Enterrados y aplastados

  Me he enterrado rápidamente, antes de que allanen la tierra con sus orugas apisonadoras. Dejando que el minúsculo tubo me traiga el aire del exterior, tomado a mínimos sorbos, controlando al mismo tiempo las arritmias de un corazón desbocado. En la oscuridad, siendo llenados mis agujeros corporales por la insalubre arena.

   Me pregunto cómo hacer para no hacer notar mi rastro, con los últimos arañazos en la última arena que cubrirá mis manos. En una tumba.

   Y de pronto, al no poder contar con el sentido de la vista, la vibración creciente me avisa del acercamiento paulatino. Las grandes planchas, que lo aplastan todo, serán mi salvación. Mi respiración sufrirá una conmoción por más de dos minutos. Pero no importa. Me he entrenado demasiado tiempo en el arte de la asfixia. Para este momento.

   Los tapones de cera maleable en mis orificios nasales filtran milisegundos de olor nauseabundo. Pero es el mejor sistema. Enterrado con los otros. Rodeado de cadáveres.  Y los enterradores-aplastadores me sobrepasarán. Y cuando me alcance la última plancha tendré cinco minutos para recomponerme del aplastamiento y seguirles para poder yo aplastarles.

   El comandante debe de estar haciendo su cronometraje. Para que el plan surta efecto.

   Seguro que a los noventa y tres desperdigados en el campo de exterminio nos está pasando la misma idea por la cabeza: Este pequeño sacrificio vale la pena. Todo vale la pena por la venganza. Los nuestros, vengados con justicia.

 

DCF 1.0

Nubes negras

   No he dicho toda la verdad sobre la existencia del amor desinteresado en mi historia. Aparte de mi madre, hubo otra persona: Vladis.

   Él fue un chico que me ofreció otra forma de amor que se salía de los parámetros normales: una amistad sincera, pura, perpetua. Perenne era su sonrisa al escucharme, perenne era el brillo de sus ojos al hablarme de sus pensamientos más recónditos, perenne era su entrega hacia mí en desinteresado intercambio de valores y de principios.

   Vladis fue, en definitiva, un hombre que me apoyó en mis mejores momentos y que me sorprendió con sus ánimos en los peores. Él fue mi salvador mental cuando mi madre se fue de mi vera para siempre.

   Le conocí en el colegio, y al principio de nuestra superficial relación, de obligados compañeros encerrados en un mismo recinto, no me fie de su extraño proceder. Me parecía absurdo que aquel chico enclenque y aparente despistado crónico ofreciera su ayuda académica sin objetivo de conseguir nada a cambio. Cuando otros se veían en el callejón sin salida de exprimir sus cerebros en busca de la nada de sus conocimientos, él los llenaba del rico jugo de la sabiduría. Y cuando casi todos conocieron el truco de acudir a él como gratuito salvamento, le empezaron a tomar por tonto. Tonto perdido, sin remedio y sin réplica. A él no parecía importarle. Hasta que yo me indigné en su lugar. No me gustan los explotadores y menos aún los explotados.

   Le abrí los ojos, y cuando consiguió reaccionar ante los abusos volcó todo su saco de virtudes sobre mí, no sé si en señal de agradecimiento. Fue imposible hacerle entender que no me debía nada, y él me hizo entender que no todo en la vida se hacía por agradecimiento, por beneficio, por compromiso o por responsabilidad. Y en su infantilidad me enseñó más que cualquier adulto y me abrió los horizontes de mi propio yo, los que no se han vuelto a cerrar jamás.

   Paseábamos, tras ir a clase, durante interminables kilómetros, hablando y hablando, aunque en la mayoría de las veces era un monólogo por su parte, pues yo prefería llenarme de aquello que parecía salir de la expresión de un ser muy experimentado en el devenir del mundo. Era un sabio con cuerpo de niño.

   Me tradujo el lenguaje de la Naturaleza, sus necesidades y sus protestas hacia el ser humano, me puso un espejo ante mi alma y me confesé con mis limitaciones inmateriales, me desengañó de los motivos auténticos del actuar del prójimo, me mostró las huellas que dejaban los amores platónicos en mi estela, me señaló, sin reparos, el despertar de mis próximas pasiones, me condujo al Cosmos, al Infinito, y jamás, repito, jamás, me mintió.

