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¡Qué profundo es tu amor!
Escuchando aquella canción lenta de los Bee Gees, la de los agarraditos y el descubrimiento del amor adolescente, la de la lagrimita incipiente, emocionante en su música y enigmática en su letra por no entender, aún, el idioma, pero jugando con la imaginación de lo que debía de contar el falsete de Barry el Barbas, y trayendo recuerdos obsoletos a la memoria, recuerdos recurrentes para aliviar la realidad actual circundante, asumiendo que el período de crisálida ha pasado y que hay que enfrentarse a otra emoción, a la del desquite, a la del disgusto, asumiendo sufrimientos, para vacunarse contra los que nos los van a provocar con lo mecánico, lo ritual, lo nada placentero de las rutinas.
Y prefiriendo el desconocimiento de la vida en aquel tiempo, cuando se estaba al margen de los acaeceres que pudieran surgir en la discordia existente en el mundo de los adultos.
Consejo al que no harás caso
Veo que te esfuerzas demasiado en comprobar que las cosas que te enseñan son una realidad palpable. Y no es así.
Ellos, los que enseñan, meten en tu cerebro una serie de conocimientos que no sirven para nada. Lo importante es vivir con las intuiciones, las que te han sido dadas al venir a este mundo. Solo debes confiar en ellas. Todo lo demás se hace para encontrar el placer, el del sexo o el del poder, y son múltiples los caminos que llevan a él.
Si sabes más, estás más cualificado en la sociedad y, por ello, realizas una función dada por un trabajo para el cual se te ha preparado. Este trabajo tiene como finalidad el conseguir dinero, dinero para sobrevivir o dinero para alimentar vicios distintos. Y para conseguir mujeres u hombres, si se está en la edad, o para conseguir poder, por no estar en la edad para conseguirlos por ti mismo.
Yo te aconsejo, pues, que no caigas en esta degradación. ¡No aprendas!
Mi discernir
Verbo: No tener
El empuje (Reflexión personal)
Estos días estoy autoconvenciéndome de que todo en mi vida va a salir bien, porque harto ya de sobrevivir cada segundo de la misma, quiero vivir. Hoy mismo me ha dicho la persona que más quiero en el mundo que me fuera a un espejo y reconociera, mirándome a los ojos, que soy una persona negativa. Y yo, luchando continuamente para ser positivo y mostrarme a los demás como positivo, no he ido al espejo y me he dicho que es hora de vivir, vivir porque la vida merece ser vivida. Y eso lo confieso porque, aunque a veces casi me convenzo de que la vida no es fácil, ni la supervivencia es fácil, nosotros tenemos el poder de liberarnos del ancla que nos la hace difícil. ¿Por qué no intentarlo? Quiero ser uno de los privilegiados que vive la vida, no que la sobrevive. Poco a poco… o mucho a mucho.
Autofoto en Copacabana (Bolivia), 29 marzo 1994
Rabioso
A cada uno
¿Qué esperó el pensamiento?
La palabra perfecta
Recuerdo aquel personaje de aquella novela en que el sufrimiento, por no encontrar la palabra perfecta para comenzar una historia escrita, le llevaba a la desesperación. Lo recuerdo porque, a veces, le envidio. Como envidio, sanamente, a los que pintan, a los que componen música, a los que, en definitiva, logran crear belleza.
Como aquel personaje de aquella novela, sufro a veces por no encontrar la palabra correcta para comenzar una historia. Por la mente desfilan cien mil que no encajan con los sentimientos que anidan en mi corazón. Y a veces abandono el intento de crear algo por no luchar, por no aceptar sufrir.
Sé que no soy un buen escritor. Es más, creo que ni siquiera puedo considerarme como tal. Soy un pobre desgraciado que intenta plasmar ideas en un papel antes de que estas se olviden.
¡Tengo tantas ganas de comenzar a escribir algo verdaderamente sincero! Sincero conmigo mismo, sobre todo. Porque si me traiciono a mí mismo, ¿qué soy?
Algún día lo lograré. Encontrar la palabra perfecta. El sentimiento y pensamientos perfectos ya existen, pero transmitirlos ¡es tan difícil!
Dijo un gran filósofo lo de sólo sé que no sé nada. Yo, además de no saber nada, ni esa ignorancia sé expresarla.
Pobre de mí que tengo tanto que decir y no sé hacerlo.
Cuando leo historias escritas por otros, me encuentro conmovido por su facilidad para hacerme sentir vivo, para transformarme en otras personas por algunos instantes, por llevarme a sitios que nunca visité ni visitaré, por transportarme a otros tiempos que siempre quise experimentar. Es maravilloso crear. Lo digo ahora y lo diré siempre.
Es estupendo encontrar la palabra perfecta. La tengo en la punta de mi pluma. A punto de salir. El rompecabezas de mis sentidos se compromete a forzar la situación.
La palabra perfecta es…
¡Maldita sea! Ha vuelto a escapar.
Volveré a sentirme inservible. Volveré a sentirme incapaz de hacer ver a los demás que puedo ayudarles.
Pero, en definitiva, soy lo que soy, y ya escribiendo esto hago un esfuerzo por definirme.
Sé, en el fondo de mi ser, que la única palabra perfecta es… AMOR. No hace falta que ni la escriba. Basta con que la transmita.
Recuerdo, entonces, a aquel personaje de aquella novela que también supo, a tiempo, que AMOR era su palabra buscada.









