si tuviera que deglutirla para ver si era digerible para él y para los intereses que debía salvaguardar. Y cuando rumió y rumió, soportando el mal sabor de la bilis de rabia que se le acumulaba en la garganta, presentó su dictamen ante aquel público ávido.

   -¡De verdad, quiero que me dejen en paz, retirarme a descansar eternamente! No quiero más luchas, más políticas, más ambiciones. He perseverado por la armoniosa conjunción de las ánimas de todos nosotros, todos vosotros, y la infección del poder se ha extendido demasiado, repeliendo, haciendo cero, mi trabajo. Estoy agotado, desesperado, sin intenciones vitales… Déjenme tranquilo. No busco conspiraciones. No pido perdones, clemencias, expiaciones. Busco morir, conmigo mismo.

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