JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 5

 SEGUNDA PARTE

V

 

   Las primeras notas de color sonaron sigilosamente. Paralelamente, las vigilias iban desenmascarando estrepitosas esperanzas. La tribu al completo se hallaba alineada hacia el Este, pues los tempranos rayos solares despuntaban desde aquel sentido cardinal y no querían enojar a su dios faltando a esa cita diaria.

   Después, acudieron al banquete de frutas que inauguraba la actividad de la jornada. La macedonia les nutría, purificaba digestivamente y daba fuerzas para completar la cadena trófica primaria: labranza, mantenimiento y recolección, equiparables a los remontables tiempos prehistóricos. La explotación animal no existía en este campamento. La manufactura del utillaje era símbolo de la nula sofisticación en la que habían desembocado. Lam Am amaba aquella simplicidad, y en ese sentido hacía todo lo posible por no contaminar con sus conocimientos aquel paraíso de rustiquez.

   En los pedregales que bordeaban aquel fértil valle, una curiosidad aislada destacaba por su altura, y,  aprovechando esa característica aportada por la erosión eólica y fluvial, por su utilización como torre vigía, entroncando con una lógica de supervivencia. El propósito de esa lógica pocas veces era aplicado. Pero aquella mañana, después de los pertinentes lavatorios, el turno de vigilancia liberó, mentalmente, la contraseña.

   -¿Cómo puedes adivinar la alarma en esta visita?

   –He querido explorar concienzudamente sus pensamientos y no los he encontrado. ¿Cómo pueden existir seres con la mente en blanco?

   –Espera, se lo preguntaré a Lam Am.

   –Os he captado. SINDRAS, se trata de SINDRAS. Esos cerebros positrónicos activan sus chips neuronales únicamente como causa o efecto inmediato, no existen espacios intermedios de descanso en los que ellos puedan fabricar pensamientos ajenos a cualquier manifestación inminente. Cualquiera de sus acciones está programada, y la improvisación sólo existe cuando tienen múltiples elecciones de respuesta– una breve pausa le sirvió para caer en la cuenta de que quizás estaba aportando demasiados datos a aquellas mentes ingenuas-. Dime, Stengar, ¿son muchos los que vienen?

   –No logro captar su cuantía exacta, pero sí que van a llegar hasta el punto donde nos encontramos. ¿Por qué, Lam Am?

   Lam Am conocía la razón, pero no podía perder su precioso tiempo contestando de golpe todos los enigmas que sobre su persona se habían formado sus compañeros de los últimos meses.

   –Amigo, sólo sé que tenemos que separarnos de su camino. Pocas veces los SINDRAS van en conjuntos amplios sin llevar órdenes nocivas.

   No recogieron muchas pertenencias. Quizá pensaron que volverían en muy corto plazo. Decidieron escindirse para dividir a su vez al presunto enemigo. Y si hubiera que atacar para preservar sus vidas, tendrían más facilidades si el número de individuos de los que defenderse fuera menor. Cada grupo tomó una de las direcciones que formaban las bisectrices de los ángulos Norte-Oriente y Norte-Occidente. Recorridos seis días, deberían encaminarse en el rumbo perpendicular al seguido, para así convergir en un mismo punto y retornar en formación conjunta al edén que los vio partir.

   Cinco horas de ventaja desconcertaron a las unidades VESTIC. El vacío que sustituía a sus objetivos cinegéticos les obligó a recurrir a otras claves de rastreo. La improvisación e imaginación no estaban codificadas en sus cabezas aceradas. Por lo tanto, la búsqueda y captura mostraba otra faz distinta a la planificada, y las órdenes se aportaron en otro sentido.

   -Señor, usted dijo que los capturáramos a él y a sus seguidores sin anular sus vidas- el interhiperondas bidireccional portátil salvaba las distancias que la presencia física del mando exigía.

   -VESTIC 16TH100. Dividios los números asignados y ejecuta sin dilaciones las nuevas órdenes. ¡Debes acometerlas sin reparos!

   -Señor, no hemos descubierto ninguna presencia de armas destructivas de desgaste.

   -¡VESTIC 16TH100! Escucha con atención mis palabras y no intentes anteponer razones ético-morales ni de otro tipo para desentenderte de ellas. Tanto tú como yo somos unos mandados.