   ¿Qué querrían decir los demás cuando me hablaban de sentimientos impuros de él hacia mí? ¡Qué necesidad de calumniar a alguien por su destacar entre la mediocridad! Los que no le conocían eran los que, con el paso de los años, vieron en nuestra relación la suciedad no existente.

   Tanta fue la presión que ejercieron sobre nosotros, que un día, no señalado en mi memoria, Vladis desapareció de mi vida, pues no quiso que los otros me marcaran con un hierro imaginario y trastornaran mi inocente felicidad.

   Y me preguntaba cuándo volvería a encontrar a alguien como Vladis, a alguien como mi madre, seres que brillaron con altruismo puro. ¿Por qué todo se había corrompido?

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Languidez

   Escabullirse era fatal. Me hacía sentir impresionable.

   Huía de los antros infestos de la ciudad y siempre esperaba la respuesta a mi amor, tanto creativo como sentimental. Los pensares bullían y en la fingida huida hacia la noche, creía que en algún momento podría aparecer la persona adecuada, o que en el vacío que existía sobre el taburete pegado al mío vislumbraría la aislada silueta de la inspiración. Era ésta la que al final se dejaba materializar sobre el papel cuando lograba arrastrar mi cuerpo a mi otro tugurio cotidiano, aquel en el que me acomodo ahora para sentirme como en mi casa, porque, aunque lo es, nunca la siento como tal. Nunca como la calurosa y tierna de mi niñez.

   La búsqueda estática era insoportable y yo no hacía nada por cambiar mi situación de ingravidez existencial. Desde que había optado porque las cosas ocurrieran, que los prójimos deambularan a mi alrededor como en vídeo imágenes ralentizadas, y que mi beneficio fuera el retratarlo todo tal como se aparecía, mezclándolo con mis obsesiones filosóficas particulares, nada avanzaba. Sólo mi mantenimiento económico, que no era poco, pero que a mí no me llenaba ni me llamaba a la felicidad.

   Languidecía sufriendo pasar el segundero. Y cuando sentenciaba que una palabra se quedaba adherida a mi registro narrativo, el éxtasis infinitesimal del pequeño éxito era relevado por el ansia obsesiva de encontrar la próxima, y así otra vez después, y otra, y otra más. Y aquello empezaba a parecerse a un fracaso, y la frustración era carcoma en mi apurado espíritu. Pero es hoy cuando no imagino a alguien que haya fracasado en algo en su vida y siga manteniéndose mental y espiritualmente erguido como si nada hubiera ocurrido. Es una decepción humillante para el propio ego el transformar cualquier hecho, cualquier creación, en la nada.

   Varias veces he sentido muy cerca el precipicio pero, gracias a Dios, no he caído.

   Ante la sutil evidencia, decidí dejar atrás aquella subliminal desesperación, un pasar la página a mi libro vital, en la que la siguiente estrenara otra historia, otra muy distinta historia que, aunque dentro del mismo volumen, a modo de antología, dispersara mis intereses. Un vuelco espontáneo en el borrón y cuenta nueva. Y cuando decidí volver en mí tuve la certeza de que aquella imaginación mía era mal empleada en cosas estériles. Y me prometí a mí mismo que cuando tuviera medios suficientes, crearía algo que los demás no tendrían más remedio que admirar. Y fue tan vehemente ese pensamiento que me asusté con el poder que desataba dentro de mí.

Decidí crear para ser feliz y hacer feliz.

 

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Dulzor amargo

  Él, por supuesto, se creía supergracioso, y con las carantoñas y piropos recargados a las señoritas y señoras, se granjeaba nuevas enemigas, pues a ninguna gustaba su empalagoso estilo. Pero él hacía oídos sordos y miradas ciegas. Y seguía en sus trece.

   Y los más escandalosos comentarios machistas salían de su boca para no verse descolgado de las variadas pandillas de amigotes en las que andaba infiltrándose. Todo coches, mujeres y cerveza. Y llevaba a rajatabla aquello de que si no hueles a sudor, tabaco y vino no eres hombre.

