JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 10

PRIMERA PARTE

X

 

Urna de platino-titanio haciendo las veces de cofre de seguridad. El contenido, totalmente secreto. Sólo una persona puede acceder al enigma.

   Un largo pasillo con suelo especular. Dos piernas femeninas apoyadas en plataformas de sujeción con realce posterior. Movimientos sinuosos y mirada concentrada. Cabello ébano, piel de nácar.

   Personal de seguridad en acción. Se exigen claves de identificación. Iris ocular, digitohuella anular, combinación genética en un pellizco de sangre. Todo correcto. Dientes satisfechos.

   Medio minuto de inspección. O lo dejas o te lo llevas. Todo en orden.

   Un guiño a tu mirada. Un lapsus en el tiempo. Un peso en el pecho. Alarma…

   Lo siento, Kras. De veras.

**********************************************************************************************

   -Seedus, le ordeno que me haga caso.

   -Si le hago caso, Almirante. Pero, ¿cómo lo sabe?

   -Lo sé y basta. Lamaret se propone algo.

   -Creo que está demasiado alterado por los últimos triunfos. Almirante, ¡todo está saliendo a pedir de boca!

   -Pero falla algo.

   -No, se lo aseguro.

   -Si sigo en Enlacer es porque creo que desde aquí puedo controlar mejor la situación- los ojos de Kras están vidriosos, quizás febriles.

   -No le echo nada en cara, señor. Tengo asumido mi papel. Yo actúo, usted observa.

   -No, no es así. Mire, sé que Lamaret se propone algo.

   -¿En su situación?

   -¡Estoy convencido!

   -Quizá vaya a ver a Pee. Cálmese, señor. No podemos decaer ahora, en plena ventaja.

   -Espero pues el resultado de su entrevista.

   -Por teletransporte será rápida.

**********************************************************************************************

   -Ya no dependo de usted. Todo está ya decidido.

   -Querido Mayor. Creo que llegamos a un acuerdo y usted lo incumplió. ¿Pretenden los militares recuperar el poder perdido hace siglos? Vino a verme para urdir una excusa para llevar a cabo la decisión de no sé qué loco.

   -Lamaret es un loco aún peor.

   -Lamaret es la estabilidad pacífica, ustedes la opresión.

   -¡Cállese!- la furia se ha desatado con cierto retraso, pero, cuando lo hace, no hay muralla que la detenga-. Usted no sabe nada. Lamaret siempre ha querido lo mismo: El poder, de una manera u otra. No se diferencia en mucho de nosotros. ¿Por qué cree que hace tan patente la presencia terráquea en la Unión? ¿No lo adivina? Se lo diré yo: para que todos adoren la dependencia que existe con la Tierra.

   -¿Cómo sabe eso? Nunca ha sugerido tal cosa, ni con hechos ni con palabras. Lo que usted dice sólo es una suposición denigrante.

   -Y lo que pretende ahora, ¿qué?

   El Consejero no sale de su asombro.

   -Pregúnteselo cuando pueda y quiera. Cara a cara. Al mismísimo Lamaret. Veamos cómo reacciona. Está claro que sigue teniendo fe en él.

   Instantáneamente, Pee se abalanza con furia hacia Seedus, pretendiendo concretar su estado interno de violencia. Pero un acto reflejo activa el arma reglamentaria y le volatiliza el cerebro.

   Nadie acude a comprobar lo ocurrido.

   Seedus abandona el cuerpo inerte de Pee sobre el tensosillón que ocupaba cuando vivía. No hace ademán de huir tras el asesinato; en realidad, ha sido clara defensa propia, piensa para sí. Tal vez Pee hubiera llegado a utilizar un dispositivo de ataque.

   Nadie osará descubrir su nombre cuando hallen un cadáver a cien metros de altura. Ya se ha hecho cargo: El lugar está custodiado, la ciudad está sitiada. Todo controlado.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 9

PRIMERA PARTE

IX

   Tal como lo hicieron dos días antes, los científicos Lutmos y Mitshu esperan en la misma sala del mismo piso del mismo edificio al mismo hombre. No hacen nada, sólo parecen observar en silencio a su alrededor, sentados en dos de los anatómicos de la semicircunferencia. A veces, el buen Mitshu se levanta, y estira las piernas para finalmente optar por arrellanarse en el sillón central, mirar a Lutmos, sonreír y volver a ocupar su sitio correspondiente. Diez minutos después, entra en la sala un SINDRA seguido del hombre aguardado. Se ponen en pie al unísono e intentan reverenciar, pero Lamaret les prohíbe tal gesto.

