Antes

¿Por qué no apareciste en mi vida antes?

Hubiera sido feliz antes, mucho antes.

Ya no me interesa lo que me daba mi alma dormida,

esa vida que sin conocerte estaba aturdida.

Que el jardín que tengo ahora era un desierto.

Que el mar que tengo ahora era un cenagal.

Que las estrellas, la Luna, el Sol, la Bóveda entera,

estaban vedados a mis ojos.

Que todas las sensaciones que el Amor ahora me revela,

antes eran fantasmas, alucinaciones de otros locos.

Que hasta podría haber deseado la muerte

por no tener con quién compartir la vida.

Antes estaba a oscuras, y con tu llegar, la Luz.

No una luz cegadora, sino tenue y plácida.

¿Por qué no apareciste antes?

¿Por qué no fui yo tuyo antes?

 

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La peor arma. Por Hadogemina y archimaldito

   El chico con peinado de mohicano se dirigió a mí con su cresta enervada y los ojos inyectados en sangre.
-¿Me das un euro?
   Ante esa mirada inquisitiva lo único que sentí fue asco y odio.
-Por supuesto que si te digo que no, me pedirás todo el dinero que llevo encima, ¿verdad? Y sacarás un arma, ¿no?
   -No llevo arma alguna, lo único que llevo es el poder de obtener lo que quiero y tú no vas a ser una excepción.
   La convicción de sus palabras y su semblante tranquilo me asustaron más que cualquier otra amenaza.
  No sé por qué, pero le di el euro. Tenía la seguridad de que ese poder del que hablaba me haría más daño que una simple arma. Estaba seguro de que sus bolsillos estaban llenos.

Partes y jueces (o cuando una imagen asociada puede cambiar el significado de un texto)

No voy a decir que se lo merecía, pero lo que hicimos con él era parte de algún tipo de justicia, no sé aún si divina o humana, pero que contrariaba otras leyes del Universo, desconocidas, creo, para la mayoría de los mortales de este planeta.

 

Salvador

El hombre espantado clamaba por ser encontrado por alguna alma frágil como la suya. Ansiaba ser amado, allí, en la negrura inverosímil de su memoria. En lo velado de su mente. Creía ser el único, el que supervivía después de la catástrofe de la irracionalidad ajena. Estaba desmadejado internamente, sin saber a dónde asirse para rescatar la cordura. Los demás vivían ya en sus islas de ignorancia, y él, espantado, de nuevo siempre espantado, arañaba en esos demás un pelín de caridad, revolvía con sus manos nerviosas en busca de una pista de un pasado compartido con ellos. Pero nadie le miraba de frente, a los ojos, para encontrar el reflejo de su persona, ya vacía, en aquellos ojos envidiados por su vivificante energía. Salvador no podía practicar con los demás la sugerencia de su nombre. Ya estaban todos perdidos. Y nadie le pedía ser rescatado. Preferían aquel estado de inoperancia espiritual.

Cuando aquella mañana de abril se levantó y miró, nada más arrancarse con las uñas las costras legañosas de los ojos, a través de los visillos de la ventana de su apartamento, y saboreó visualmente el cielo de celeste pureza sin nubes que lo mancharan, no podía imaginar que aquello era lo único puro que iba a encontrar de ahí en adelante.

Desayunar, manchándose la camisa con el cacao que siempre le chorreaba de la taza, cambiarse antes de salir a la calle, y dirigirse, zigzagueante, como si fuera un chiquillo con su juego imaginado de aeroplano borracho en las alturas, a su lugar de trabajo, donde el placer de su labor le impedía nombrarlo con otro nombre que no fuera el de edén, pues cuando en él estaba se encontraba en el éxtasis de la creación creativa. Se preguntó, se llegó a preguntar en su ignorancia, el porqué de la vaciedad, de lo desértico de las calles, del silencio aturdidor y extraño del ambiente. Quizás había madrugado demasiado y los durmientes estaban a punto de darle vida con sus bostezos a la ciudad. Miró el reloj y no estaba equivocado. Era la hora exacta para el cotidiano murmullo de lo urbano. Ni risas, ni quejas, ni silbidos de hombres ni de máquinas, ni un claxon que le hiciera detestar a los productores y productos de lo industrial. Todo era atipicidad. Sencillamente estaba solo en el mundo. O aún no se había despertado, o aún estaba abrazado a su almohada ceñido por el confortable calor de las mantas, y aquello era un sueño que asomaba desde un recuerdo apocalíptico.