JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 10

PRIMERA PARTE

X

 

Urna de platino-titanio haciendo las veces de cofre de seguridad. El contenido, totalmente secreto. Sólo una persona puede acceder al enigma.

   Un largo pasillo con suelo especular. Dos piernas femeninas apoyadas en plataformas de sujeción con realce posterior. Movimientos sinuosos y mirada concentrada. Cabello ébano, piel de nácar.

   Personal de seguridad en acción. Se exigen claves de identificación. Iris ocular, digitohuella anular, combinación genética en un pellizco de sangre. Todo correcto. Dientes satisfechos.

   Medio minuto de inspección. O lo dejas o te lo llevas. Todo en orden.

   Un guiño a tu mirada. Un lapsus en el tiempo. Un peso en el pecho. Alarma…

   Lo siento, Kras. De veras.

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   -Seedus, le ordeno que me haga caso.

   -Si le hago caso, Almirante. Pero, ¿cómo lo sabe?

   -Lo sé y basta. Lamaret se propone algo.

   -Creo que está demasiado alterado por los últimos triunfos. Almirante, ¡todo está saliendo a pedir de boca!

   -Pero falla algo.

   -No, se lo aseguro.

   -Si sigo en Enlacer es porque creo que desde aquí puedo controlar mejor la situación- los ojos de Kras están vidriosos, quizás febriles.

   -No le echo nada en cara, señor. Tengo asumido mi papel. Yo actúo, usted observa.

   -No, no es así. Mire, sé que Lamaret se propone algo.

   -¿En su situación?

   -¡Estoy convencido!

   -Quizá vaya a ver a Pee. Cálmese, señor. No podemos decaer ahora, en plena ventaja.

   -Espero pues el resultado de su entrevista.

   -Por teletransporte será rápida.

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   -Ya no dependo de usted. Todo está ya decidido.

   -Querido Mayor. Creo que llegamos a un acuerdo y usted lo incumplió. ¿Pretenden los militares recuperar el poder perdido hace siglos? Vino a verme para urdir una excusa para llevar a cabo la decisión de no sé qué loco.

   -Lamaret es un loco aún peor.

   -Lamaret es la estabilidad pacífica, ustedes la opresión.

   -¡Cállese!- la furia se ha desatado con cierto retraso, pero, cuando lo hace, no hay muralla que la detenga-. Usted no sabe nada. Lamaret siempre ha querido lo mismo: El poder, de una manera u otra. No se diferencia en mucho de nosotros. ¿Por qué cree que hace tan patente la presencia terráquea en la Unión? ¿No lo adivina? Se lo diré yo: para que todos adoren la dependencia que existe con la Tierra.

   -¿Cómo sabe eso? Nunca ha sugerido tal cosa, ni con hechos ni con palabras. Lo que usted dice sólo es una suposición denigrante.

   -Y lo que pretende ahora, ¿qué?

   El Consejero no sale de su asombro.

   -Pregúnteselo cuando pueda y quiera. Cara a cara. Al mismísimo Lamaret. Veamos cómo reacciona. Está claro que sigue teniendo fe en él.

   Instantáneamente, Pee se abalanza con furia hacia Seedus, pretendiendo concretar su estado interno de violencia. Pero un acto reflejo activa el arma reglamentaria y le volatiliza el cerebro.

   Nadie acude a comprobar lo ocurrido.

   Seedus abandona el cuerpo inerte de Pee sobre el tensosillón que ocupaba cuando vivía. No hace ademán de huir tras el asesinato; en realidad, ha sido clara defensa propia, piensa para sí. Tal vez Pee hubiera llegado a utilizar un dispositivo de ataque.

   Nadie osará descubrir su nombre cuando hallen un cadáver a cien metros de altura. Ya se ha hecho cargo: El lugar está custodiado, la ciudad está sitiada. Todo controlado.

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