   -Pero, señor…

   La derivación de la conversación hizo que la voz se volviera intransigente ante los obstáculos que se creaban en la mente asimóvica del comandante VESTIC. La explosión de cólera del interlocutor humano hizo que el tono dado a la orden, que había sido primero sugerida, y luego recalcada, borrara cualquier atisbo de duda ante el seguimiento mecánico de las leyes cibernéticas.

   -¿Lo has asimilado, VESTIC 16TH100?

   -Sí, señor.

   -Si es así, ¡repítelas!

   -Señor, recibido mensaje imperativo: El contenido del mismo ha sido integrado en las unidades de información VESTIC subditadas a mí. Seguir acechando a Lamaret y…- un breve intermedio despertó el instinto castrense en la voz que se hallaba a miles de kilómetros de distancia del emplazamiento de las tropas androides; el breve espacio de silencio decidió la suerte de VESTIC 16TH100: sería sustituido de inmediato para su reprogramación y nuevo destino; aún cuando al final decidiera aparentar haber entendido la orden-… matarle.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 4

SEGUNDA PARTE

IV

    Por tercera vez se volvía a repetir el ritual. En la caverna de las abluciones, los hombres y mujeres se hacían sentir merecedores del amor de la Tierra. Con los pies mojados, se dirigían todos en fila hacia el exterior, donde se dejaban abrazar por las ramas de los árboles y acariciar por los arbustos florecidos. La bendición caía, entonces, sobre ellos. El Sol se despedía perdiéndose por debajo del contorno del planeta. La dicha les extasiaba por tercera vez. El amanecer sembraba la repurificación de sus almas. El apogeo emancipaba sus espíritus. El ocaso premiaba sus vidas y les daba esperanzas de continuarlas en un estado agraciado de pureza absoluta.

   Abrazaban por última vez los recios troncos, aspiraban los efluvios de la flora, admiraban la mixtura de colores que se dejaba mostrar gracias a los últimos rayos del Sol. Sabían que en pocos minutos se escaparía aquel hechizo. La oscuridad borraría todo vestigio de belleza, y la que se pudiera vislumbrar a la luz de las antorchas sería una realidad corrompida.

   Únicamente el plenilunio permitía alargar el efecto, y las jornadas no se consumían hasta que retornara la total falta de claridad.

   El trabajo era totalmente vivificante. No dependiendo de los productos de la caza, por su calidad de nutrición, los habitantes del poblado iban invadiendo poco a poco los terrenos circundantes a la caverna de las abluciones, que tenía la doble función de recipiente de sus antepasados.

   Teniendo las cuerdas vocales totalmente atrofiadas, confiaban su intercomunicación en la telepatía. No tenían enemigos, pues su dominación mental hacía que los instintos negativos fueran alterados de continuo en un constructivismo vinculativo. No existía preponderancia ni sometimiento tribal. Todos aprendían de todos. La supremacía mental no influía para nada en las relaciones con los individuos que trabajaran por el bien común. Pero existía cierta anarquía en la conducta grupal. Sin saber cómo canalizar sus intenciones, se sentían faltos de un líder, pues veían que existía un germen a desarrollar y ellos no poseían la audacia para hacerlo.

   Hasta que apareció un tal Lam Am, del que sólo conocían que era proveniente de tierras lejanas. El hombre entunicado les orientó sobre sus ansias, y haciéndolas convergir en un fin común, les dio nuevas ganas de vivir.

   En todo momento, el tal Lam Am disimulaba sus personales costumbres apartándose a disfrutar su intimidad lejos del grupo. Cuando fue ganándose la confianza de los adoradores solares, le construyeron una choza con juncos ribereños del lago, que les prodigaba de agua cuando la necesitaban para regadío.

   Paulatinamente se fue integrando en el rodaje cotidiano de la tribu. Y siempre daba lo máximo de sí para hacerla feliz. Se fue convirtiendo en el líder que los adoradores del Sol necesitaban.

   Un día, Lam Am, que a la caída de la noche solía refugiarse en su parapeto vegetal, decidió compartir los rituales nocturnos lunares de sus vecinos y, al hacerlo, asumió su papel de salvador de la esencia humana, representada por aquellos desheredados.

   –Pues, Lam Am, ¿qué nos planteas?– sin pronunciar palabra, los mensajes ideográficos eran interpretados y emitidos con naturalidad.

