Y lloraré, y lloraré, y lloraré hasta quedarme sin lágrimas. Y cuando no las tenga, seguiré llorando, seca la cara ya, porque aún faltará que se seque mi corazón.
Siempre a la última moda, con los últimos avances tecnológicos implantados en su marchito cuerpo. Vigilando de reojo al que osara hablarle al frágil oído.
El irritante caminar de una cucaracha sobre su pierna izquierda le valió de alarma interna para indicarle que aquella noche debería volver a casa y olvidar su enojo conyugal.
El último hachazo hizo caer el árbol, para que se doblegara el bosque ante la potencia de sus brazos. Y la resina del árbol vecino rezumaba por su tronco, llorando por el sufrimiento que aquel humano iba a infligirle en pocos minutos.
Cuarteada la piel de las manos. Con dolor punzante en las simas de los dedos, el pescador tiraba de la red llena de sufrimiento. Para llevar a los suyos algo que llenara la sima de sus estómagos.
Gordita Morales era propensa a engordar más allá de lo estéticamente recomendable. Por eso, al último hombre que se burló de su obesidad, no se lo comió.