Limaba su aspereza de carácter
con piedra pómez.
Vuelvo a emocionarme pensando en ella.
Porque es lo único que puedo hacer: Pensar.
Porque, aunque noto, no sé cómo, que está a mi lado, no puedo verla, ni tocarla, ni escucharla, ni siquiera olerla.
Y pienso en ella, continuamente, para olvidarme de mi castigo eterno.
Provocado por mí mismo y mi falta de coraje.
Y pienso en ella, sin imaginar nada, solo recordando cómo era antes que yo dejara de ser.
Y en esta especie de limbo en el que me encuentro, ella y nada más, me hace olvidar el dolor continuo.
El de la pérdida de mi vida, de mi propia vida, desmerecida por mis actos egoístas.
Y me martirizo enfrentándome a mis propios miedos, a mis propios ojos que me miran con sorna e ira al mismo tiempo.
Y pensando en ella ahora me pregunto, muy íntimamente, por qué no pensé en ella antes.
Cuando la tenía a mi lado y la podía ver, tocar, escuchar, oler, y hasta saborear.
Cuando desoí sus advertencias sobre la espiral autodestructiva en la que estaba cayendo, resbalando tan precipitadamente.
Y preguntándome esto y más, me odio.
Y odio el amor que tuve por aquella vida artificial, que me ha llevado a esta vida en penumbra.
Y no entiendo por qué, pudiendo haber tenido plenitud con ella y con todos los que me amaban, preferí la destrucción.
La de mis neuronas.
Preferí el polvo blanco que ahora es negro.
Negro. Negro. Negro y profundo.
Sin fondo.
Sin salida.
Seguiré pensando. Es lo único que tengo.
En ella.
Él, el Amo, envidiaba las posesiones del que menos tenía.
Y a mí, otro más de sus siervos, me explotaba con saña.
Y la gran arcada me sobrevino. Y me acució a actuar. Pero, antes, pregunté, para intentar perdonar:
-¿A cuántos kilos de humanidad está dispuesto a fagocitar?
Y él, el amo, volvió a burlarse:
-¡Edmundo! ¡Es el mundo tremebundo sin igual!
Tanzer era un hombre solitario, de pocas palabras, de pocas acciones, que se dejaba arrastrar por la corriente de sus prójimos.
Había decidido quitarse de en medio.
Fue a la cocina a por un cuchillo. Pensó que cortarse las venas, de forma bestial, sería lo mejor. Sentiría su propia brutalidad y, en los primeros momentos de su muerte, saborearía, por primera vez, momentos de vida, la que se le iría escapando.
Cuando se disponía a darse un tajo en la muñeca izquierda, llamaron a la
puerta. Y la abrió. Y ella estaba allí.
Cuan ridículo se sentía atendiendo a la desconocida con una hoja de acero de veinte centímetros en la mano.
Yanil se mostró sorprendida por los ojos vidriosos de su interlocutor. Pensaba que se había equivocado de dirección. Y así era. Providencial fue su llegada, providencial fue su aparición ante la muerte.
-¿En qué puedo ayudarle?- dijo Tanzer, con una lágrima surcando su pálida fisonomía.
-¿Es usted el señor Ivan Ze?
La invitó a pasar a su acogedora casa. Y cambió el cuchillo por un recogeterrones cuando puso el azúcar en sus cafés. Intercambiaron impresiones vitales como si se conocieran de siempre. Y olvidó lo que minutos antes había rondado por su martirizada mente.
-Amor mío- le dijo ella a él-. Esto es un milagro. ¿Por qué he tardado tanto en encontrarte?
-Amor mío- le dijo él a ella-. ¿Por qué he tardado tanto en buscarte?
-¡¡¡Ante usted, ingenuo buscador de lo inencontrable, la razón de mi existencia… la razón de nuestras existencias, átomos en el mar de las galaxias que vagamos sin referencias de lo Absoluto!!! ¡¡¡Ante usted, lo que fue, lo que ha sido, lo que es y seguirá siendo!!! ¡¡¡Sin más palabras, ni conceptos ni fatuos propósitos!!! ¡¡¡Le presento a… El Superhombre!!!
Ante los ojos, la magia, porque así definía el entramado fantástico que le rodeaba a diestro y siniestro, y para el que no conocía explicación. Aparatos formidables, efectos ópticos incoherentes, infinitos halos vibratorios, y más, mucho más de lo inexplicable,enigmático, inconsecuente con la razón.
Hemos decidido el deicidio.
Nosotros, los dejados de la mano de Dios.
Los elegidos por la desesperanza del mundo.
Me costaba respirar.
Me costaba asumir la inhalación del aire enfermo.
Me costaba asumir que ésta sería la última vez que tendría la oportunidad de terminar mi obra.
Demasiados muertos en el mundo.
Demasiados intereses ocultos para que siguiera habiendo demasiados muertos en el mundo.
Pero la advertencia íntima llegaba y mi intuición trabajaría para lograr el objetivo.
No habría solución más extrema que la aniquilación de los que ostentaban el poder.
No cejaría en el empeño de verlos a todos muertos: La Élite terminaría fagocitándose a sí misma.
Y respiraría el mundo. El mío. El de todos. Y los Derechos serían Hechos.
Porque todos serían iguales. Menos yo.
Porque cargaría sobre mi conciencia la exterminación de la ralea inverosímil.
Y pensando, en un nanosegundo, en todo ello, me costaba respirar.