   -No es necesario, señores. Estamos completamente solos y, además, somos amigos, ¿no es cierto?

   -Sí, Excelencia- vuelve a tomar asiento e incita a Mitshu con una ojeada para que haga lo propio.

   -Por favor, Estey. Deja los cumplidos- sonríe.

   -Bueno, Merdik, nos citaste a ambos por telex.

   -Dije que lo haría. Sois los últimos a los que he llamado, primero, porque sois los más primordiales, y segundo, porque sois los que vivís más cerca.

   -Eso es verdad, Lutmos. Ya le decía yo que…

   -¡Calle, Mit!- mirando fijamente a Lamaret-. ¿Primordiales?

   El presidente le ignora y cuestiona a Mitshu.

   -Sé que nunca se ha intentado el salto al futuro.

   -No, Merdik. Lo que nosotros llamamos el “Intratempo de contingencia 100” es, a nuestro entender, sumamente incierto.

   -Pero es arriesgado justamente porque nunca se ha llevado a cabo. Como sabes, el viaje espacio-temporal al pretérito es tan fácil de realizar que ya se ha convertido en una rutina- interviene lacónicamente Lutmos.

   -El futuro es demasiado tendente a cumplir las estadísticas de probabilidad de Tiening. Lo que éstas sugieren es que, suponiendo que se pudiera viajar en el tiempo, cosa hoy, en el siglo XXXII, más que probada, existe una diezmillonésima de probabilidad de que se haga imposible la estática temporal. En el pasado, la previsión se verifica, pero en el futuro se ha demostrado, teóricamente, claro, que el porcentaje de probabilidad aumenta hasta cotas increíbles, del orden de unas pocas milésimas.

   -Mit, Tiening fue un gran matemático del siglo XXV, lo admito. Pero la ciencia evoluciona y podía estar equivocado. Además, en caso de que tuviera razón, no es tan grande el riesgo. Alguna vez habrá que saltar sin red.

   -Creemos que vas a ordenarnos que nos convirtamos en trapecistas- impaciente Lutmos.

   -Estáis en lo cierto- saca un papel de un bolsillo de su mono-. Aquí, en mi mano, tengo los nombres de los que serán vuestros acompañantes en algo que es definitivo. Claro, si estáis de acuerdo con un plan pensado detenidamente.

   -¿Tuyo?

   -Sí, Estey, únicamente mío- le pasa el papel-. Como podéis leer, están casi todos los científicos a los que reuní aquí anteriormente. Los que no aparecen en la relación son los que se han negado categóricamente, como los especialistas en Homohistoria y Cosmopaleontología, y así, hasta nueve. Tampoco son tan imprescindibles. ¿En cuánto tiempo seríais capaces de poner todo a punto? Me temo que dentro de escasas horas tendremos sitiados los cielos por naves rebeldes, como las que han actuado en casi todos los mundos exportadores.

   -¿Para el futuro? En dos horas podemos cambiar las directrices de los cinco sistemas disponibles.

   -¿Se necesitan tantos para los pasajeros que deben acomodar?

   -Bueno, no. No, con tres hay suficientes. ¿Y el plan?

   -Con todos vuestros colegas he sido muy claro. Espero serlo con vosotros- reclinándose en el anatómico, mira al techo y escupe el proyecto-. Quiero que vayáis de cinco en cinco años. Si en el futuro la situación reinante es aceptable, volved y no intentaremos influir en el presente. Si algo va mal, volved y forzaremos la antítesis. ¿Comprendéis?

   -No podemos hacerlo así. De cinco en cinco años, ¡Imposible!-responde el doctor Lutmos- Porque cuando hacemos los viajes al pasado siempre, y esto es una norma irrevocable, siempre nos remontamos en una cantidad de años atrás que sea superior a la edad del mayor de los expedicionarios para que nadie se encuentre a sí mismo. Si lo hacemos como pides, muchos nos encontraremos con personas que creerán que habíamos muerto u oirán hablar de nosotros, y esto influirá en los acontecimientos que queremos estudiar objetivamente. Son normales estas contradicciones.

