Dos destellos

Gertrudis pensaba que estaba sola en el mundo porque nadie iba a visitarla, porque nadie la llamaba por teléfono, porque cuando hablaba nadie parecía escucharla. Hasta aquel día en que Gertrudis se encontró con un tal Pablo, un hombre poco hablador, que, sin embargo, le contó la pequeña historia de su vida. Al hacerlo de manera tan desinteresada, sin que ella le pidiera saber sobre su vida, Gertrudis empezó a confiar tanto en Pablo como en ella misma y poco a poco se dio cuenta de que no estaba sola en el mundo y de que su opinión contaba para las personas porque, como le confesó un día Pablo: “Si no tienes a nadie que te escuche ni a quien escuchar, nunca desperdicies la oportunidad de conocerte a ti misma. Y queriéndote a ti misma verás que también cuentas mucho para los demás porque la felicidad se reflejará en tu cara y en tus actos”. 

Cuando Gertrudis lo comprendió, fue inmensamente feliz. Y Pablo, el señor poco hablador, fue su mejor amigo porque reflejaba esa luz que Gertrudis siempre quiso encontrar, y ella, empezó también a ser luz, una radiante y cálida luz.

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Impaciencia

Me he vuelto a cruzar con ella.

La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos la estela de su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si la querré algún día.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma.

Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que muera para poder fundirme con ella.

 

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