   Mas cientos de conocidos no eran bastantes para llenar su vacío, ya que cuando llegaba a casa muy de noche, ningún verdadero amigo, ningún amor de mujer, hombre, niño o animal espantaba su soledad, tan profunda que lloraba silencioso ante su propio reflejo en el espejo, mientras se cepillaba los dientes ensayando alguna mueca que otra para demostrar su encanto a la mañana siguiente ante más desconocidos.

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¡Fuego!

   Rodilla en tierra, miré a los ojos de una de las víctimas de esta guerra absurda y cruel. Tras un breve lapso, miré a esos mismos ojos a través de la mirilla de mi fusil. Tras otro breve lapso, pensé en mí y acaricié el gatillo. En el último lapso, el comandante del pelotón miró a mis ojos y asintió. ¡Fuego!

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Rumores

   Críspulo Hontananzas saludó calurosamente a su compadre Eustaquio antes de susurrarle, con su aliento cargado en alcoholes, que su esposa estaba sacando los pies del plato con su otro compadre, el Huevón Florindo, a lo que el supuesto ultrajado contestó cortando de un tajo de navaja la sonrisa desdentada del cotilla fabulador y mentiroso, y cuando, la cara chorreante de sangre preguntó el porqué con un movimiento descontrolado de ojos, el compadre Eustaquio, susurró también al oído, antes de cortar la oreja que lo ampliaba, que nadie se burlaba de su esposa, aún virgen, y menos aún del único amor de su vida, el edulcorado, amable, lisonjero y buen amante Florindo el Huevón.

 

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Dios Dinero

   Si tenía dinero, era para disfrutarlo.

   Y si tenía muchísimo dinero no era para derrocharlo sino para vivir experiencias irrepetibles, porque lo que tenía claro es que nadie había vuelto para asegurarle que había otra vida después de ésta.

   Las perversiones normales, las que estaban más al uso entre los que eran como él, ya no le satisfacían, y buscaba nuevas experiencias que inyectaran más adrenalina de lo normal a su cerebro.

   La libertad de no haber caído en la trampa del matrimonio le había permitido experimentar todo lo inimaginable con su sexo y el de los demás.

   El anonimato que le brindaba el chorreo continuo de sobornos a políticos e integrantes de las fuerzas de seguridad, había hecho que sus ansias sadomasoquistas no alcanzaran un umbral razonable. Pero siempre quería más, y al querer más, veía menguado el universo de tentaciones.

   Todo y todos tenían un precio y él, por ahora, estaba dispuesto a pagarlo.

   La vida de los otros era un cheque en blanco, pero la muerte de los demás era algo más que el poder de un dios, el que él personificaba cuando le daba en gana.

 

(Nota del autor: Este relato se lo dedico a Fernando García Mediano, padre de Miriam, una de las niñas asesinadas en Alcàsser, por ser un auténtico buscador de la Verdad y la Justicia, tan falta en este país llamado España)

 

Preámbulo de una tragedia cósmica

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    El mundo de Fintex se había caracterizado por contener una de las civilizaciones más avanzadas de la Bigalaxia, en la que la utopía de la anarquía había sido el resultado de muchos milenios a prueba en la conducta de las masas, con fallidos sistemas sociales en los que los excesos de unos pocos individuos sobre la gran mayoría habían sido invalidados por el punto sólido de rebeldía que existía en los espíritus fintexianos, espíritus que compartían la abierta complicidad de la desarrollada mente común de la colectividad.

   Algunas mentes privilegiadas habían contrastado que las Historias de otros planetas estaban llenas de individuos que marcaron, en su  momento, las directrices de varias generaciones, pequeños átomos que, con su insistencia, lograron fisionar las moléculas que sustentaban estructuras presumiblemente inquebrantables. Se buscó que la genética creara superfintexianos, y se consiguieron monstruos mentales con capacidades que sobrepasaron todas las expectativas megalómanas de sus creadores: Cerebros con mutaciones aberrantes, provocadas en experimentos ilegales de laboratorios clandestinos en los estados más pujantes en ciensociología.

   Y la incontinencia de su caudal cerebral influyó, de forma paradójica, en la semblanza de la población, porque sus características funcionales invadieron virulentamente los contactos neuronales de todos con los que entraban en contacto. Y como una plaga, benévola plaga, todos fueron trastocados. Y con la descendencia, la enfermedad incrementó sus síntomas hasta hacerse congénita en toda la genealogía venidera.

