Bárbaros perfeccionistas

   Las tropas de asalto llegaron a la biblioteca decididos a desembarazarse de los libros más dañinos para el sistema impuesto por el gobierno. Pero no lo harían, como otras veces en el pasado, de una forma arbitraria y sin criterio. Esta vez llevaban consigo a más de un centenar de especialistas que cribarían los ejemplares, leyendo las obras de los autores menos prestigiosos, para que no se convirtieran, con el tiempo, en biblias revolucionarias. En alguno de aquellos millones de ejemplares habría alguno que querría pasar desapercibido a los ojos de los censores. Pero esta vez no se libraría de las llamas purificadoras.                                                                                                                                                                 

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Dulzor amargo

  Él, por supuesto, se creía supergracioso, y con las carantoñas y piropos recargados a las señoritas y señoras, se granjeaba nuevas enemigas, pues a ninguna gustaba su empalagoso estilo. Pero él hacía oídos sordos y miradas ciegas. Y seguía en sus trece.

   Y los más escandalosos comentarios machistas salían de su boca para no verse descolgado de las variadas pandillas de amigotes en las que andaba infiltrándose. Todo coches, mujeres y cerveza. Y llevaba a rajatabla aquello de que si no hueles a sudor, tabaco y vino no eres hombre.

   Mas cientos de conocidos no eran bastantes para llenar su vacío, ya que cuando llegaba a casa muy de noche, ningún verdadero amigo, ningún amor de mujer, hombre, niño o animal espantaba su soledad, tan profunda que lloraba silencioso ante su propio reflejo en el espejo, mientras se cepillaba los dientes ensayando alguna mueca que otra para demostrar su encanto a la mañana siguiente ante más desconocidos.

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N. R. F.

 
   Mientras me preparaba para irme a trabajar, dejé a mi hijo viendo la tele, para que se distrajera y no incordiara.
   Al cerrar el grifo, tras enjuagarme la boca, escuché unas carcajadas que provenían del salón.
   Acercándome a mi hijo, para acoplarle la minimochila y poder largarnos a la guardería, me fijé que sus risas se mezclaban con los gritos de angustia de una damisela, en la pantalla, que estaba siendo mordida por un zombi descerebrado. 
   Caí, entonces, en la cuenta de que mi hijo era un N. R. F. (Niñito Rarito «Felís»).
 
(Dedicado a Estela Tatiana, mi hija)
 

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¡Fuego!

   Rodilla en tierra, miré a los ojos de una de las víctimas de esta guerra absurda y cruel. Tras un breve lapso, miré a esos mismos ojos a través de la mirilla de mi fusil. Tras otro breve lapso, pensé en mí y acaricié el gatillo. En el último lapso, el comandante del pelotón miró a mis ojos y asintió. ¡Fuego!

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Mi única incursión en el periodismo

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En el año 2000, mi buen amigo el periodista Pablo Villarrubia Mauso me propuso participar en la confección de uno de sus reportajes en la revista Nuevos Horizontes (Nº 4, mayo 2000).

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 Le aporté todas las fotografías para su reportaje y una pequeña participación escrita que a continuación detallo.

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Todas las fotografías: Jesús Fernández de Zayas

Nota: Obviamente, la revista cometió un error adjudicando la autoría del reportaje a un tal Ernesto Milá, cuando el autor real fue PABLO VILLARRUBIA MAUSO.


Rumores

   Críspulo Hontananzas saludó calurosamente a su compadre Eustaquio antes de susurrarle, con su aliento cargado en alcoholes, que su esposa estaba sacando los pies del plato con su otro compadre, el Huevón Florindo, a lo que el supuesto ultrajado contestó cortando de un tajo de navaja la sonrisa desdentada del cotilla fabulador y mentiroso, y cuando, la cara chorreante de sangre preguntó el porqué con un movimiento descontrolado de ojos, el compadre Eustaquio, susurró también al oído, antes de cortar la oreja que lo ampliaba, que nadie se burlaba de su esposa, aún virgen, y menos aún del único amor de su vida, el edulcorado, amable, lisonjero y buen amante Florindo el Huevón.

 

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