JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 9

PRIMERA PARTE

IX

   Tal como lo hicieron dos días antes, los científicos Lutmos y Mitshu esperan en la misma sala del mismo piso del mismo edificio al mismo hombre. No hacen nada, sólo parecen observar en silencio a su alrededor, sentados en dos de los anatómicos de la semicircunferencia. A veces, el buen Mitshu se levanta, y estira las piernas para finalmente optar por arrellanarse en el sillón central, mirar a Lutmos, sonreír y volver a ocupar su sitio correspondiente. Diez minutos después, entra en la sala un SINDRA seguido del hombre aguardado. Se ponen en pie al unísono e intentan reverenciar, pero Lamaret les prohíbe tal gesto.

   -No es necesario, señores. Estamos completamente solos y, además, somos amigos, ¿no es cierto?

   -Sí, Excelencia- vuelve a tomar asiento e incita a Mitshu con una ojeada para que haga lo propio.

   -Por favor, Estey. Deja los cumplidos- sonríe.

   -Bueno, Merdik, nos citaste a ambos por telex.

   -Dije que lo haría. Sois los últimos a los que he llamado, primero, porque sois los más primordiales, y segundo, porque sois los que vivís más cerca.

   -Eso es verdad, Lutmos. Ya le decía yo que…

   -¡Calle, Mit!- mirando fijamente a Lamaret-. ¿Primordiales?

   El presidente le ignora y cuestiona a Mitshu.

   -Sé que nunca se ha intentado el salto al futuro.

   -No, Merdik. Lo que nosotros llamamos el “Intratempo de contingencia 100” es, a nuestro entender, sumamente incierto.

   -Pero es arriesgado justamente porque nunca se ha llevado a cabo. Como sabes, el viaje espacio-temporal al pretérito es tan fácil de realizar que ya se ha convertido en una rutina- interviene lacónicamente Lutmos.

   -El futuro es demasiado tendente a cumplir las estadísticas de probabilidad de Tiening. Lo que éstas sugieren es que, suponiendo que se pudiera viajar en el tiempo, cosa hoy, en el siglo XXXII, más que probada, existe una diezmillonésima de probabilidad de que se haga imposible la estática temporal. En el pasado, la previsión se verifica, pero en el futuro se ha demostrado, teóricamente, claro, que el porcentaje de probabilidad aumenta hasta cotas increíbles, del orden de unas pocas milésimas.

   -Mit, Tiening fue un gran matemático del siglo XXV, lo admito. Pero la ciencia evoluciona y podía estar equivocado. Además, en caso de que tuviera razón, no es tan grande el riesgo. Alguna vez habrá que saltar sin red.

   -Creemos que vas a ordenarnos que nos convirtamos en trapecistas- impaciente Lutmos.

   -Estáis en lo cierto- saca un papel de un bolsillo de su mono-. Aquí, en mi mano, tengo los nombres de los que serán vuestros acompañantes en algo que es definitivo. Claro, si estáis de acuerdo con un plan pensado detenidamente.

   -¿Tuyo?

   -Sí, Estey, únicamente mío- le pasa el papel-. Como podéis leer, están casi todos los científicos a los que reuní aquí anteriormente. Los que no aparecen en la relación son los que se han negado categóricamente, como los especialistas en Homohistoria y Cosmopaleontología, y así, hasta nueve. Tampoco son tan imprescindibles. ¿En cuánto tiempo seríais capaces de poner todo a punto? Me temo que dentro de escasas horas tendremos sitiados los cielos por naves rebeldes, como las que han actuado en casi todos los mundos exportadores.

   -¿Para el futuro? En dos horas podemos cambiar las directrices de los cinco sistemas disponibles.

   -¿Se necesitan tantos para los pasajeros que deben acomodar?

   -Bueno, no. No, con tres hay suficientes. ¿Y el plan?

   -Con todos vuestros colegas he sido muy claro. Espero serlo con vosotros- reclinándose en el anatómico, mira al techo y escupe el proyecto-. Quiero que vayáis de cinco en cinco años. Si en el futuro la situación reinante es aceptable, volved y no intentaremos influir en el presente. Si algo va mal, volved y forzaremos la antítesis. ¿Comprendéis?

   -No podemos hacerlo así. De cinco en cinco años, ¡Imposible!-responde el doctor Lutmos- Porque cuando hacemos los viajes al pasado siempre, y esto es una norma irrevocable, siempre nos remontamos en una cantidad de años atrás que sea superior a la edad del mayor de los expedicionarios para que nadie se encuentre a sí mismo. Si lo hacemos como pides, muchos nos encontraremos con personas que creerán que habíamos muerto u oirán hablar de nosotros, y esto influirá en los acontecimientos que queremos estudiar objetivamente. Son normales estas contradicciones.

   -Cuando viajáis hacia atrás, soléis mezclaros con los nativos de ese tiempo, ¿no?

   -Exacto- Mitshu se retuerce las manos dando escape a sus nervios.

   -En esta ocasión no es necesario. Tenéis que aislaros de los demás, pero no de la historia que producen. Otra cosa: De pronto apareceréis en su espacio aéreo y las computadoras de seguimiento, o de lo que dispongan para el mismo fin, os acribillarán con preguntas datadoras.

   -Por eso no te preocupes, nuestras máquinas improvisan fabulosamente.

