Vida y muerte

   … Aquel calor que me envolvía me sería extraño diez segundos después, cuando la luz diera paso al reto del comienzo de mi vida. Intenté concentrar mis escasos sentidos en la oscuridad que me impregnaba porque tenía la certeza de que jamás volvería a disfrutar como lo había hecho en aquellos nueve meses.

   De pronto, unas manos tocaron mi cara y tiraron de mi cabeza como si quisieran separármela del resto del cuerpo, y cuando estaba dispuesto a chillar por el dolor, me di cuenta de que no salía ningún sonido de mi garganta, aunque de todos modos no hubiera servido de nada porque aquellas manos se deslizaron rápidamente hacia mi tronco y continuaron estrujándome, pero esta vez sin hacerme demasiado daño, porque era como si todo yo me estuviera deshaciendo de una segunda piel que me ciñera con su líquido viscoso.

   Y la calidez, que suponía eterna, dio paso al frío desalentador del aire aséptico que me circundaba. Durante milisegundos odié aquella sensación de caída al vacío, pero la piel rugosa de unos guantes me despertaron a la realidad, cuando una de las manos que envolvían chocó, en un estallido, contra mis nalgas. Y la rabia contenida en mí salió por mi garganta. Y el crujido de mis cuerdas vocales la transformó en un alarido quejumbroso.

   Ella nunca lo sabrá, pero logré verle los ojos, aquellos maravillosos ojos azules que se fueron acercando a mí con una sonrisa. Y al momento, de nuevo el calor. Y recuperé lo que me habían quitado. Mi madre me susurró algo a lo que nunca he logrado dar significado, pero cuya armoniosa entonación degusté como parte de su amor. En aquel mismo instante pasé de ser lo más importante en la vida de una persona a ser la provocación del último suspiro de la misma. Mi madre murió con una sonrisa dibujada en su rostro. Una sonrisa que me haría preguntarme años después si había deseado la muerte o se sentía dichosa de haber muerto dejando un testigo de su existencia. Lo que yo sé es que preferiría que ella siguiera conmigo compartiendo mis triunfos…

Image

Inconmensurablemente

   Atormentado con la miseria humana, trato de encontrar una salida a las ilusiones que me he hecho sobre el modo de ayudar a los demás a afrontar sus, para ellos, irresolubles problemas. Confiando en mi voluntad para que me guíe a través de la incomprensión de los receptores de mis esfuerzos. No cejo ni cejaré en el intento. Siempre hay alguien que se da cuenta, a tiempo, de que existe esperanza para vivir a pleno rendimiento de acuerdo con uno mismo.

   Recuerdo que hubo un tiempo en que me atormentaba pensando en que mi vida seguía pautas mecánicas de supervivencia y que nada llenaría el vacío que en ella se había formado. Estar muerto o vivo debía de ser lo mismo. A punto estuve, en varias ocasiones, de probar esta hipótesis. Pero algo me decía que debía seguir luchando conmigo mismo para buscar los frutos de mi experimentación con el ejercicio del Amor.

   No sé cómo fue que, a punto de concluir el mundo, y yo con él, me pregunté por qué, entonces, estaba vivo ¿Para nada? ¿Vendré de la nada para acabar en la nada? Un sinsentido, sin duda. ¡Qué vano esfuerzo sería crear algo para no ser disfrutado!

   Decido, pues, que todo tiene un sentido, y que algo o alguien produjo ese sentido. Ya tengo un objetivo: Buscarlos a ambos. Pero no contento con ello, quiero que los demás hagan lo mismo. Es delicioso, inconmensurablemente magnífico, irse encontrando a uno mismo. Cuanto más me doy cuenta de quién soy, por qué soy y para qué soy, más ganas tengo de comprender a los demás, a los que recorren el mismo camino que yo, y a los que no, para que empiecen a recorrerlo.

   ¿Y después qué? Cuando me haya conocido totalmente, qué debo hacer. Y la respuesta es siempre la misma: Nunca llegaré a conocerme de verdad, porque el mismo hecho de estar haciéndolo me hace ir subiendo escalones de mi evolución interna, escalones que separan pisos distintos, que son también desconocidos para  mí, y así siempre, y así siempre. Y después, de vuelta a encontrar al prójimo.

   En verdad que es inconmensurablemente magnífico vivir. En verdad que es inconmensurablemente magnífico amar.

   Y ahora, que me conoces bastante bien, empezaré a mostrarte la Luz, una de tantas que es proyectada por uno de tantos focos de luz en el infinito espacio de la inmensidad…

Image

IvinY resucitado

   A veces, dependiendo del planeta donde se llevara a cabo el raro fenómeno, el Resucitamiento era mal entendido.

   Muchos creían que los Resucitados eran clones de alguien extinguido, cuyas obras se lograban eternizar con la herencia genética y caracterológica. Otros, los menos informados, justificaban su aprensión pensando que eran engendros mecánicos con programaciones informáticas reflejo de sus creadores que, por similitud, lograban extender a través de los siglos sus ideas y hechos.

   Pero un Resucitado no tenía absolutamente nada que ver con estas supersticiones.

   IvinY era ya parte de una leyenda, y como tal, su origen se perdía en el crisol del tiempo: Murió con una capacidad hiperpsicológica que le había hecho destacarse de sus coetáneos. Poseía, en lo que se conocía como su anterior vida, facultades mentales paracientíficas, tales como el hipnotismo, autohipnotismo y control de los pensamientos ajenos, así como una gran disciplina interna de autocontrol y exploración meditativa. Cuando falleció accidentalmente en una misión de reconocimiento espacial, su potencial mental se disparó hacia cotas extraordinariamente altas, lo que le permitió integrarse en espacio-tiempos vedados a los fintexianos normales, y por extensión, a los demás bigalácticos. Su estado vegetativo fue atrofiando todas las funciones fisiológicas, pero las cerebrales estaban tan iluminadas que soportaron todo el peso de la energización corporal, por lo que las esperanzas de una renovación vital se incrementaron hasta el extremo de la total recuperación del individuo comatoso.

   Lo que ocurrió después se contaba como en una penumbra, mezcla de terror y misticismo. IvinY no pudo soportar la limitación de su cuerpo, y a escasas horas de su revitalización, decide el suicidio, lanzándose a un vacío infinito cuyo final sería la resurrección en otro cuerpo, en otro cerebro. El patrón encefalográfico de cada individuo se mantenía como testigo declarante de la diferenciación exclusiva del mismo. No existían dos patrones iguales en todo el Universo. Cuando IvinY nació de nuevo, el patrón se repitió y se identificó la anomalía como parte del trasvase neuronal.

   IvinY sabía que él no era la única excepción aberrante. Existían más como él. ¿Cuántos?…

 

?????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????