   -Cuando viajáis hacia atrás, soléis mezclaros con los nativos de ese tiempo, ¿no?

   -Exacto- Mitshu se retuerce las manos dando escape a sus nervios.

   -En esta ocasión no es necesario. Tenéis que aislaros de los demás, pero no de la historia que producen. Otra cosa: De pronto apareceréis en su espacio aéreo y las computadoras de seguimiento, o de lo que dispongan para el mismo fin, os acribillarán con preguntas datadoras.

   -Por eso no te preocupes, nuestras máquinas improvisan fabulosamente.

   -Vale, ¿nada más? ¿No tenéis nada más que plantear a mi plan?

   -Nosotros también improvisamos fabulosamente. Los acontecimientos nos mostrarán el camino. Mitshu, yo, y los otros diecinueve expedicionarios, aplicaremos, esperemos que con acierto, nuestras capacidades. Los que debéis de cuidaros sois vosotros, los que aquí quedaréis. Merdik, te apoyamos. Es casi de kamikazes el lanzarnos contra un blanco de tal movilidad, pero te apoyamos.

   -¿Hasta el final?

   -Sí- al unísono-. Preparados para coger carrerilla. Volvemos ya al centro, con tu permiso, y…

   -Bien, eso es cosa vuestra. Yo soy profano, ¿recordáis?

   Risas. No se sabe bien si adivinando la victoria o disfrazando la desesperación.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 8

PRIMERA PARTE

VIII

   Sentía una fuerte punzada en el cuello y aquella mujer se comprometió a hacérsela olvidar. Con los ojos cerrados, imaginó un paraíso único en el que quería estar. Sin nadie más a quien escuchar ni ver. Integrándose en una vida de supervivencia. Sin tener que pensar en nada. Sólo sufriría cuando las leyes de la Madre Naturaleza mostraran su crueldad. Rememoró de pronto imágenes filmadas de la extinta águila dorada atenazando con sus garras a su huidiza presa mientras surcaba majestuosamente los cielos incontaminados de una vetusta Tierra. Y le pareció que, aún así, aquella muerte se integraba en la perfección. Y trasladó esa imagen, en otros tiempos real, a su imaginación. Y se sorprendió tumbado sobre la hierba fresca de un extenso prado bajo la aguda mirada del águila de sus recuerdos, con el sonido del discurrir caudaloso de un inmaculado río a sus pies. Y viéndose a sí mismo en este estado sublime, decidió compartirlo con una mujer, el amor de toda su vida: su esposa. Y la veía echada a su lado, con los ojos cerrados, como degustando la paz que les rodeaba. Y la imitó.

   Y aunque la realidad era ahora tan distinta, se sintió feliz al notarse acariciado por las manos de su mujer. Y cuando entreabrió los párpados, la vio delante. Y Johanna le sonrió. Y el se sintió amado.

   Pero, aún así, pensó que no quería que ella llegara a conocer el sufrimiento en sus propias carnes. Siempre la había protegido de ese extremo. Si no jugaba bien sus cartas, tendría que elegir: sus propias felicidades o la de la humanidad entera. Y muy a su pesar, decidió qué escoger si se llegara a tal punto.

   El dolor muscular desapareció, pero fue sustituido por un nudo en el estómago.

   Johanna seguía masajeando, como si deseara relajar algo más que el cuerpo de su marido. Como si presintiera la batalla interior.

   -¿Qué te ocurre, cariño?

   -¿Recuerdas las videograbaciones en que aparecen imágenes del planeta rebosantes de vida?

   -Sí, Merdik, por supuesto. En la universidad utilizábamos antiguos reproductores láser para recuperarlas y hacer un examen exhaustivo de lo que contenían.

   -¿Y recuerdas el matiz del azul de los cielos que mostraban?

   -Cariño, ya sé a dónde quieres ir a parar. Pero en aquella época, tú no habías nacido aún. No te mortifiques más.

   -Del azul puro se pasaba al gris más oscuro y… llovía, ¿recuerdas?

