Más me valía tener la valentía de agarrarme a tu mundo, sin pensar demasiado en sus aristas de imperfecciones.
Más me valía percatarme de la señal.

Más me valía tener la valentía de agarrarme a tu mundo, sin pensar demasiado en sus aristas de imperfecciones.
Más me valía percatarme de la señal.

“La única vez que soñé contigo fue hace unos años. Estaba en el salón de actos del instituto en el que estudié secundaria, y no sé el motivo, pero me subía al escenario, y comenzaba a cantar “HEROES”. Recuerdo a mi padre, como hace siempre, grabándome desde un lateral del escenario, y te recuerdo a ti, entre la multitud que me escuchaba, en primera fila. Levantaste los dos pulgares hacia arriba, y vi tu rostro diciéndome “Lo estás haciendo bien”. Cuando me desperté, se lo conté a mis padres, y me dijeron que algún día, ese sueño se haría realidad.
Me has cambiado la vida. Gracias por todo lo que has hecho por mí.
RIP David Bowie.”
-Rev Silver-
A las 8:00 de la mañana de hoy, día 11 de enero de 2016, de camino al trabajo, detuve mi automóvil y llamé a casa para despertar a mi hija y así “se pusiera las pilas” en su preparación de vuelta al colegio tras las vacaciones navideñas. Pero la voz que escuché al otro lado de la línea telefónica no fue la de ella, sino la de mi hijo que, muy compungido, me preguntaba si ya me había enterado de la noticia. Ante mi respuesta negativa, pues a esas horas aún no me había conectado al mundo, me dio la malanueva de la muerte de David Bowie. Creí no haber entendido bien y tuvo que repetirme el nombre dos veces. Le dije que se calmara y me despedí de él, buscando la noticia en internet con mi teléfono inteligente.
No era un falso rumor. Era cierto. Y durante unos minutos me invadió la tristeza más amarga.
El día 9 de enero fue el cumpleaños de mi hijo y el día 8 estuve comprándole el regalo que tanta ilusión le haría: El nuevo álbum de Bowie, “Blackstar”. Y no solo eso, me atreví a grabar una felicitación en vídeo para el Maestro, pues el día 8, un día antes del de mi hijo, era el cumpleaños de Ziggy Stardust, sabiendo que, lo más seguro, nunca la recibiría. Pero yo dejaba constancia de mi admiración por su obra y por su persona.
8, 9 y 10 de enero del 2016. Tres fechas que quedarán marcadas en mi historia.
Como el día en que compré mi disco favorito del Duque Blanco, “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, día que entró su música de manera plena en la vida de mi hijo, que se empapó del disco y se convirtió en su “fan número uno”.
Después vendría todo lo demás, cuando lo demás está impregnado de la genialidad artística de mi hijo… Rev Silver.
No había solución más extrema que la aniquilación de los que ostentaban el poder.
No cejaría en el empeño de verlos a todos muertos.
La Élite terminaría fagocitándose a sí misma.
Y respiraría el mundo. El mío. El de todos. Y los derechos serían hechos.
Porque todos serían iguales.
Menos yo.
Porque cargaría sobre mi conciencia la exterminación de la ralea inverosímil.
Y pensando, en un nanosegundo, en todo ello, me costaba respirar.

Sigo encerrado en esta celda esperando que alguien venga a explicarme qué hago aquí.
Una mano anónima me ofrece comida cada seis horas, si es que se puede considerar alimento lo que me he acostumbrado a tragar.
Pero a esa mano nunca la acompaña una voz, aunque sea hiriente u obscena.
Solo el silencio del otro lado, cuando sé que al otro lado saben por qué estoy aquí y, aún así, susurro un gracias.
Y si lo saben, que me digan antes quién soy.
He intentado verme en el reflejo de mi propia orina pero la escasa luz me lo prohíbe.
Sé que soy macho pero no recuerdo mi edad, ni el tiempo que llevo aquí.
Y deduzco que algo malo habré hecho para merecerme este tratamiento.
Otra vez escucho pasos. Y el latir acelerado de mi corazón.
Quizás esta vez escuche la palabra.


Alfeñiques vanagloriados de suma cobardía y, por ende, mentecatos insufribles.
¡Ya basta! ¡Basta ya! ¡Pues no doy abasto!

