Nuevas generaciones

Mi hijo, cuando era niño, me preguntó por el significado del movimiento de los planetas. Como no supe contestarle, se dijo, y me dijo, que sería astrónomo. Hoy, treinta y cinco años después, me sigue preguntando por el significado de ese movimiento. Sabe las respuestas pero quiere escuchar de mi propia boca, con mi propia voz, cómo asumo mi ignorancia. Y después quiere escuchar de mi propia boca, con mi propia voz, en qué magnitud se encuentra mi amor por él.

-Sólo sé que se mueven en el Universo Infinito. ¿Ves las estrellas? Pues cuando dejes de verlas, porque ya no existan ni ellas ni tú, aún perdurará, en el infinito, esta sensación de plenitud, cuando comparto mi tiempo contigo. Aunque creas que no sé nada. No creas que no recuerdo que yo también fui niño. Que mojaba la cama cuando tenía pesadillas. Que esperaba impaciente los regalos en Navidad. Que me entusiasmaba con la llegada del verano y de mis primos. Que lloraba, en mi interior, con la emoción de escuchar a mis abuelos cantarme el cumpleaños feliz. Que miraba con impaciencia el minutero para que el timbre nos avisara que podíamos dar patadas al balón en el recreo. Que me hinchaba como un gallo cuando la chica más guapa del barrio se dignaba a echarme una mirada, cuando……

-¡Perdona! ¡Perdona! ¿Y de tus padres no echas nada en falta?

-¿Mis padres? ¡Ah, no! En mi serie cometieron el error de olvidar implantar esos personajes y los recuerdos adyacentes en mi programación. Los de tu serie han salido más completos.

Mario don Mario

   Quizás la ilusión de tener una vida bien construida lo animaba a mostrarse como una persona feliz. Pero si recapacitaba, la cruda verdad oprimía, aplastando el ánimo como si una apisonadora quebrara el frágil casco de su cráneo.

   No era feliz ni tenía nada de lo que sentirse satisfecho. Nadie que lo quisiera, con la crudeza colateral de que nadie reclamaría su persona si le llegara a ocurrir algo.

   -¡Vamos, Don Mario! No busque excusas tontas. Con que gaste un poquito de lo que tiene no se va a arruinar. Es más, creo que así conseguiría nuevos amigos.

   -¿Amigos que me quisieran por mi dinero?

   -Mejor que lo quieran por su dinero que no lo quieran por nada, que no lo quieran nunca, y seguir solo hasta el día de su muerte y más allá, sin ni siquiera una pobre alma caritativa que ponga flores en su tumba. Aunque por no gastar, a este paso no creo que tenga ni tumba.

   -¡Que los hijos de tus hijos salgan tontos!

   -¿Más aún? ¡Ah! ¿Me está maldiciendo?

   -……

   -¿…?

   -¡Mejor te vas y me dejas tranquilo!

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Paranoide

   Sin negar la existencia de seres de otros mundos, cabe la posibilidad de que los llamados platillos volantes sean vehículos de transporte temporal de humanos, es decir, si el desarrollo tecnológico sigue aumentando al ritmo actual, puede que en el futuro la especie humana esté increíblemente avanzada en este aspecto y que esos avances científicos insospechados puedan permitir al ser humano lograr uno de sus sueños más codiciados: Viajar en el tiempo.
   ¿Quién puede asegurar que no se logre realizar esta hazaña en el futuro?
   Ellos, los extraterrestres, puede que lo hayan logrado y los humanos del futuro lo lograrán.
   Los OVNIS no aparecen continuamente en nuestros cielos. ¿Quién sabe de dónde vienen exactamente?
   No vienen de ningún lugar, vienen de un tiempo. Eligen los humanos del futuro el momento adecuado para visitarnos porque sus experimentos puede que así lo exijan: Ellos están interesados en nosotros.
   Ojalá esta hipótesis fuera una tesis, porque se aseguraría la subsistencia de la especie humana en un futuro que, desde nuestros días, se ve como incierto, ya sea debido al miedo a la posible catástrofe nuclear, ya sea debido al miedo a la superpoblación.

(Razonamientos escritos en el año 1987, en plena efervescencia paranoico-conspiranoica.)