   –Os digo que he venido para que abráis los ojos. De donde he venido hay más hombres en todo distintos a nosotros, y más allá del Sol, existen otras tierras que sustentan otras muchas formas de vida inteligente– con los brazos levantados al cielo, sonreía a cada uno de sus interrogadores.

   –Dinos, Lam Am, ¿cómo sabes de ello?

   -Yo estuve entre ellos durante décadas. Cuando decidí dejarlos, lo hice por razones que, aunque no vienen a cuento concretaros, os convencerían de inmediato.

   -Pero, Lam Am, tú eres sabio en extremo. Si ellos son como tú, su mundo debe de ser perfecto.

   –Esa es la paradoja. Son tan sabios que se olvidaron de sus raíces.

   -Lam Am, cuéntanos más cosas. ¿Por qué antes no te confiaste a nosotros?

   -Aún no era el momento. Ahora es dado que así sea– el fulgor azul de la Luna se reflejaba en su sudorosa faz-. Los que allá habitan tienen muchas comodidades que les hacen la vida más fácil. Ya no trabajan la tierra para obtener sus frutos. Ya no realizan esfuerzos físicos de ningún tipo para sentirse útiles. Hay otros que laboran por ellos. Estos nunca se agotan. Son incansables durante largos períodos.

   -¿Son esos seres inteligentes de los que nos has hablado?

   –No exactamente. Son inteligentes, pero esa inteligencia no les es propia. Es una inteligencia prestada.

   -¿Son esclavos?

   –Bueno, un esclavo es alguien que está sometido por otra persona. En el sentido literal del término, no lo son, pero en la práctica, sí, se puede aducir que se comportan como tales, aunque no sufren humillación con ello. Los SINDRAS, pues de ellos os hablo, son seres animados artificiales, creados por seres animados naturales, ¿entendéis?– Lam Am intentaba, sobre todo, utilizar explicaciones asequibles a aquel nivel cultural en el que se hallaba inmerso.

   –Lam Am, ¿tú tenías esclavos?

   -No, nunca tuve. Es más, ni siquiera llegué a sojuzgar a ningún SINDRA. En mi mundo no los había hasta que…

   -¿Hasta qué?- aquella mujer se sentía presa de la emoción ante el relato.

   –Hasta que llegó el momento en que yo mismo me sentí esclavo de aquellos seres artificiales.

   -¿Esclavo de los SINDRAS?

   -Sí, pero es una historia muy complicada. En verdad, ellos nunca me dominaron, sino que cumplían órdenes de otros que sí buscaban esa represión sobre mi persona. Siempre intentaban no dañarme ni física ni mentalmente, pues están regidos por unas leyes inamovibles que los orientan en sus conductas. En teoría, están para servirnos. Pero yo estaba en una posición de inferioridad frente a los que detentaban su reprogramación, y por ello sufría las terribles consecuencias. Ellos me vigilaban, guardaban y reprendían.

   -¿Cuál fue el motivo de esa represión sobre tu persona?

   -También es muy complejo de explicar– Lam Am oscureció su semblante. Su lucha aún continuaba, y su contienda interna había logrado cercenarse durante un largo período de calma. La cicatriz volvía a abrirse, sin embargo, con el recuerdo de sus sacrificios-. Hermana Twiringia, olvida mis preocupaciones. Son sólo mías y no quiero haceros partícipes de este sufrimiento.

   –Lam Am, alecciónanos. Tú eres sabio.

   –No, amigos. Yo no sé nada. Pero es un justo trueque. Yo aprendo continuamente de vosotros. Yo también debo darme a vosotros. Sólo os solicito una condición.

   -¿Cuál es, Lam am?

   –Confiad plenamente en mí, ocurra lo que ocurra.

   -¡Así sea!- una genuflexión unánime acompañó al coro de pensamientos, y las caras resplandecientes de felicidad dirigían sus miradas al ser que les había hablado.

¡Despierta! ¡Despierta!

Cachetearon su cara para despertarla de una larga pesadilla de cuatrocientos años.

   – ¡Bienvenida! Te buscaremos un cuerpo adecuado.

   – ¿Qué pasó con el que tenía?

   – Lo descongelamos hace doscientos años para curarte el cáncer y, tras fracasar, no aguantó el proceso de recriogenización. ¡No intentes mirar hacia abajo porque sentirás vértigo y terror al vacío!

   – Creo que me gustaba más la otra pesadilla.