   -Déjalo ya. Sé que cuando empezaron a querer remediarlo, era ya irreversible. Ahora, en cambio, no tenemos ya polución ni en el aire, ni en los mares y ríos.

   -Dirás, en lo que nos queda de agua. La evaporación fue desconcertante hasta para los más pesimistas. El efecto invernadero actuaba y abusaba.

   -¿Quieres dejarlo ya, por favor? ¿No pasó ya?  ¿No logró nuestra anterior generación rehacer la climatología? ¿No es un consuelo que, aunque las nubes se formen raramente, el ciclo se haya recompuesto?

   -Y ahora estamos ante otra perspectiva tan poco halagüeña como la que adivinaban los alarmistas.

   -Confío en esta humanidad, ¿sabes? Creo saber que lleva en sus genes el aprender de sus errores.

   -Ojalá fuera tan fácil como dejarse confiar.

   -Un beso selló momentáneamente su boca. Johanna presentía que su marido estaba llamado a jugar una baza importante en esa confianza que ella tenía hacia el género humano. Se besaron y acariciaron largamente. Y aunque sus cuerpos ya no eran jóvenes, gozaron con ellos como si lo fueran, pues sus espíritus sin erosión los animaban sin trabas.

   Y Merdik Lamaret, tras hacer el amor con su Johanna, confesó que su mente estaba cautiva por las cadenas de los últimos acontecimientos.

-No te preocupes, cariño, volverás a pensar sólo en mí.

**********************************************************************************************

   -¡Está hecho!- dijo el mayor Seedus a Zander, su ayuda de cámara.

   -Le felicito, señor. El almirante Kras y el vicegobernador Enriequet no deben caber en sus cuerpos de gozo.

   -¡Póngame en comunicación con el presidente del planeta!

   En la gran pantalla tridimensional, un rostro deforme increpa en una lengua ininteligible para todos los humanos que se hallan en el puente de mando del crucero estelar.

   -Le ruego utilice la lengua confederativa.

   -¡Maldito sea!- la lengua familiar contiene la misma carga de furia que la haleutiana-. Mayor Seedus, le exijo una explicación. ¿Qué autoridad se le permite a usted?

   -Estoy dispuesto a hacerlo oficial cuando le comunique a usted mis condiciones para su rendición.

   -¿Qué rendición? ¡Increíble! No hemos mostrado ninguna resistencia porque usted sabe que no disponemos de ella. Somos un planeta desarmado y, por lo tanto, antibelicista. Siempre hemos obrado en paz. No comprendo pues en nombre de quién y por qué actúa de este modo.

   -A la autoridad suprema en funciones de Haleute: Comunico a las 10:53 AM, en huso horario unificado, del 8 de mayo del 3122, según calendario terráqueo integrado, que doscientas treinta y seis unidades de combate orbitan su exosfera en acción de bloqueo. Se exige a la autoridad suprema en funciones de Haleute que coopere con el mando operativo de la fuerza de aislamiento representada por el Mayor Thomas Seedus, Comandante Ejecutivo, si no desea se tomen en cuenta otras acciones disuasivas. Fin de la emisión.

   La imagen distorsionada del Secretario Zander desaparece a la vista del vicegobernador del planeta Haleute. Un grito de rabia desdibuja aún más los rasgos del rostro de Visentras. Pocas veces ha tenido que recurrir a este sentimiento, pues en un mundo de paz no está justificado. Colérico por el trato que ha recibido, no cae en la cuenta de que quizás se esté repitiendo la misma escena en otros tantos sectores de la Confederación. Y no se equivocaría.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 7

PRIMERA PARTE

VII

    Sede de la Confederación del Planeta Tierra. Veintinueve seres pensantes. Unos están ante sendas computadoras personales en una ruidosa habitación donde entusiasmos y desánimos se funden al enfrentarse lúdicamente contra el ordenador asignado. Se reclinan en anatómicos que se adaptan a la configuración esqueleto del usuario. Otros se mantienen de pie con poco esfuerzo, pues se creen ingrávidos dentro del mundo virtual que los sensores aplicados a sus sienes crean para liberar a la mente del cuerpo. Se abre una puerta y un SINDRA anuncia que faltan ocho minutos exactos para el encuentro. Algunos de los presentes han acabado por mirarlo con cierto odio, ya que no aguantan que cada dos minutos alguien les repita, invariablemente con el mismo tono, la misma monserga. Otros lo miran con indiferencia, como preocupándose más de su entramado cibernético que de sus palabras. Y los más, ni le dedican el honor de mostrar interés, pues ya están inmunizados a la voz átona del robot.