   -Vale, ¿nada más? ¿No tenéis nada más que plantear a mi plan?

   -Nosotros también improvisamos fabulosamente. Los acontecimientos nos mostrarán el camino. Mitshu, yo, y los otros diecinueve expedicionarios, aplicaremos, esperemos que con acierto, nuestras capacidades. Los que debéis de cuidaros sois vosotros, los que aquí quedaréis. Merdik, te apoyamos. Es casi de kamikazes el lanzarnos contra un blanco de tal movilidad, pero te apoyamos.

   -¿Hasta el final?

   -Sí- al unísono-. Preparados para coger carrerilla. Volvemos ya al centro, con tu permiso, y…

   -Bien, eso es cosa vuestra. Yo soy profano, ¿recordáis?

   Risas. No se sabe bien si adivinando la victoria o disfrazando la desesperación.

Salvo

Habían trabajado a marchas forzadas. Toda la familia. Codo con codo. Turnándose en las horas de vigilia. Aprovechando el frescor de la noche para avanzar. Y mientras, escuchando obsesivamente las noticias radiofónicas. Y todos, agradeciendo al cabeza de familia su actitud conspiranoica. Porque ahora ya estaban preparados para el final. Aunque, predecían entusiasmados, que sería el principio de una nueva vida en común. En el refugio. Para siempre. Hasta que desapareciera la radiación gamma en el exterior. En el resto de la Tierra.

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Bien por ti

Bien por ti, porque, estando hundido en la más profunda de las miserias, siempre sonríes a la vida.
Bien por ti, porque creyendo que los demás son tan inocentes e ilusos como tú, confías plenamente en ellos.
Bien por ti, porque tienes sueños e ilusiones que no podrás hacer realidad jamás, pero las cuentas como si ya formaran parte de tu vida. Bien por ti, porque lloras cuando ves una injusticia.
Bien por ti, porque no estás apegado a nada ni a nadie y aún así amas todo y a todos.
Bien por ti, porque crees que no existe un paraíso en la otra vida pero realizas actos continuos para merecerlo.
Bien por ti, porque te crees todo lo que te cuentan y no haces jamás ninguna crítica.
Bien por ti, porque sin ser bello ni elegante, reluces entre todos los demás.
Bien por ti, porque crees lo que los demás dejaron de creer hace mucho tiempo.
Bien por ti, porque jamás haces las cosas a cambio de algo.
Bien por ti, porque nunca has perdido la esperanza de que alguien te ame. Bien por ti, porque tu corazón aún sigue entusiasmado con tu infancia lejana.
Bien por ti, porque te he mirado a los ojos y no he visto remordimiento ni culpa en ellos.
Bien por ti. Bien por ti.
Bien por ti, porque, sin conocerme, me has brindado tu ayuda.

Quejándome

La artritis. La artrosis. Me lío siempre con los nombres y los conceptos. Solo sé que me duelen los dedos de las manos con este frío. Y que se deforman y dejan de ser rectos. Y mis dibujos se sienten defraudados por mi poca fuerza de voluntad para controlar las punzadas de dolor. Y mis trazos, a veces, también salen deformados. Y la visualización que tengo en mi mente de ellos se siente corrompida. Y el arrugar el papel, apretándolo hasta formar una pelota infame, para tirarla fuera de la papelera, también me duele. Todo tan lento. Me siento inútil. A veces pienso que me podría dedicar a escribir porque con los teclados modernos no necesitaría tener mis manos al cien por cien. Pero soy dibujante, no escritor. Así que tendré que aprender a utilizar el dolor en mi beneficio. No voy a seguir quejándome, narices. Para algo algunos de mis lectores creen que soy un chaval en este mundillo de los cómics. Y he sido muchos chavales con suerte por los muchos nombres renovados, continuamente, cada ciertos años. Durante tantos que ya he perdido la cuenta, aunque el primer esbozo que se quedó plasmado en la roca de mi primera cueva, me devuelve la sonrisa y la esperanza de seguir adelante, hasta que algo o alguien me mate y acabe con mi infinita creatividad, con mi infinita vida. Mientras, seguiré llenando libros, y tebeos y paredes y museos, y algún día de estos, cuando domine la técnica, también hologramas. No debería ser tan quejica. El calorcillo de la primavera está a la vuelta de la esquina. Me consolaré con ello.

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Me he sacudido la escarcha de encima

Me he sacudido la escarcha de encima mientras mirabas por la ventana cómo empujaban mis dedos el pulsador del timbre. Y cuando éste ha sonado, te has precipitado escaleras abajo con el corazón desbocado y la cabeza arremolinada con ideas inconclusas sobre cuáles serán mis palabras al verte frente a mí contemplando la irradiación de tu belleza, tornando en espléndido el día vivido y por vivir.

   Te ha dado tiempo a quitarte los rulos que deformaban tu flequillo y a desembarazarte de la bata de felpa que ocultaba tus exuberantes curvas.

   Y cuando has entreabierto la puerta de tu casa y la de tu corazón, me has ofrecido tu más dulce sonrisa cuando, entrecortando mi normal fluidez comunicativa, te he dicho:

   -Buenas tardes, señorita. Siento la tardanza, pero con este tiempo tan loco, la gente no sabe conducir. Pero no se preocupe. La pizza que usted pidió… seguirá bien calentita.

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