 

42-16853020

 

Superhombre

 

  -¡¡¡Ante usted, ingenuo buscador de lo inencontrable, la razón de mi existencia… la razón de nuestras existencias, átomos en el mar de las galaxias que vagamos sin referencias de lo Absoluto!!! ¡¡¡Ante usted, lo que fue, lo que ha sido, lo que es y seguirá siendo!!! ¡¡¡Sin más palabras, ni conceptos ni fatuos propósitos!!! ¡¡¡Le presento a… El Superhombre!!!

Ante los ojos, la magia, porque así definía el entramado fantástico que le rodeaba a diestro y siniestro, y para el que no conocía explicación. Aparatos formidables, efectos ópticos incoherentes, infinitos halos vibratorios, y más, mucho más de lo  inexplicable,enigmático, inconsecuente con la razón.

 

Superhombre

Incautos

La nave de exploración dejó paso a la cohorte de unidades de asalto.

Los habitantes, que habían confiado en los pioneros, se sintieron aterrorizados por la presencia avasalladora de los militares espaciales.

-¡Os mentimos, estúpidos! ¡Somos humanos!

 

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JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 3

SEGUNDA PARTE

III

 

   Sentados sobre el corto césped, miraban al personaje que se mantenía parado bajo el gran árbol que sólo a él daba sombra. Los frutos del Inc se habían dejado caer por el peso de la madurez, y alguno de los asistentes a aquella improvisada congregación, aprovechaba la ocasión para retirar su duro cascarón y acceder a su blanca y jugosa pulpa. Comerían más tranquilos si las palabras del anfitrión no se vieran respaldadas por los grilletes electrónicos que unían sus tobillos ni por los SINDRAS de marcaje personalizado que les habían adjuntado.

   -¡Sed bienvenidos y perdonad el tratamiento al que os habéis visto sujetos desde que llegasteis! Os he reunido aquí para aclarar todas las cuestiones y haceros olvidar las dudas. Cada uno de vosotros fue destinado burocráticamente a un planeta diferente como medida de adaptación individualizada. Me temo que ha sido necesario por las nuevas circunstancias a las que os habéis asomado: No hay vuelta atrás, estáis atrapados en esta localización tempoespacial. Y por eso queremos, desde ahora, haceros felices. Va a ser un poco difícil que asumáis la convivencia con vuestros seres más cercanos en el presente; por eso debéis reprogramaros y continuar nuevas vidas, figurándoos que los quince años han pasado sin traumas. Quiero deciros también, y con esto acabo por ahora, que no existen presiones de ningún tipo para con vosotros y, por lo tanto, no será censurado nuestro intercambio de aseveraciones.

   La inequívoca crítica a estas últimas palabras se dejó traslucir en un silencio contundente y frío. Aún así, decidieron, entre todos, llegar hasta el fondo del enigma representado por el Presidente Azul, como también era denominado antaño.

   -Excelencia, ¿qué ha ocurrido en estos últimos quince años, desde que nos enrolamos en el equipo formado por usted?- Shaodan no podía disimular su impaciencia-. Teníamos unos objetivos claros que hemos cumplido en estos, para nosotros, días. Cuando llegamos aquí, se nos deja ver que somos un estorbo.

   -Querido amigo. Ustedes se fueron, y cuando lo hicieron me percaté de la responsabilidad que tenía hacia ustedes, y decidí que quizás me había excedido en mi vehemencia. Puede que esa impresión fuera debida en parte a los logros que en los siguientes años nos llevaron a convivir en paz con nosotros mismos.

   -¿Y por qué no se dio cuenta antes?

   -Mit, tienes razón, pero soy humano, ¿recuerdas? Y como humano, tengo mis debilidades, mis prejuicios, mis errores. En aquella época creía que, en cierta medida, estaba luchando solo contra los molinos de viento. Hoy sé que estaba equivocado. Que había gente que estaba dispuesta a escucharme y a encontrar la salida equivalente a nuestros temores.

   -Pero, Excelencia, me imagino, que antes de mandarnos hacer lo que hicimos, habría estudiado todas las posibilidades- Ingar Swimitza se puso de pie, y aunque la larga túnica que le habían proporcionado no le permitía moverse con soltura, intentó acercarse al Presidente.

   -Siga donde está. ¡Se hará daño con los inmovilizantes!