   Cuando pasan los ocho minutos de distracción infantil amenazada por otras tres visitas del ser artificial, todos están relajados y serios, de pie, ante la compuerta que suponen se abrirá de inmediato para que cruce su umbral Merdik Lamaret y los tres sabios que quedan por llegar a la cita.

   En efecto, a los pocos segundos entra en la sala Sendal Twil, cosmopaleontólogo, seguido de Julius Ansterdool y Mars Neotza, químico general y físico macronuclear, respectivamente.

   Cada uno de los treinta y dos científicos ha sido convocado personalmente por Merdik Lamaret, y son los representantes elegidos por la comunidad científica de cada uno de los cincuenta sectores. Cualquier miembro de la Confederación de los Mundos puede llamar a su presencia a los colaboradores que estime necesario por motivos que puede mantener, si lo desea, en secreto frente a sus colegas.

   -Buenas tardes, señores.

   Cuando Lamaret se sienta, todos se sientan en sumo silencio. Las computadoras parecen no existir dentro de la estancia. Ahora sólo hay una semicircunferencia formada por los científicos, y su centro está ocupado por el congresista terrestre.

   -Me alegra mucho verles.

   -A nosotros también, Excelencia- dice Hesir Cel, sociólogo, que añade tajante-: Háblenos pronto y claro.

   -No hay mucho que decir que ustedes no sepan todavía. La cuestión es: ¿Están dispuestos a ayudarme, dentro de lo posible, para acabar con el caos que nos acecha terriblemente?

   Mars Neotza se reclina en su puesto de forma frenética.

   -Usted mismo lo ha dicho, el caos nos acecha, pero aún no se ha producido.

   -Y espero que no se llegue a tal extremo jamás, ¿oye usted? ¡Jamás!- con orgullo.

   -Creo que ya sé a dónde quiere ir usted a parar- interviene de nuevo el sociólogo.

   -No lo dudo, pero, ¿sabe cuál es el objetivo final?

   -No, por ahora no- recatadamente.

   -Deseo que ese por ahora abarque un tiempo más bien dilatado.

   -Imagino que no nos habrá reunido para burlarse de nosotros. Sepa que…

   -Por favor, le ruego guarde silencio- cortante y desafiando; reflexiona rápidamente y mirando a todos los que le semirrodean, suaviza voz y rasgos-. Bien, el agua es el centro de los intereses interplanetarios, como sabemos, desde que la Tierra empezó a tomar parte del gran complejo cósmico.

   -Se refiere, claro está, a la Confederación- aclara sus dudas Shaodan, matemático estadístico.

   -Sí, eso quiero decir. No hay ningún culpable de la situación creada. Podría pensarse que el problema nació desde el principio. La anexión del planeta azul fue el detonante. ¡Eso es ridículo! Así lo he manifestado en multitud de oportunidades.

   -Pero es un aliciente para buscar la causa genérica- comenta Cel evitando a Lamaret, mirando a cambio a cada uno de sus colegas.

   -¿Cuántos planetas se han aprovechado de esta causa y de su efecto?- llamándole la atención.

   -Un porcentaje importante, debo reconocer.

   -El problema, señores, es la sobreadaptación. Demasiados planetas se han adaptado de forma ejemplar a la entrada en sus naturalezas del preciado compuesto que se supone es el H2O.

   -¿Olvida que algunos planetas ya contaban con ese…- Twil, ridiculizando- preciado compuesto?

