Dulzor amargo

  Él, por supuesto, se creía supergracioso, y con las carantoñas y piropos recargados a las señoritas y señoras, se granjeaba nuevas enemigas, pues a ninguna gustaba su empalagoso estilo. Pero él hacía oídos sordos y miradas ciegas. Y seguía en sus trece.

   Y los más escandalosos comentarios machistas salían de su boca para no verse descolgado de las variadas pandillas de amigotes en las que andaba infiltrándose. Todo coches, mujeres y cerveza. Y llevaba a rajatabla aquello de que si no hueles a sudor, tabaco y vino no eres hombre.

   Mas cientos de conocidos no eran bastantes para llenar su vacío, ya que cuando llegaba a casa muy de noche, ningún verdadero amigo, ningún amor de mujer, hombre, niño o animal espantaba su soledad, tan profunda que lloraba silencioso ante su propio reflejo en el espejo, mientras se cepillaba los dientes ensayando alguna mueca que otra para demostrar su encanto a la mañana siguiente ante más desconocidos.

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