   Pero la aberración se hizo insoportable en el momento en que empezaron a aparecer individuos que, por azar genético, sufrían otra nueva mutación dentro de la mutación generalizada: Acumulaban tanto voltaje psíquico que morían, al no poder verterse en mentes vírgenes, que ya no existían.

   El porcentaje empezó a hacerse preocupante cuando esta mortandad pesó en los índices demográficos. Ya no era un problema de pocos. Y aunque la gran mayoría se estabilizaba, la sospecha de un futuro incierto para la perennidad de la especie hizo buscar una salida que no argumentara ningún incumplimiento de las Leyes Generales de la Bigalaxia, representadas en el llamado Proyecto de Situación Nadiner, engendro de Pax Universal, al que se habían sumado hacía algún tiempo, cuando Fintex aún no había caído en la vorágine hipermental.

   Y aquel compromiso de especie dictó que los que sospecharan de su anormalidad decidieran, en común, emigrar hacia algún mundo en el que fueran bien recibidos y en el que la convivencia con los nativos no invalidara el contenido del Nadiner. No importaba el destino, sabiendo que cualquier planeta del Sector podría hospedarles y beneficiarse con el nuevo aporte psíquico.

   Curass, el planeta vecino, fue el elegido. Y algún día, decían los fintexianos, agradecería tal distinción.

 

ORO

  