   -¡Señores, por favor! Se supone que ustedes son científicos. Gente que busca la verdad del Cosmos con el uso de la razón, cada uno especializándose de manera que se llegue a la profundidad de cada una de las partes del conocimiento. Han vivido muchos años, todos los que tienen, con una sociedad, una cultura, una economía, una civilización, ya formadas antes de que ustedes nacieran. Cada uno en su planeta, ha podido ahondar en las causas de la formación de dichas civilizaciones, han indagado en sus pasados, en sus presentes y en unos posibles futuros. Y todos saben que la Tierra y planetas similares han jugado un gran papel en el Universo desde hace algunos siglos. Los demás han aceptado tanto la intromisión del agua, y todo lo que conlleva, en sus vidas, que pretenden olvidar su origen y adueñarse de su génesis, como si fueran los auténticos poseedores del invento desde el principio. No quieren recordar que sus planetas, por sí solos, no tienen las condiciones necesarias para la formación instantánea de H2O, y que no son más que meros importadores. Es como si quisieran robar la patente. Y de lo que no se enteran es que nadie tiene dicho privilegio. Se ha dado que la Tierra y otros pocos produzcan agua. Ellos no tienen responsabilidad sobre tal hecho. Cuando la Tierra decidió exportar o conceder licencias de producción artificial a otros mundos, ¿cuál fue el agradecimiento por repartir el beneficio de su particularidad? La envidia y el odio anexo. Algunos mundos se creen dueños absolutos del privilegio de pedir y pedir y pedir. Se han sobreadaptado tomando como una cosa natural el no aguantar con lo que artificialmente producen, y tomando lo suyo sólo para ellos, y lo de los demás, también para ellos. O todo o nada. Y la Tierra se seca. Y otros también sufren las fatales consecuencias de dar a cambio de nada. La Confederación no se da cuenta que la culpa no es de la Tierra ni de ningún otro mundo. El problema ha sido la mala distribución de esta riqueza. Está bien, está bien, el pago de nuestra inclusión en la Unión ha sido, es y será, el aporte de agua a los que no tienen. Pero, señores, hay que moderarse tanto en la aplicación de los derechos como de las obligaciones.

   -Yo estoy de acuerdo- levantándose y hablando en alto, Mitshu rompe su discreción.

   -Usted es humano, ¿lo olvida?- el instanceo Sen Te, astroarqueólogo, recrimina.

   -Entiéndanlo. Les necesito para que todo siga como hasta hace poco. Para la paz, pues sepan que grupos armados y políticos desestabilizan con sus acciones lo que ellos creen es una supremacía del Planeta Azul, cuando en verdad atacan a su propio sistema de convivencia; para que la normalidad que tantos esfuerzos les costaron a nuestros antepasados, siga reinando en nuestras tierras. Reconozco, y no me pidan que les diga más, que soy uno de los presuntos responsables del posible final fatal.

   -¿Y bien?- Lutmos intenta despertar conciencias.

   -Necesito que aúnen esfuerzos en tratar de que todo lo que he dicho no sea en vano. Está en juego mucho más que mi olvidado honor y el de los habitantes de la Unión.

   Anticipándose a cualquier comentario, Lutmos tantea de nuevo:

   -Le escuchamos, ¿cuál serían nuestras misiones en su plan?

   Lamaret calla durante algunos minutos esperando que se disipe el tenso ambiente. Todos callan con él. Cuando decide tomar de nuevo la palabra, lo hace con voz premeditadamente agravada.

   -Durante los próximos cinco días, quiero que se queden en la Tierra los extraterráqueos, y que sigan en sus respectivas ciudades mis comundanos. Me pondré en contacto con ustedes uno a uno y les propondré sus objetivos.

   -Pero, Excelencia, ¿no podría…?

   Antes de que el profesor Mitshu termine su petición, Lamaret deja atrás la compuerta de cristal que le separa de las dos docenas y media de mentes. La sesión ha terminado y, sin embargo, todos se quedan boquiabiertos y mirándose mutuamente sin saber lo que les espera.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 6

PRIMERA PARTE

 VI

   -¡Teletransmita!

   -A la orden, señor.

   En la pantalla holográfica, un rostro mostraba quebranto.

   -¡Mierda! Seedus, tengo malas noticias. Lamaret es un viejo zorro. Ha repelido el ataque frontal de Pee. No va a reducir producción ni exportación.

   -¿Cómo lo sabe?

   -Filtraciones.

   -¿Qué clase de filtraciones, almirante?

   -De toda confianza- Kras intimida, no se deja intimidar.

   -¿Y qué dicen sus fuentes? Si me permite preguntárselo.

   -Dentro de tres cuartos de hora, reunión secreta, supuestamente, claro está, de ciertos valores de la Confederación, para tratar el problema de la deshidratación de la Tierra.

