Y lloraré, y lloraré, y lloraré hasta quedarme sin lágrimas. Y cuando no las tenga, seguiré llorando, seca la cara ya, porque aún faltará que se seque mi corazón.
Siempre a la última moda, con los últimos avances tecnológicos implantados en su marchito cuerpo. Vigilando de reojo al que osara hablarle al frágil oído.
El irritante caminar de una cucaracha sobre su pierna izquierda le valió de alarma interna para indicarle que aquella noche debería volver a casa y olvidar su enojo conyugal.