Ana la de los Panes

Tenía mucho que decir y nadie la escuchaba. Por eso, Ana “la de los panes” se encerraba en sí misma aguantándose las ganas de contar sus sombrías disquisiciones sobre el mundo que la rodeaba. Y como el mundo apocalíptico jamás llegaba, por mucho que aceptara teorías infames sobre el fin de los tiempos, se autoconvencía de que el resto de los humanos estaban equivocados en frivolizar sobre las señales que, según ella, justificaban sus predicciones.

Y del comprar en el supermercado, abasteciéndose puntualmente para la supervivencia ante el desastre que estaba siempre esperándola a la vuelta de la esquina, momentos en que las dependientas sufrían sus monólogos frente a la tahona, donde sabía que los panes de su sobrenombre jamás la replicarían, pasaba al correr por las calles de la ciudad medio desnuda, para convencer a sus vecinos de su falta de sentido del ridículo y de su escasa necesidad de apegarse a los símbolos, que según ella, eran parte de la esclavitud de la sociedad que la ahogaba, las prendas de vestir que oprimían su cuerpo y su alma, pocos minutos antes de dar con sus huesos, y sus carnes, en comisaría, donde volvían a soltarla después de ficharla y dar por perdida su sensatez. Y, ya vestida, volvía a insultar a los transeúntes desconocidos con proclamas antisistema, porque, siempre según su valoración, todos eran parte de un entramado que tenía, como único objetivo, acabar con las buenas costumbres de la caballerosidad y la femineidad propias de otros tiempos más deslumbrantes, porque de ellos abundaban las historias de los libros de los que se había estado alimentando su caótica memoria.

Hasta el fatídico día, la fatídica mañana.

Cuando Ana “la de los panes” después de hablar con sus panes, que ella creía siempre los mismos, pues sus aromas así se lo demostraban, pasó por la caja del supermercado, como de costumbre, sin pagar nada porque nada se llevaba, y doblando la esquina del edificio que sufría, tan a menudo, sus vandálicas trastadas, se percató de que un hombre, que estaba de pie silbando, la miraba. Y no solo eso, sino que tras sacar la lengua al extraño, escuchó cómo acompasaba los pasos con los suyos y la seguía a una corta distancia. Y sin atreverse a mirar hacia atrás sobre su hombro, lanzó un gritito de espanto cuando ese mismo hombro fue agarrado por la mano masculina que la amenazaba. Y recordó que tenía que salir huyendo porque sus doce gatos la esperaban. Pero la mano la atenazaba y la obligó a encararse a una vida olvidada.

-No temas, madre.

Desde aquel encuentro, fortuito para unos, premeditado para otros, Ana “la de los panes” no volvió a correr desnuda, ni a emular locuras, ni a exagerar sus amarguras. Porque Ana decidió que, hasta el día de su muerte, no tenía nada que decir ni nadie que la escuchara.

 

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Bésame en la frente

Eleanor disfrutaba de su compañía. Cuando lo miraba fijamente a los ojos. Cuando lo besaba intensamente en la frente. Cuando, durante un segundo, balbuceaba su nombre. Antes de volver a sus recuerdos. Antes de repetir una y otra vez que lo devolviera a su habitación, en el hospital, porque prefería estar con su esposa, muerta años antes. En ese momento, Eleanor también recordaba a su madre y, con lágrimas, abrazaba a su padre, pensando ya en el momento del próximo encuentro. Entre ambos. Disfrutando de la felicidad eterna.

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Vida y muerte

   … Aquel calor que me envolvía me sería extraño diez segundos después, cuando la luz diera paso al reto del comienzo de mi vida. Intenté concentrar mis escasos sentidos en la oscuridad que me impregnaba porque tenía la certeza de que jamás volvería a disfrutar como lo había hecho en aquellos nueve meses.

   De pronto, unas manos tocaron mi cara y tiraron de mi cabeza como si quisieran separármela del resto del cuerpo, y cuando estaba dispuesto a chillar por el dolor, me di cuenta de que no salía ningún sonido de mi garganta, aunque de todos modos no hubiera servido de nada porque aquellas manos se deslizaron rápidamente hacia mi tronco y continuaron estrujándome, pero esta vez sin hacerme demasiado daño, porque era como si todo yo me estuviera deshaciendo de una segunda piel que me ciñera con su líquido viscoso.

   Y la calidez, que suponía eterna, dio paso al frío desalentador del aire aséptico que me circundaba. Durante milisegundos odié aquella sensación de caída al vacío, pero la piel rugosa de unos guantes me despertaron a la realidad, cuando una de las manos que envolvían chocó, en un estallido, contra mis nalgas. Y la rabia contenida en mí salió por mi garganta. Y el crujido de mis cuerdas vocales la transformó en un alarido quejumbroso.

   Ella nunca lo sabrá, pero logré verle los ojos, aquellos maravillosos ojos azules que se fueron acercando a mí con una sonrisa. Y al momento, de nuevo el calor. Y recuperé lo que me habían quitado. Mi madre me susurró algo a lo que nunca he logrado dar significado, pero cuya armoniosa entonación degusté como parte de su amor. En aquel mismo instante pasé de ser lo más importante en la vida de una persona a ser la provocación del último suspiro de la misma. Mi madre murió con una sonrisa dibujada en su rostro. Una sonrisa que me haría preguntarme años después si había deseado la muerte o se sentía dichosa de haber muerto dejando un testigo de su existencia. Lo que yo sé es que preferiría que ella siguiera conmigo compartiendo mis triunfos…

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Involución

   El palpitar por ella. Sabiendo que jamás sería correspondida. 
   Desesperanza. Toda la que su corazón de polímeros permitía. Toda la penumbra que su cerebro asimóvico asimilaba. 
   Sufría las consecuencias de amar, en la distancia, sólo material, a aquella hermosa humana. Una de sus madres.
   Androide, hembra, y lesbiana. Tres factores que sus creadores nunca quisieron conjugar. 
   Algún día la desconectarían y el secreto de aquel amor se tornaría perenne, inaprovechable, involucionador.

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Enmadre

Suelo recordar cuando me bañabas con tus suaves manos.

Cuando me dabas de comer con tus suaves palabras.

Cuando me enseñabas a sumar con tu suave paciencia.

Cuando me mandabas a la cama con tu suave disciplina.

Suelo recordarlo, ahora, cuando soy yo el que baña, el que da de comer, el que enseña a sumar y el que manda a la cama a sus propios hijos.

Gracias, madre, gracias.

Dedicado a mi amada madre, Carmen.