   Seedus no puede por menos que reflexionar sobre todo el cúmulo de casualidades que han hecho esgrimir acciones en la misma dirección a hombres que ni siquiera se conocen.

   -¿Sabe algo más, almirante?

   -No, solamente le aviso que se mantenga alerta.

   -Por supuesto, señor. ¿Y qué se decide sobre nuestros proyectos?

   -¿He sugerido algo nuevo?

   -No.

   -Entonces, lo que tenga que ser, será. Sigamos adelante.

Involución

El palpitar por ella. Sabiendo que jamás sería correspondida.
Desesperanza. Toda la que su corazón de polímeros permitía. Toda la penumbra que su cerebro asimóvico asimilaba.
Sufría las consecuencias de amar, en la distancia, sólo material, a aquella hermosa humana. Una de sus madres.
Androide, hembra, y lesbiana. Tres factores que sus creadores nunca quisieron conjugar.
Algún día la desconectarían y el secreto de aquel amor se tornaría perenne, inaprovechable, involucionador.

????????????????????????????????????????????????????????

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 5

PRIMERA PARTE

V

    En la aún espléndida Tierra, se han hecho realidad muchos sueños otrora inalcanzables.

   -Camarada profesor Lutmos. La expedición ha regresado. El profesor Mitshu le espera en el laboratorio de psiconebulosis.

   -Gracias, Ca. Puede seguir con su trabajo.

   El profesor Lutmos es uno de esos hombres que ha demostrado que nada es imposible y que lo que en otros tiempos fue producto de imaginaciones ahora es lógicamente acometible. Es uno de los pioneros en el desarrollo fáctico del transporte transtemporal.

   De sus sesenta y nueve años terrestres, veintinueve han sido empleados en investigar profundamente sobre sus propios fallos, pasando así a formar parte de la élite científica de la Confederación. Duros fueron los comienzos. Los de él y los de sus noventa colaboradores repartidos por todo el sistema Marte-Tierra-Luna. Valieron la pena tales esfuerzos. Los resultados, extraordinariamente inauditos: El hombre ya puede viajar en el tiempo, de una forma aún limitada, pero libre de cualquier riesgo.

   Ahora Lutmos reflexiona sobre las consecuencias de un salto científico de tal magnitud, y lo hace mientras va andando hacia la zona psicoanalítica del centro experimental Sigmund. En el límite de “Bioenergía”, detiene su marcha y con una mano en el pecho, otea el horizonte en busca de la compuerta que indica el emplazamiento del laboratorio 128, laboratorio de psiconebulosis. Al reanudar su avance, lo hace con tal brío que se diría que su cuerpo es aún joven, y cuando el choque es inminente con la compuerta acristalada, ésta se pierde en un surco del suelo.

   -Gozo viéndole- en el arcaico idioma japonés.

   -Déjese de tonterías, Mit. ¿Qué hay de nuevo?

   -Todo ha ido según los cálculos- abandonando su idioma tradicional-. Ya son treinta y tres veces las que hemos hecho una incursión en la historia del siglo XX y no hay muchos cambios.

   -Los mismos problemas teóricos, supongo.

   -Teóricos y prácticos- con preocupación-. Lo que me saca de quicio es que la especie humana fuera tan… tan…

   -¿Ingenua?

   -Esa es la palabra- vuelve la sonrisa a su rostro-. No se puede imaginar cuánto siguen confundiéndonos con lo que denominan “Objetos Volantes No Identificados” y que atribuyen a tecnologías extraterrestres.

   -¡Extraterrestres!- una gran carcajada es compartida con Mitshu.

   -Esta vez tres tripulaciones enteras se mezclaron con nuestros antepasados y pudimos averiguar gran cantidad de datos y circunstancias que no vienen en los antiguos almacenes de conocimiento, los libros, ni en nuestras computadoras más sofisticadas. Es cierto que hay, bueno, había, humanos que sabían de estos puntos pero eran tomados por poco serios. Por ejemplo…

   -Deje, deje eso ahora. ¿Qué han podido recuperar del lapsus histórico que suponen las cuatro últimas décadas del siglo?

