Estratega

  En la ducha, mientras las hirvientes gotas laceraban su incipiente calva, daba vueltas y más vueltas a la estrategia a seguir.

   Cómo utilizar las palabras exactas. Colocando las pausas en el momento adecuado. Realizando malabarismos gestuales para transmitir la petición subliminal de misericordia.

   Ya llevaba un buen rato en el cuarto de baño, que se había convertido en una sauna, y pensaba que debería ir acabando pues el enemigo, que le estaba esperando, sospecharía. De todas formas, no había logrado relajarse y eso, quizás, le delataría.

   Pulsó el mando del grifo, y suspiró.

   Alargando la mano, en medio del vaho, alcanzó la toalla y se enfundó en ella. Volvió a suspirar.

   Pensó que la suerte estaba echada. Lo que tuviera que ser, que fuera. Y fuera lo que fuera, lo que fue lo había disfrutado.

   Salió del plato y se aseguró de no resbalar con los primeros pasos dentro de las chanclas. Sonrió por la dichosa Ley de Murphy, imaginando librarse del inminente enfrentamiento gracias a una proverbial rotura de cuello.

   Con la mano hizo un movimiento de limpiaparabrisas para descubrir su imagen enrojecida, en piel y ojos.

   Se guiñó el ojo derecho y escupió en el lavabo. Una masa verde proveniente de su garganta más profunda.

   Y giró el picaporte.

   -¡Hola, querida!

   Y una hora de ducha tirada por el sumidero. Literalmente.                               -Sé que te vas a enfadar pero tengo que decirte que… te engaño con tu hermana.

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No te voltees

   Con los “no te voltees” y “dame toda la plata que llevas encima” se apresuró a dictaminar que quien la estaba asaltando a plena luz del día era un desesperado emigrante víctima de la cada vez más profunda crisis económica.                                                 Los dos perros que estaba paseando sí se voltearon y enseñaron sus dientes al agresor. Ella no podía controlarlos por mucho que les ordenara callar, sin gritar para no provocar al asaltante, y tiraba de las correas para mantenerlos a una distancia prudencial de las piernas de aquél.                                                          -¡La dije que no se volteara! ¡La plata! ¡Y calle a esas fieras o los rajo a los tres!                                                       Él se lo había buscado. Nadie haría daño a sus dos amores, los que estaban acompañando sus últimos días.                                                                                       Le miró a los ojos, tan fieramente como sus canes, y sin pronunciar palabra, el asaltador bajó su mano y soltó la navaja dejándola caer al suelo con un minúsculo estrépito metálico. Y después huyó. A gran velocidad.                                                                                  Un testigo, en la precavida distancia, se acercó al lugar de la increíble escena y se atrevió a preguntar.        -Señora, lo he visto todo. Siento no haber acudido en su auxilio porque, lo reconozco, soy un cobarde. Eso y que tengo dos gemelos recién nacidos a los que alimentar. No creo que ése se amilanara por sus ruidosos defensores. Pero, ¿qué dijo usted para que cambiara de opinión?                                                           Los perros, callados, miraban, sentados sobre sus posaderas, a su ama, esperando también la respuesta para aquel enigmático desenlace.                                         Ella los miró, con una sonrisa dibujada en sus labios, pero, pareciendo maleducada, no respondió al curioso.    Le dejó con la incertidumbre. Era mejor así. Ya había mostrado, por ese día, suficientes veces, el auténtico rostro de la muerte. Esa con la que tenía concertada una próxima cita.                                                                      Y se volteó. Para dejarle con la palabra en la boca.          Perdonándole la vida.

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Viajeros


  Sí, doctor, me desnudaré ante usted y tendré que romperle el cuello antes de que se le ocurra denunciar a gritos mis implantes.

   Las órdenes fueron claras: No dejar testigos de nuestro paso por este presente, por esta atrasada línea temporal en la que no están preparados para nuestra visita.

 

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Exprimiéndose

 

   Mesándose el pelo de la cabeza, primero, y el de la barba, después, no conseguía, empero, que las ideas afloraran desde el subconsciente más profundo al consciente alcoholizado.

   Sabía, algo se lo decía, aunque aún no sabía cómo, que la más grande eureka aparecería de la nada y resolvería su calamitosa situación financiera, lo que llevaría a recomponer, también, su extinta vida amorosa.

 

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Enterrados y aplastados

  Me he enterrado rápidamente, antes de que allanen la tierra con sus orugas apisonadoras. Dejando que el minúsculo tubo me traiga el aire del exterior, tomado a mínimos sorbos, controlando al mismo tiempo las arritmias de un corazón desbocado. En la oscuridad, siendo llenados mis agujeros corporales por la insalubre arena.

   Me pregunto cómo hacer para no hacer notar mi rastro, con los últimos arañazos en la última arena que cubrirá mis manos. En una tumba.

   Y de pronto, al no poder contar con el sentido de la vista, la vibración creciente me avisa del acercamiento paulatino. Las grandes planchas, que lo aplastan todo, serán mi salvación. Mi respiración sufrirá una conmoción por más de dos minutos. Pero no importa. Me he entrenado demasiado tiempo en el arte de la asfixia. Para este momento.

   Los tapones de cera maleable en mis orificios nasales filtran milisegundos de olor nauseabundo. Pero es el mejor sistema. Enterrado con los otros. Rodeado de cadáveres.  Y los enterradores-aplastadores me sobrepasarán. Y cuando me alcance la última plancha tendré cinco minutos para recomponerme del aplastamiento y seguirles para poder yo aplastarles.

   El comandante debe de estar haciendo su cronometraje. Para que el plan surta efecto.

   Seguro que a los noventa y tres desperdigados en el campo de exterminio nos está pasando la misma idea por la cabeza: Este pequeño sacrificio vale la pena. Todo vale la pena por la venganza. Los nuestros, vengados con justicia.

 

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