   Sin embargo, Ingar decidió que los, para ella, simples grilletes, no eran obstáculo suficiente para que no intentara enfrentarse a su secuestrador legal. Su SINDRA de marcaje dirigió una onda activa a sus pies y las anillas se comprimieron alrededor de las extremidades. El dolor infligido fue tal, que cayó desmayada.

   -¿Y a esto le llama usted adaptación individualizada?

   -Es necesario, doctor Ansterdool, que sigamos unas normas de jerarquía. Hoy por hoy nadie puede acercarse a mi persona sin mi previo consentimiento, y menos, los egresados como ustedes.

   -Usted sabe que no tenemos ningún poder para actuar en contra suya- manteniendo en su regazo a la desorientada Swimitza, el anciano Fortun Kong Jem empezó a darse cuenta de que algo no funcionaba en aquel modelo de farsa; su profundamente enraizado instinto se lo enseñaba, y nunca le engañaba; por algo era considerado como el mejor psicólogo del sector 25-. Creo que este mitin se está convirtiendo en un justificante para su monólogo de autoidolatría. Excelencia, ¿por qué ese giro en su filosofía existencial?

   -Amigo Jem, durante mi entrevista personal con usted antes de concentrarles en Nueva Québec, aquel fatídico día de Mayo del 122, dejé bien claro mis expectativas. Ya entonces creyó conocerme lo bastante como para criticar el paso que se estaba fraguando en mi mente. Aún así, usted aceptó, pues consideró que los objetivos a cubrir eran de mayor relevancia política y social que el medio ingenuo que usted juzgaba íbamos a utilizar. Cuando ahora, le doy en cierta manera la razón, ¡también me amonesta!

   Entre la limitada concurrencia, la paralizada sonrisa eterna del congegaard Aaerd Eckar anuló el anonimato con el que se había respaldado hasta el precioso momento en que dejó arrastrar pesadamente las sílabas heréticas.

   -Sé… que… tú… no… e… res… La… ma… ret.

   Ni siquiera en los momentos de máxima tensión en su reciente periplo espacial dejó notar su presencia. Su vida era la observación y absorción de las n realidades en las que tenía ingreso. La razón de su participación en la expedición era únicamente conocida por Merdik Lamaret. En una estricta posición de loto, se había dejado llevar por sus compañeros hacia lo desconocido. Él, a su manera, había experimentado cada una de las circunstancias que les habían bombardeado. Había atravesado el umbral de la monocompuerta de su correspondiente nave totalmente consciente. Cuando le señalaron el sitial a ocupar, lo desdeñó. Se postró para su mejor concentración y, cerrando lo ojos, escapó a la realidad circundante.

   Creyeron despertarle cuando por cuarta vez tocaron su frente, para que no quedara rezagado en la evacuación de las tres máquinas, antes de que se percataran de sus arrestos. Aún así, como si de un ciego se tratara, tuvieron que guiar sus pasos entre todos los obstáculos que la nueva patria le ofrecía. Un muerto animado. Ése era el símil perfecto para representar su conducta durante los días de vaivenes que su cuerpo sufrió mientras era aseptizado, graficado, vestido, ensondado, narcotizado y, por último, pasivizado.

   Cuando le colocaron arbitrariamente en posición fetal, su cara se dejó sacudir por la humedad del suelo, y la mezcla de fragancias de la negra tierra mojada y el verde pasto que le acolchaba, le estimuló hasta el límite del despertar sereno. Automáticamente, adquirió el hábito de implantarse en loto de meditación y escuchó lo que sobre aquel césped inocente se decía.

   Al pronunciar palabras tan incongruentes, todos los congregados vomitaron una mirada de sorpresa. ¿Qué había articulado aquel sistema fonador comúnmente apagado? Tanto los compañeros de desventuras del ensimismado Eckar como los vigilantes y el propio Lamaret, se preguntaban si habían oído sin ambigüedades lo que aquel loco presuponía.

   Ante la inútil evasión, Estey Lutmos eligió otorgar fiabilidad a ese súbito enfrentamiento dialéctico.

   -¿Ha escuchado usted lo que nuestro amigo Aaerd nos ha referido?

   -¿Cómo que si lo he escuchado? Estoy sumamente impaciente porque me reveles a qué viene todo esto. No entiendo cómo, estando cada uno de vosotros totalmente aislado, habéis logrado urdir esta patraña para confundir a mis colaboradores.

   -Lamaret, aquí no hay nada montado. Ni siquiera sabía que este individuo pudiera hablar.