 

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En Paz

   El rumor se hizo rugido. La fricción se hizo fuego. El escarnio había llegado. Siempre, invariablemente, ocurría lo mismo. Era bien aceptado que cualquier intención pacificadora era semilla sin terreno en el que crecer.

    -¡Que sean los demás quienes opinen! No los influya con su charlatanería. Es usted muy locuaz, pero, al fin y al cabo, completamente vacío. Pero ha cometido un gran error: No contar con nuestra aquiescencia. ¿Para qué tanta palabrería, tanto ridículo rito y burocrática hipocresía, si al final las guerras declaradas son guerras efectivas?

   Janos Hendricks se encontraba esplendoroso, satisfecho de su inminente obra. Se dijo a sí mismo que había llegado el momento de hacerles tragar sus palabras a los que ejercían de defensores de ideas que ni ellos mismos creían, a los que tachaban de inverosímiles las propuestas de esta paz forzada que tenía próxima en sus manos, y a todos los burócratas desmadejados les iba a demostrar que enarbolar el estandarte de la hipocresía diplomática no era buen asunto, sobre todo cuando la conveniencia empujaba a apoyar iniciativas que en otro tiempo no hubieran patrocinado ni por asomo.

   Ceñudo, se rascó con gravedad su prominente apéndice nasal, y mascó la respuesta como si tuviera que deglutirla para ver si era digerible para él y para los intereses que debía salvaguardar. Y cuando rumió y rumió, soportando el mal sabor de la bilis de rabia que se le acumulaba en la garganta, presentó su dictamen ante aquel público ávido.

   -¡De verdad, quiero que me dejen en paz, retirarme a descansar eternamente! No quiero más luchas, más políticas, más ambiciones. He perseverado por la armoniosa conjunción de las ánimas de todos nosotros, todos vosotros, y la infección del poder se ha extendido demasiado, repeliendo, haciendo cero, mi trabajo. Estoy agotado, desesperado, sin intenciones vitales… Déjenme tranquilo. No busco conspiraciones. No pido perdones, clemencias, expiaciones. Busco morir, conmigo mismo.

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Otra, otra vez

Otra vez buscas intuiciones que no tienes. Otra vez declaras hechos que no se han producido. Otra vez acusas la falta de riesgo de lo demás en los demás. Y siempre al vaivén de las expectativas de los que ejercen su poder sobre ti, corriendo riesgos innecesarios. Acusando el desorden de no tener cubiertas las espaldas, de no saber mantenerte en el candelero. Arriesgando los fallos intransigentes de los que dependen de ti, de los que están debajo de ti. Asumiendo que no mereces sus desgracias, que no te importan sus iniquidades. Y luchas por tener un espacio en el que expandir tu mirada, el el que darle nuevos bríos a tu alma, en el mundo ese del que siempre hablas, el mundo estéril.
Porque no tienes ilusiones, porque no sabes dar rumbo a tu vida, porque aceptas los devaneos del destino y no tomas las riendas. Dejas que los otros opinen por ti, que decidan cómo engarzar los eslabones de la cadena de acontecimientos que encauzan tu existencia. Y para los que te rodean y no dependen de ti eres una sombra que pasa, que no tiene peso en sus vidas, que no mueve las máquinas de sus destinos. Pero para los que son de tu sangre, de tu estirpe, los diriges al abismo de la incertidumbre del éxito o del fracaso. Y no sólo son ellos lo que anuncian un nuevo día. Están los miserables, están los desamparados, están los crueles, los viciosos y corruptos, los catapultados a la vaciedad. Los sin alma, los sin vida, los sin nada.
Hay pocas razones para seguir luchando. Lo mejor es que puedes mirar hacia otro lado sin tener remordimientos por ser todo lo egoísta que te permita el instinto depredador, el canalla que llevas dentro.
Transigente con ese tipo de pecados, magnánimo con esa suerte de debilidades, preciso en discernir la línea divisoria entre lo malo y lo peor. Sin crítica que sólo envilece las cicatrices, que sólo dulcifican tus arrebatos, los existencialistas.
Otra vez, otra vez caerás. Otra vez caerás por el acantilando sin fondo y te golpearás contra las olas embravecidas de tu alma, preguntándote, aún así, si tú la tienes. Porque otra vez, otra vez, vuelves a no creer en nada.
En nada.