  Remando y remando, volteando la vista para comprobar si le seguían. La carga era pesada y no sabía cuánto más podría resistir. Los rápidos del río le permitían descansar en las brazadas, pero no en las preocupaciones de verse estrellado contra las rocas del fondo o verse capturado por las lanzas de la tribu. Temía zozobrar y que el ídolo dorado se hundiese con la embarcación. Pensar en cuánto conseguiría por él en el mercado negro le daba nuevos ánimos. Conocía el río y sabía que éste no le traicionaría. También se hizo conocer y querer por la tribu y los traicionó. ¡Estúpidos!
   La barca se zarandeó un poco más de lo normal en el penúltimo recodo antes de llegar a la playa donde fondearía.
   ¡Cómo logró engañarles! ¡Cómo logró embaucarles!
   “¿Lograste engañarles? ¿Lograste embaucarles?”
   -¿Quién habla?
   El ruido insoportable de las aguas en ese último trayecto hacía que escuchara su propia voz interna. Debía de ser eso. Qué otra cosa podía ser. No había animales visibles por los alrededores.
   “¿Por qué crees que soy tan valioso?”
   Otra vez. Tantas horas sin comer le estaban jugando una mala pasada. Pero bueno, ya estaba bebiendo bastante. Demasiada agua había tragado un poco más arriba. Y con esa agua, seguro que unos cuantos animales minúsculos.
   “Has cometido un grave error.”
   Reconocía la zona. Aquellos tres árboles derribados sobre la orilla a su derecha. Con sus ramas adquiriendo aquellas formas tan particulares, entrelazándose sus troncos, de la misma manera en que lo hacían las piernas de Susana “la refajos”. ¡Qué hermosa mujer! ¡Y qué bruta haciendo el amor!
   “En cuanto pusiste tus sucias manos en torno al pedestal, algo te dijo que no saldrías de ésta.”
   De pronto, un árbol se quebró y su recio tronco chapoteó el agua a pocos metros por delante. Y se cruzó allí, en medio de la nada, para sentenciar que aquel era el final del viaje fluvial.
   -¡Maldita sea mi suerte! – dijo antes de perder el equilibrio y hacer que la barca mostrara su quilla al aire.
   En el remolino formado por su propio cuerpo, tanteó a ciegas en el fango buscando la figura sagrada.
   “¿Sigues sin creer que no saldrás de ésta?”
   Bajo las aguas quejumbrosas era imposible oír aquella lastimosa voz. No tenía tiempo más que para abrazar al ídolo y al tronco que había causado aquel estropicio en su destino.
  Pero la corriente era demasiado poderosa y, en la desesperación, se cortó el brazo derecho con una rama punzante.
   Tal era la velocidad del agua y del tiempo que ni el agua se enrojecía.
   Serenarse, tocar fondo y andar hacia la orilla paso a paso, cogiendo aire por encima del borbotón. Y no soltar al dios dorado. Sobre todo no soltar los diez kilos de oro macizo en forma de enano cabezón y gordinflón cuya sonrisa adivinaba en la negrura de las aguas turbias.
   La barca se alejaba hacia la catarata. Quizás no se hiciera astillas.
   -¡Adiós, muchacha, gracias por tu ayuda!
   Allí arriba aquellos pájaros de mal agüero rondando. Los veía cuando sacaba la cara para morder aire. Y la orilla, tan cerca, qué lejos quedaba.
   Serenidad. Ese era el truco. Serenidad. Pronto lo lograría.
   “Estás equivocado. Tu dios no lo permitirá. No permitirá el sacrilegio con otro dios, aunque no sea él.”
   Gritar mentalmente ¡Basta, basta, basta! ¡Ya! ¡Basta!
   El frío del agua le recordaba el dolor recién abierto del brazo.
   Diez pasos, no más.
   Pero el agua empujando con todas sus fuerzas, de lado, intentando soltar sus pies del fondo fangoso.
   ¡Menos mal que aquí no hay pirañas! Se rió por su suerte.
   “¡No llegarás a poner un pie en tierra seca!”
   Ya no hacía caso a aquella voz en su cabeza. Cuando pisara tierra firme y estuviera seco y caliente, se habría ido.
   Ocho pasos.
   Cada uno que adelantaba era un martirio para los dedos de los pies.
   Ya el agua estaba por debajo de la cintura y el brazo abierto enrojecía su mano y el agua. Ya el ídolo estaba tomando aire. Ya percibía el movimiento de las alimañas entre la vegetación que tenía a la vista.
   Y sonrió.
   Seis pasos.
   Se dio cuenta de que casi estaba en calzones pues tenía las perneras hechas jirones. 
   Por última vez miró a su derecha, por si aún lograba vislumbrar alguna embarcación acechadora.
   “¿Crees que les engañaste?”
   -Un buen ron es lo que necesito para volver a la cordura.
   Tres pasos.
   El agua por las rodillas.
   -¡Habla lo que quieras! ¡No te soltaré!
   ¿Por qué había hablado a la figura? ¿No estaba la voz en su cabeza?
   -Todo esto terminará en un instante.
   La playa bajo sus pies, y unos pasos más allá la hierba y las plantas que le llamaban para que echara sobre ella su cuerpo, para que colgara en ellas sus ropas.
   “¿No te das cuenta que les hiciste un favor?”
   Un paso.
   El pie en el aire para posar el talón y los dedos sobre la frescura verde.
   Ahora pesaba el oro. Lo dejaría a un lado para desentumecer el brazo que lo aprisionaba.
   Pensó, en milisegundos, que todo había sido demasiado fácil. Cuando entró en la choza del chamán, aprovechando su ausencia. Sin ningún hombre que custodiara el dios que estaba en el centro de aquella pirámide de ramas y adobe. Sin vigilancia por ningún lado. Creyendo que se había ganado su confianza después de haber extraído una muela con caries de la boca del jefe del poblado. Después de haber sufrido el regalo que le habían hecho como pago del milagro: Tres meses retozando con la hija amorfa del jefe, a la que había desvirgado en prueba de buena fe. Todo demasiado fácil.
   Hasta que aquel apreciado día en que un bocazas de la tribu le habló del ídolo de oro puro, cuyo origen se había perdido en la historia de los clanes.
  Justo el ídolo del que había escuchado leyendas de algún borracho en la tasca del marido de Susana “la refajos”.
   Y allí estuvo, al alcance de la mano, para convertirlo en el hombre más rico del mundo civilizado que él conocía.
   El instante de la última pisada. Su columna vertebral recta. Sus pies apostados firmemente. Soltaría al gordo cabezón y podría hacerse un torniquete para cortar el flujo de sangre que estaba enrojeciendo el espacio más allá de su mano derecha.
   Doblando el espinazo para liberarse del peso, ahora demasiado evidente sin la ayuda de la ingravidez dentro del agua.
    Y en el momento en que el ídolo tocó el suelo…
  …Con el remo en las manos, volteando la vista para comprobar que no le seguían. La carga era demasiado pesada y no sabía cuánto más podría resistir. Temía zozobrar y que el ídolo dorado se hundiera con la embarcación.
   ¿Cómo logró engañarles? ¿Cómo logró embaucarles?

 

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