   -¿Entonces?

   -¡Es… tu… pi… da…per…di… da… de… ti… em… po…! Mi… en… tras… no… so… tros… nos… en… fren…ta…mos… a… nu… es… tros… mi… e… dos… hay… gen… te… que… lu… cha… por… la… to… tal… li… ber… tad… de… sus… es… pi… ri… tus… y… La… ma… ret… es… ta… en… tre… e… llos…

   -¡Necio! Lamaret soy yo. ¿Qué dices?

   -So… lo… te… lo… pre… gun… ta… re… u… na… vez… im… pos… tor… ¿Por… qué… y… pa… ra… qué…?- Eckar estaba tan liberado de su ego transitorio, que sus piernas, afirmadas en el piso, sostenían su envarado tronco con aire envidiablemente amenazante.

   No hubo respuesta. Cada SINDRA de vigilancia personal se hizo cargo de su cometido. Las expresiones de dolor humillante de casi todas las víctimas de aquel intransigente tratamiento físico, contrastaban con la indiferencia manifestada en el, por instantes, maltratado cuerpo de Eckar. Sólo sus refulgentes ojos negros eran testigos de la actividad mental que sacudía su prodigio cerebral. La imantación que de ellos se desprendía atravesó en un instantáneo cruce de miradas, los estupefactos vidrios oculares de Lamaret. Cuando éste volvió a mirar hacia delante, fijándose dónde ponía el pie al subir al vehículo gravitacional, para la improvisada partida, se dio cuenta que su intimidad había sido violada en una vertiginosa exploración de sus memorias neuronales.

   Dejándose arrastrar por su marcador de disciplina, Eckar se entregó sin resistencia a las peticiones incondicionales de lasitud.

   -SIN… DRA… sin… vo… lun… tad… ha… re…  lo… que… me… di… ces… te… en… tre… go… mi… cu… er… po… pe… ro… mi… in… ma… te… ri… a… es… so… lo… mi… a… Si…en… to… que… tú… no… pu… e… das… dis… fru… tar… de… e… sa… li… ber… tad… de… e… sa… a… u… ten… ti… ca… li… ber… tad…

   VESTIC-28C300 analizó las palabras de aquel congegaard. Sus circuitos positrónicos no elaboraron demasiados esquemas lógicos de apertura matricial para llegar a convencerse de que la lógica del sujeto orgánico no estaba ajustada sobre bases sólidas. Sólo sabía que no debía causar daño alguno a aquel ser vivo que tenía bajo su brazo. Únicamente si sospechara que la acción de aquél perjudicara a una mayoría de seres como él, su cerebro asimóvico no hubiera sentido ningún arrepentimiento por ceñir su extremidad metálica alrededor de aquel tronco, hasta quebrantar costillas y vértebras.

   Aaerd Eckar sonrió para sus adentros. Como si pudiera leer los probables pensamientos del individuo inorgánico que le transportaba como si fuera un saco de leña de santú. Cuando fue alojado en su celda individual de seguridad, miró por última vez a su vigilante y entró en trance.

   El humanoide puso en funcionamiento la red fotoeléctrica de confinamiento y,  cuando se presentó ante su mando para exponer su informe oral, no pudo evitar aludir al diagnóstico con el que había etiquetado a su viajero del tiempo.

   -Señor, creo, si me permite decirlo, que el pobre congegaard desvaría. Aconsejaría que fuera estudiado por un neurofisiólogo, por si tuviera algún post-síndrome.

   -Transmitiré su sugerencia, VESTIC. Vuelva a su puesto de vigilancia hasta nueva orden. Y recuerde: no hable con el prisionero jamás.

   -Sus deseos son órdenes, señor.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 2

SEGUNDA PARTE

II

 

  -Se equivoca conmigo, señor. Nunca haré lo que me está pidiendo.

   Estey Lutmos deja de lado su confianza. Lamaret lo está provocando.

   -Querido amigo, ya no hay razón para segur combatiendo. Los dados fueron tirados y perdimos. Eso es todo.

   -¡Dios mío! ¿Qué estoy oyendo? Si no le tuviera delante, diría que no es usted quien hace esas afirmaciones.

   -No, Lutmos. Es que estoy cansado. Hace quince años las cosas eran bien distintas. Tu ausencia no te permite ser objetivo.