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Aventurero

  En los años 1993 y 1994 realicé dos viajes importantísimos para mi trayectoria personal y vine pletórico de vivencias y preguntas para resolver en próximos viajes, que aún no he realizado salvo en mi imaginación a través de las páginas de embaucadores libros.

   El primero fue un viaje a Perú de introducción a los enigmas que desde niño me habían hecho soñar, y si algo me hace dudar tengo que ir personalmente a resolverlo. Las piedras de Ica del Doctor Cabrera, los tesoros incas, los túneles de Sudamérica, conectados con el submundo global, y los escurridizos OVNIS, fueron los principales espaldarazos a mi búsqueda personal. Y como ya he escrito anteriormente vine con más preguntas que con las que fui. Y, por supuesto, vine cargado de fotos, con las que aún hoy, al mirarlas, me trasladan a otro espacio-tiempo personal y que me sirvieron de base para mi Crónica del Perú propio, el primer escrito con el que me atreví a lanzarme al mundo de la literatura.

   Al año siguiente, junto con Javier Sierra y Vicente París, dos reputados investigadores de lo misterioso, me embarqué en la segunda aventura de mi vida, hacia Perú, de nuevo, y Bolivia, aunque con las ideas más claras sobre lo que quería encontrar. Por algo había tenido contactos personales con J. J. Benítez en lo que se enmarcaría en una colaboración nunca satisfecha por mi espíritu contracorriente. Sixto Paz, cofundador de la Misión Rama, me defraudó con los años, pero en aquel viaje me dejé embaucar por sus teorías y sus seguidores. Sigo conservando ilustres amistades de aquella época, pero no participo de aquellas locuras o visiones que nos iluminaron  en las batallas del autoconocimiento.

   Con el tiempo, y estando yo más desconectado que nunca de aquellas filosofías, mi amigo, el Indiana Jones hispano-brasileño Pablo Villarrubia, se percató de que mis fotografías podían servir para seguir transmitiendo sabiduría a otros rastreadores y acepté colaborar con él en la edición de un reportaje sobre Puma Punku, en Tiahuanaco, Bolivia, donde el cielo es más azul y el gris, el de las piedras del pasado, más intenso.

   Y alterno con la apasionante Literatura el registro de momentos fotográficos que quiero compartir, en ambos casos, con mis prójimos, por si añaden algo a la Búsqueda. Pero como se suele decir en casos parecidos: Esa es otra historia.

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Premonición

   Los niños presentían con sus siete sentidos lo que estaba a punto de ocurrir. Era una pena que a medida que iban madurando en edad biológica y cognoscitiva, la mitad de las sensaciones se fueran nublando. Por eso se aprovechaba esta ventaja infantil al máximo en todas las variedades del saber. Se daba por cierto que los hogares con niños eran pequeños mundos con suerte.

El desintegrador de residuos funcionaba a la perfección. Anushka lo manejaba con destreza. Era una cuestión de familiaridad con las nuevas tecnologías, que dejaban paso continuamente a nuevos métodos de aprovechamiento al límite de lo que la Naturaleza ofrecía al hombre. El viejo axioma de que la materia ni se crea ni se destruye había dado lugar a que surgiera alguien que lo desmintiera.

Tras terminar con sus tareas domésticas, se dirigió al cuarto de su hijo. Y creyó que ocurría lo peor. El niño, aunque continuaba con los ojos cerrados, tenía el cuerpo encharcado en sudor y los oídos sangrantes. Intentó despertarle pero no lo logró. No tuvo más remedio que acercar el captador de anomalías fisiológicas a la frente del niño. Respiró con satisfacción. No estaba enfermo. No sufría ataque alguno. Era la tarifa que tenía que pagar por sus dones de clarividencia.

Esperó a que remitiera la sangración y que se empapara de sudor el paño que iba aplicando sobre el cuerpo menudo de Insavik. Después, tocó su hombro y los párpados recogidos mostraron dos globos oculares manchados de un azul de cielo. Y como si ese cielo contuviera una tormenta de verano, dos regueros de lágrimas se dejaron caer por la inocente carita.

Anushka preguntó. Insavik respondió. Anushka no quiso escuchar.