«Te necesito», dijo.
«Te odio», huyó.
Hoy, día 25, como cada día 25 de cada mes, es el Día Naranja, establecido por la ONU Contra la Violencia hacia las Mujeres y las Niñas.
Yo me uno a este día, con este microrrelato, escrito con letras naranjas.
El 016 es el teléfono de información y asesoramiento jurídico en materia de violencia de género. Puedes llamar desde cualquier sitio porque las llamadas que hagas a este número no dejarán ningún rastro en la factura del teléfono.
Vuelvo a emocionarme pensando en ella.
Porque es lo único que puedo hacer: Pensar.
Porque, aunque noto, no sé cómo, que está a mi lado, no puedo verla, ni tocarla, ni escucharla, ni siquiera olerla.
Y pienso en ella, continuamente, para olvidarme de mi castigo eterno.
Provocado por mí mismo y mi falta de coraje.
Y pienso en ella, sin imaginar nada, solo recordando cómo era antes que yo dejara de ser.
Y en esta especie de limbo en el que me encuentro, ella y nada más, me hace olvidar el dolor continuo.
El de la pérdida de mi vida, de mi propia vida, desmerecida por mis actos egoístas.
Y me martirizo enfrentándome a mis propios miedos, a mis propios ojos que me miran con sorna e ira al mismo tiempo.
Y pensando en ella ahora me pregunto, muy íntimamente, por qué no pensé en ella antes.
Cuando la tenía a mi lado y la podía ver, tocar, escuchar, oler, y hasta saborear.
Cuando desoí sus advertencias sobre la espiral autodestructiva en la que estaba cayendo, resbalando tan precipitadamente.
Y preguntándome esto y más, me odio.
Y odio el amor que tuve por aquella vida artificial, que me ha llevado a esta vida en penumbra.
Y no entiendo por qué, pudiendo haber tenido plenitud con ella y con todos los que me amaban, preferí la destrucción.
La de mis neuronas.
Preferí el polvo blanco que ahora es negro.
Negro. Negro. Negro y profundo.
Sin fondo.
Sin salida.
Seguiré pensando. Es lo único que tengo.
En ella.
Él, el Amo, envidiaba las posesiones del que menos tenía.
Y a mí, otro más de sus siervos, me explotaba con saña.
Y la gran arcada me sobrevino. Y me acució a actuar. Pero, antes, pregunté, para intentar perdonar:
-¿A cuántos kilos de humanidad está dispuesto a fagocitar?
Y él, el amo, volvió a burlarse:
-¡Edmundo! ¡Es el mundo tremebundo sin igual!