   -Quizá justamente eso sea lo que me permite serlo. Aborrezco las palabras, sólo analizo los hechos.- Lutmos rasca su incipiente barba, imprimiendo un tono de dura crítica en sus siguientes palabras-. ¿Por qué he sido recluido aquí? ¿Y el resto del grupo? ¿Por qué esos guardias mecánicos en las puertas? ¿Por qué…?

   -Rutina del ingreso a la Tierra.

   -¿Desde cuándo? ¿Qué estupidez es esa?

   -¡Ten cuidado, Estey! ¡Controla tu lengua! Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, desde la última vez que estuviste aquí.

   -De eso me he dado cuenta en alguno de los encuentros inesperados que he tenido en los saltos intermedios antes de llegar aquí. Y quiero volver, ¿lo entiendes? – por primera vez, desde su llegada a la nueva Tierra, el científico retoma el tratamiento de camaradería con el que antes trataba al Presidente-. Yo no pertenezco aún a este intervalo temporal. Debo continuar evolucionando en mi estado natural de desenvolvimiento. Esto puede convertirse en una paradoja.

   -¿Por qué no lo pensaste antes de romper la no-ingerencia?

   -Me arrepiento, ¿sabes?

   -Creo que aún no estás acondicionado a tu nuevo hábitat. Te dejo.

   -Pero, Lamaret, ¡necesito aclaraciones!

   -Estey, ¡calla!- la voz de mando ha sustituido a la amigable condescendencia-. Has hablado demasiado. Espera noticias.

Colonizador 000001

El borde afilado de la plataforma central estaba clavado en el suelo. Las dos bandejas de transporte que la flanqueaban estaban en vilo y cubiertas sus superficies de las pisadas fijas de las botas de gala. Los pies que se las enfundaban, con los talones juntos y las puntas separadas por un ángulo de cincuenta grados. Las piernas rectas sostenían los cuerpos embutidos en los monos bicolores de giselo. Las manos desnudas se cruzaban a la altura de las pelvis, y los ojos perdidos en la formación que se les enfrentaba.

Silencio, que se rompió por pasos acompasados y risas espontáneas. Ojeó las castrenses hileras de ambos lados. Sonrió para sí y terminó abrazando al capitán, que le había animado a que bajara sin precauciones por la superficie de aspecto resbaladizo.

A una señal de su comandante, las estatuas que adornaban su paseo, genuflexionaron en acto de reverencia al solemne huésped que les abandonaba. Tocó suelo y enfiló sus pasos hacia la fila derecha, y no con poco esfuerzo, pues tenía que erguirse sobre la punta de sus pies, apretó las manos de los que le reverenciaban.

-Gracias. Gracias. Gracias. Gracias…

No esperaba respuesta. Repitió la operación con los del otro lado.

-¡Ojalá el destino tuviera a bien unirnos en otras circunstancias! ¡Hasta pronto!

El capitán le demostró un último afecto y retrocedió dejándolo sobre el firme del planeta.

Colonizador 000001 alejó su figura unas pocas decenas de metros, los suficientes para que el campo magnético de la nave no le alcanzara. Se quedó estático observando cómo se elevaban hasta ser un punto negro contra el naranja del cielo y cómo partían vertiginosamente hacia el punto de origen, La Tierra.

Colonizador000001

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 1

SEGUNDA PARTE

 

I

 

   -¿Me estás diciendo que el plan no ha funcionado? ¡Tantos esfuerzos malogrados!

   -Mit, a los beneficios me remito. No hemos adelantado nada. Tres saltos, y la situación se mantiene estática. El control, de alguien a quien no podemos conocer ni señalar, no se ve alterado en ninguna de nuestras escalas. No espero milagros. Quizá ahora sí que sería el momento de volver al punto de partida y hablar con Lamaret.

   -Cel, ¿y si rompiéramos la barrera?

   -¿Qué barrera?

   -Ya sabes: Contacto interdimensional total.

   -Es un riesgo innecesario.

   -Estey- por el intercomunicador-, ¿tú qué piensas?

   -Estamos gastando nuestro tiempo y energías supervisando una situación que ya era previsible en nuestro punto inicial. Quizá Cel tenga razón.

   El negro vacío de la noche cósmica engulle las ondas de pensamiento provenientes de los tres surcadores transtemporales.