Querida mía:
Después de hablar contigo esta mañana, he sentido que el teléfono es demasiado frío para mí, pues desde el momento en que lo cuelgo hasta el siguiente día, estoy contando las horas que faltan para escuchar tu voz, deseándolo fervientemente, casi obsesivamente, porque una vez que no la vuelvo a escuchar me siento morir, contando, y martirizándome con ello, los días que faltan para estrecharte entre mis brazos.
No te puedes imaginar lo que te echo de menos. Nunca me he sentido tan mal separándome de alguien, y es que se me acaban las ganas de todo. Duermo mal, pues sé que no despertaré a tu lado. Como a desgana, porque sé que la comida no ha sido cocinada con tus manos y, como tú me dices, con todo tu Amor. No logro avanzar en mi novela porque me falta la inspiración y, con tu falta, me he dado cuenta que esa inspiración eres tú. Huyo de la soledad estando con mis amigos y hermanos, porque me siento igual de solo siendo tú lo único que llena mi vida. Y lo siento, pero no puedo controlar las lágrimas. ¡Tan mayor y llorando como un niño!
¡Te amo tanto!
Y ha hecho falta esta separación para darme cuenta que, de verdad, sin ti no soy nada.
Hasta trabajando, intento concentrarme en lo que hago para no pensar, pero al final decaigo pues tu esencia me recorre el pensamiento y, lo que es más duro en estos momentos, el corazón.
Intento, por teléfono, dar la sensación de tranquilidad y normalidad, pero lo hago para que no te agobies, pero no puedo mentirte. A ti, nunca. Eres mi compañera, mi mejor amiga, y no te puedo ocultar nada. Espero que todo lo que está pasando valga la pena para ti. Que estés disfrutando. Que seas feliz. Eso me consolará. Pero a medias.
Cuando hablo contigo por teléfono intento controlarme y me desespera que no me digas, tan acostumbrado como estaba, que me amas y que me echas de menos. Como tú decías de ti, yo también debo aplicarlo a mí: Soy un egoísta. Te quiero para mí solo, y tengo envidia de todos los que te rodean, de todos los que te disfrutan.
Y luego me llegan los momentos de tranquilidad, en que me calmo y logro no pensar en todas las semanas que aún quedan para volverte a ver.
No puedo escuchar música romántica porque me hundo. Y separo la vista de las parejas porque te recuerdo conmigo. Y sufro. Y algunas noches me consuelo mirando nuestras imágenes en vídeo o en fotografía, pero es pasajera la anestesia. ¡Es tan complicado de explicar!
No sé si tú sientes lo mismo. No sé si estás conmigo en la distancia. Solo sé que te adoro y que estoy locamente enamorado de ti.
Te pido, por lo que más quieras, que nunca más volvamos a separarnos. Que aunque las circunstancias lo pidan, hagamos lo posible para estar siempre juntos. Tú eres mi vida, y contigo se ha ido una gran parte de la misma.
Todo tuyo, en cuerpo y alma,
P.D.: Te escribo con ordenador para que puedas entender mi letra, pues hasta ella me tiembla cuando pienso en ti.

Está escrito. Otra cosa es que esté leído.

Nunca más te vuelvas a ir, porque sin ti se me desgarra el alma.
Nunca más te vuelvas a ir, porque el hogar, la ciudad, el mundo entero sin ti no son nada.
Y tu olor cálido no vuelvo a encontrar cada mañana.
Y tus sonidos plácidos no vuelvo a respirar cada tarde.
Y me desespero porque no te encuentro cuando vuelvo muerto al final de la jornada, esperando resucitar entre tus brazos.
Jamás te vuelvas a ir, y si te marchas, que sea conmigo.
Para poder rozar tu mejilla con mis dedos temblorosos.
Para extraer de ti palabras que acaricien mis oídos.
Para poder nombrar cada amanecer con tu nombre.
Y que las estrellas, que nos observan allá encima, en el cielo, sean un reflejo de los poros de tu piel.
Y que la luz de nuestro sol sea tu mirada fija en mí mientras tiemblo de emoción al imaginarte entre mis brazos, devolviéndome parte de la vida que te di al entregarme por entero a ti.
No te vayas más, porque mi corazón se ahoga,
y todos los segundos compartidos contigo se me escapan transformados en lágrimas.

(Fotografía: © Jesús Fdez. de Zayas «archimaldito»)
