-¡Mírame a los ojos y dime lo que sé: que ya no me quieres!
La miró fijamente, durante un buen rato, sin pestañear, sin gesto alguno de complacencia o de dolor, y en un atisbo de cordura, que ella tomaría por locura, le dijo:
-Te amo más que nunca.
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Roto
Un segundo, una lágrima surcándome la cara,
incontenible en su curso me desgarra el alma.
Un segundo, pensando en cuánto falta,
es siempre lo mismo y, sin embargo, me mata.
No quiero pensar en nada, ni siquiera en ti,
porque cuando lo hago, sin tenerte aquí,
soy un esperpento, un cuerpo sin alma tremendamente infeliz.
Cúrame, cuando vuelvas, con tus besos, con tus caricias;
sabes que deseo solamente una cosa y es tenerte aquí,
pues el silencio, por falta de tu voz, de tus risas,
se hace eterno, quebranto provocado sin ti.
¡Oh, mi ser, mi esencia más pura!
¡Oh, ven pronto, y no hagas mi espera más dura!
¡Que mi alma tiene un aguante, mi corazón al final se parte,
mis oídos necesitan escucharte,
y mis labios piden a gritos besarte!
Que el Universo me mande pruebas duras,
pero ninguna como ésta, porque si se repite,
no responderé de mí, y juraré en su nombre
que tendré el espíritu siempre a oscuras.
Colores
Reflejos rotos
Los espejos quebrados y los miles de trozos minúsculos reflejando mi locura. Y allí me quedaría, esperando que llegara la noche con su oscuridad, para que la casa entera olvidara mi quebranto. Así es como le pedía misericordia. Cerrando los ojos y pisando los cristales desparramados por todos los suelos de mi vida, esperando sangrar en abundancia, para que aquella sangre voluptuosa y casi negra se filtrara en tu memoria, para que, en tu abandono, recordaras mi desgracia. Para que, en tu cobardía, el remordimiento perenne te hiciera volver algún día a alguna de mis noches llenas de lágrimas, para secarlas con el paño de tu amor.
Lo cruel
El metal se endurecía dentro de mi cuerpo y, en la trascendencia del momento, me olvidé de recordarle que tenía poco tiempo para terminar lo que había venido a hacer.
Seguía sin sorprenderme la ausencia de sangrado. Ni una gota en su hoja mellada, ni en mi camisa, ni en mi piel. Los jirones de ésta se entrelazaban y se fundían para volver a ser una tersa continuidad.
Sus ojos desorbitados eran señal inequívoca de que no esperaba aquella reacción. Aún así, siguió asestando cuchilladas en mi torso, a la par que gritaba mi desgracia, que no era más que la suya, pues en cuanto se entumeciera su antebrazo se lo quebraría, y astillaría sus huesos como palillos.
Minimicé el efecto que mis próximas palabras iban a causar en mi inepto asesino. Se permutaron en mi conciencia con un millar de posibles reacciones y el resultado de la incógnita era siempre el mismo por lo que, además de hablar, actué.
-¿No creerías que me habían enviado para perdonarte? Tu defensa será ineficaz y estéril. ¡Muere!
La hoja de acero se detuvo en la concatenación de impactos.
Y entonces, las dos partes de su antebrazo derecho en dos colgajos, y el otro brazo, seccionado desde el hombro.
Las rodillas picudas clavadas en el suelo y el cráneo aplastado en sus zonas temporales. Los ojos vaciados de su humor y los carrillos estirados cual goma de mascar.
Y un lamento, su último lamento, más bien un farfullo, un arrastre de palabras sin sentido, que sustituían lo que podría haber sido una mirada de petición de clemencia. Sin comprensión de su significado.
Y, de pronto, una ola de sentimientos golpeó mi enervación. Y creí comprender todo el dolor que aquel ser, destruido ya, debía de sentir.
Y multipliqué ese dolor por mil sufridores como aquel al que estaba a punto de exterminar, en defensa propia.
Y mis manos taparon mis oídos y sienes, pues era insoportable el latigazo eléctrico que atravesaba todo mi cuerpo.
Y recordé. Y hui de aquella fantasía inventada por mi psiquis en un arranque de autoprotección.
Y volví a la realidad.
A tu cara.
A tu desalmada sentencia, sin atisbo de misericordia.
Y el dolor infinito que había imaginado segundos antes era una burla, una nimiedad, comparado con el que sentí en el momento culminante y real, cuando se quebró mi corazón y mi alma, al escuchar de tu boca las peores palabras.
-Ya no te amo.