   -Podríamos ponernos en órbita de algún planeta y mandar alguna misión sonda a la superficie. Quizá así pudiéramos valorar mejor los acontecimientos. Si seguimos con el plan de no-ingerencia, nuestra actitud nos deparará únicamente lentitud en la acción a desarrollar.

   -¿Qué pensáis los demás? ¿Ingar, Te, Shaodan…?- uno a uno va nombrando a los miembros de las tripulaciones, recibiendo un caluroso apoyo a la propuesta del intervencionismo.

   -Entonces, ¡rumbo a la Tierra! Entonces, ¡rumbo al 19 de Octubre del 3137!

   -¿Por qué justamente hacia esa fecha, Estey?

   -Algo me dice que nos deparará sorpresas, Mit.

 

   La situación que estaban a punto de encontrarse iba más allá de cualquier merecimiento de sorpresa.

   La especie humana seguía compartiendo las biosferas de cientos de planetas con otras estructuras celulares basadas en principios moleculares distintos del carbono. Aún así, las circunstancias requerían que cada individuo, cada grupo, cada raza, cada especie, no pensaran más que en la supervivencia.

   Habían transcurrido pocos años desde que se aceleraron los acontecimientos. El sentido del equilibrio y de la perspectiva evolutiva se había perdido. Un caos predecible, sólo eso.

   En tan pocos años.

 

   -¿En tan pocos años?- le gritó Mitshu a Hesir Cel.

   -¡Debemos bajar y saber! Me volveré loca si no lo hacemos.

   -Quizá debiéramos entrar en conversaciones con las autoridades actuales del planeta, querida Imagien, para discutir la situación y la relación de ésta con nuestra aparición en el presente. No me cabe en la cabeza la idea de que esto sea obra de Lamaret- proclamó a viva voz por los interfonos ambientales el buen Lutmos.

   Fueron descubiertos incluso antes de entrar en contacto con los cinturones de Van Allen, pero se habían tenido reservas para provocar a los extraños visitantes: Quizá se desorientaron y habían traspasado las fronteras de los cercanos sectores de la antigua Confederación, cuyas líneas imaginarias se seguían utilizando por funcionales. Si seguían avanzando hacia la atmósfera, habría que pensar en una ingerencia extraña provocada, por lo que la desautorización por medio de claves desestabilizadoras, ingresadas en los códigos de vuelo de las naves, tendría pleno sentido.

   Cuando intentaron corregir sus rumbos, era demasiado tarde. Las abejas metálicas, desprovistas de instinto, se dejaban arrastrar al panal.

    En pocos segundos surcaron los cielos terráqueos, y las zonas que abarcaban con su paso dejaban sentir la alarma al ver penetrados sus respectivos espacios aéreos. 

   -Dejémosles actuar- el sudoroso rostro de Estey Lutmos no se crispaba ante la situación.

   Cuatro unidades de escolta no dejaron siquiera que el recubrimiento exterior de los tres intrusos pasara su período de enfriamiento tras la fricción atmosférica. Se apostaron en los cuatro flancos del conjunto y, electromagnéticamente, dirigieron el rumbo hacia el espaciopuerto de alta seguridad ubicado en las afueras de un núcleo urbano desconocido a los ojos de los terrestres del pretérito.

   Posicionados en máxima alerta, treinta SINDRAS de choque circunscribían con exactitud geométrica la figura triangular formada por las tres tempomáquinas. Un tercer ojo, situado a la altura del entrecejo, monitorizaba cualquier movimiento que escapara a la visión radial de los cerebros positrónicos.

   Cuando las tres compuertas se inclinaron ante los inesperados anfitriones, estos adoptaron una sintomática posición de combate. Nada que temer. El contenido fue desparramándose formando una circunferencia concéntrica con la anterior.

   Las leyes asimóvicas regidoras de VESTIC anularon sus funciones básicas en cuanto se enfrentó con el incongruente panorama ofrecido a sus diafragmas opticoculares. Sus veintiún acompañantes esperaban atónitos el siguiente movimiento de este particular juego. No tardó mucho en producirse; la circunferencia de humanoides se dejó atravesar por el paso enfilado de los cuerpos de diez humanos portadores de armas de registro escáner, que hicieron su trabajo diligentemente. Cuando terminaron, entró en escena alguien que los científicos no esperaban.

   -Amigo Estey, ¡cuánto tiempo!

   -Señor, ¿qué… qué es esto?

   -Medidas de precaución.

   -Presidente Lamaret. ¡Exigimos una explicación!