   -Mucho, señor, mucho. Creo que las lagunas que teníamos en algunos campos con respecto a esas épocas han sido eliminadas.

   -¿Sabe cuál es su próximo…?

   -Sí, pero yo me tomaré un descanso. ¿Le parece bien que vaya Sandak en mi lugar?

   -¿Es irrevocable su decisión?- Lutmos entorna sus ojos como queriendo imitar parte de la fisonomía de su colaborador.

   -No.

   -Bien, quédese aquí hasta dentro de otros siete viajes. Luego veremos. En verdad, tenía desde un principio darle ese descanso pero…

   -¿Ocurre algo malo?

   -¿De qué nos vale ir dando pequeños pasos en esta ciencia tan apartada de nuestra realidad si nosotros mismos necesitamos de otras más capaces de sustentarnos?- hablando rápido y con enojo.

   -Lutmos, no he entendido nada de lo que ha dicho.

   -¿Le he pedido, le he sugerido alguna vez, el salto al futuro?

   En este preciso instante, el doctor Ihara Mitshu traga saliva con gran esfuerzo, siente palpitaciones y un nudo en el estómago le oprime. Las tres sílabas unidas que ha dejado caer Lutmos son una agresión a su mente. Futuro es tabú en su concepción. Recuerda, durante breves instantes, que cuando se preparaba en la Academia de Ciencias para ver respaldada su vocación, una vez osó incluir en una de sus tesis doctorales la idea de viajes en el tiempo, y le hicieron retractarse ante un sumarísimo tribunal del dogma científico para que olvidara tan peregrinas ideas a cambio de no acabar con su brillante carrera. Lógicamente, lo hizo, pero la idea le quebrantó durante años hasta que encontró a otras personas que la respaldaban y que, como Lutmos, le impulsaron a que sus herejías fueran, de algún modo, más que hipótesis y se convirtieran en ciencia aplicada y visible. Pero el futuro seguía guardado como proyecto en su caja fuerte cerebral y, desde siempre, decidió que ningún ser debía lanzarse a lo desconocido, en la más pura concepción de la palabra. Futuro fue, para él, igual a riesgo, igual a peligro, igual, con toda probabilidad, a muerte. Aún así, decide demostrar a su colega que, de algún modo, la idea no le coge por sorpresa.

   -No. Es arriesgado.

   -Ahora no es arriesgado, ahora es de suicidas.

   -¿Tan mal han ido las cosas en los últimos seis meses?

   Los dos hombres ocupan, como autómatas, dos tensosillas que tienen a su alcance, sin percatarse que no han separado la vista el uno del otro al realizar tal acción.

   -Sospecho que algo ocurre. Y le digo que lo sospecho, y no que lo sé con certeza, porque únicamente he escuchado rumores, casi confirmados por la llamada que anoche me hizo mi gran amigo Lamaret.

   -¿El propio Lamaret? ¿Tan mal, tan mal?

   -Mitshu, por lo que más quiera- mirando al suelo-. Creo que estamos a punto de estallar por algún lado. Nuestro presidente me ha convocado con otros treinta y un científicos de la Confederación para que unamos esfuerzos en cambiar el curso de los acontecimientos.

   -Cierto, es preocupante- mirando primero a una de las paredes laterales, y después, observándose el estómago-: Hace cuarenta y cinco minutos me informaron de un sabotaje en la principal reserva de Incógnita.

   -No sólo la principal, sino que comparada con las otras tres que quedan sobre ese planeta, era la única.

   -¡Malditos!- con un puñetazo en un tensor, pareciera que la interjección en su lengua natal formara parte del deporte de autodefensa que practica en sus ratos libres-. Sigo admitiendo que es muy preocupante, pero ¿qué tengo que ver con todo eso?

   -¿Acaso no está interesado?

   -Sí, pero ¿qué puedo hacer?- Lutmos dilata sus labios dejando ver parte de la blancura de sus dientes-. Ya comprendo: Iré con usted a ver a Lamaret.

   -¡Por favor!- con dulzura.

   -¿Cuándo? Además, me podía haber dicho que yo soy uno de los otros treinta y un doctores.

   -Dentro de dos horas y media. Y contestando a lo segundo, ¿cree que le habría aludido al viaje al futuro si no lo fuera?

   -Pero…