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Futuro compartido
Sentía una fuerte punzada en el cuello y aquella mujer se comprometió a hacérsela olvidar. Con los ojos cerrados, imaginó un paraíso único en el que quería estar. Sin nadie más a quien escuchar ni ver. Integrándose en una vida de supervivencia. Sin tener que pensar en nada. Solo sufriría cuando las leyes de la Madre Naturaleza mostraran su crueldad. Rememoró de pronto imágenes filmadas de la extinta águila dorada atenazando con sus garras a su huidiza presa mientras surcaba majestuosamente los cielos incontaminados de una vetusta Tierra. Y le pareció que, aún así, aquella muerte se integraba en la perfección. Y trasladó esa imagen, en otros tiempos real, a su imaginación. Y se sorprendió tumbado sobre la hierba fresca de un extenso prado bajo la aguda mirada del águila de sus recuerdos, con el sonido del discurrir caudaloso de un inmaculado río a sus pies. Y viéndose a sí mismo en este estado sublime, decidió compartirlo con una mujer, el amor de toda su vida: su esposa. Y la veía echada a su lado, con los ojos cerrados, como degustando la paz que les rodeaba. Y la imitó.
Y aunque la realidad era ahora tan distinta, se sintió feliz al notarse acariciado por las manos de su mujer. Y cuando entreabrió los párpados, la vio delante. Y Johanna le sonrió. Y el se sintió amado.
Pero, aún así, pensó que no quería que ella llegara a conocer el sufrimiento en sus propias carnes. Siempre la había protegido de ese extremo. Si no jugaba bien sus cartas, tendría que elegir: sus propias felicidades o la de la humanidad entera. Y muy a su pesar, decidió qué escoger si se llegara a tal punto.
El dolor muscular desapareció, pero fue sustituido por un nudo en el estómago.
Johanna seguía masajeando, como si deseara relajar algo más que el cuerpo de su marido. Como si presintiera la batalla interior.
-¿Qué te ocurre, cariño?
-¿Recuerdas las videograbaciones en que aparecen imágenes del planeta rebosantes de vida?
-Sí, Merdik, por supuesto. En la universidad utilizábamos antiguos reproductores láser para recuperarlas y hacer un examen exhaustivo de lo que contenían.
-¿Y recuerdas el matiz del azul de los cielos que mostraban?
-Cariño, ya sé a dónde quieres ir a parar. Pero en aquella época, tú no habías nacido aún. No te mortifiques más.
-Del azul puro se pasaba al gris más oscuro y… llovía, ¿recuerdas?
-Déjalo ya. Sé que cuando empezaron a querer remediarlo, era ya irreversible. Ahora, en cambio, no tenemos ya polución ni en el aire, ni en los mares y ríos.
-Dirás, en lo que nos queda de agua. La evaporación fue desconcertante hasta para los más pesimistas. El efecto invernadero actuaba y abusaba.
-¿Quieres dejarlo ya, por favor? ¿No pasó ya? ¿No logró nuestra anterior generación rehacer la climatología? ¿No es un consuelo que, aunque las nubes se formen raramente, el ciclo se haya recompuesto? Confío en esta humanidad, ¿sabes? Creo saber que lleva en sus genes el aprender de sus errores.
-Ojalá fuera tan fácil como dejarse confiar.
Un beso selló momentáneamente su boca.
-No te preocupes, cariño, volverás a pensar sólo en mí.
(Nota del autor: Esto es un extracto de mi novela corta «Jamás y siempre a la vez»)
De tu belleza
Voy a ser bueno
que voy a ser bueno.
Déjame vivirte,
que eres mi sueño.
Prometo estar quieto,
hacer que no existo,
y si en esto insisto,
te pongo en aprieto.
Prometo el silencio,
mas no a cualquier precio,
y si, aún así, me has visto
no he sido muy listo.
Y ya clandestino,
te observo con tino,
y degusto anodino,
tu cuerpo divino.
Lágrimas felices
Cuando le escuchaba cantar, se le saltaban las lágrimas de emoción, deseando que no terminara su hermosa canción, y aunque no entendía totalmente la letra de la misma, porque no estaba trovada en su idioma natal, la música, esa música maravillosa que emanaba del interior del piano y de su garganta, le envolvía y le armonizaba… con el Todo.
Era el momento de sus lágrimas felices.
(Dedicado a mi amado hijo, Iván, un músico maravilloso.
Corazón
La primera
Imagen
Un trozo de hombre
Agita, agita tus alas y vuela alto,
más allá de las nubes, hacia el infinito.
Sube al cielo, arriba, más arriba,
y cuando veas que el azul se vuelve negro,
cuando te falte el oxígeno,
verás que aún hay más espacio que recorrer,
y más allá, los planetas, las estrellas,
que te hablarán del amor que por ti siento,
y que envidian ellas,
y seguirás, y seguirás, y seguirás, y seguirás
Nada en el mar y sumérgete hasta los abismos más profundos,
donde la luz tampoco llegue,
y allí los peces abisales te dirán que han oído
que hasta allí llega el amor que por ti siento.
No hay lugar ni tiempo para mi sentimiento,
no hay lugar ni tiempo para lo más grande,
y en lo más pequeño, mi corazón, una partícula,
un trozo de hombre en amor en la vastedad del Universo.
Brindis
He brindado por tu felicidad hasta que te has inmiscuido en la mía. Sé que no te importa que te maldiga, por eso lo seguiré haciendo hasta que me pidas perdón, de rodillas, por ser un mequetrefe. Y cuando me harte de hacerlo, te abandonaré. Ya no me importará lo que te ocurra. Y mientras, me emborracharé para intentar olvidarte.









