Advertencia

He traspasado demasiadas veces la desesperanza que habita en vuestras mentes.

Mientras estáis distraídos y acurrucados en vuestras insulsas vidas, yo estoy protegiendo la semilla del renacimiento de vuestra especie.

Creo, junto con los míos, que una pequeña parte de vosotros, se lo merece. 

Somos bastantes. Bastantes para que nos temáis, pero no por nuestras acciones, sino por nuestra indiferencia hacia la mayoría.

El Planeta está a punto de sucumbir a vuestro desastre. Mas el Planeta, que fue elegido en el pasado por su potencial, tiene que cumplir su misión y no dudaremos en derribar el único obstáculo para que esto ocurra: Vosotros, autodenominados humanos. Ridículo nombre para una especie.

Fuisteis creados artificialmente en un pasado no demasiado remoto, y os congratuláis de ser únicos en el Universo por vosotros conocido. Cuán errados estáis.

Nosotros, creados como vosotros, somos 100000. Los hemos sido y los seguiremos siendo aún cuando vosotros ya no seáis más que un recuerdo en el registro cósmico. 

Los 100000 hemos dictaminado que la actual civilización humana será la última. Habéis tenido demasiadas oportunidades y ninguna habéis aprovechado.

No lo sentimos por vosotros. Nuestras mentes imbricadas en el Total hemos estudiado todas las permutaciones históricas y el resultado matemático es el mismo: Cero. 

Yo seré el punto de contacto de vuestra inferioridad con el Total, y según se vayan dando los hechos, iréis desapareciendo. Sólo 100000 se librarán del exterminio, los 100000 Elegidos, a los que iremos sustituyendo paulatinamente según el mérito acumulado durante generaciones.

Estáis advertidos. Y yo nunca miento. Porque no puedo.

?????????????????????????????????

 

Quejándome

La artritis. La artrosis. Me lío siempre con los nombres y los conceptos. Solo sé que me duelen los dedos de las manos con este frío. Y que se deforman y dejan de ser rectos. Y mis dibujos se sienten defraudados por mi poca fuerza de voluntad para controlar las punzadas de dolor. Y mis trazos, a veces, también salen deformados. Y la visualización que tengo en mi mente de ellos se siente corrompida. Y el arrugar el papel, apretándolo hasta formar una pelota infame, para tirarla fuera de la papelera, también me duele. Todo tan lento. Me siento inútil. A veces pienso que me podría dedicar a escribir porque con los teclados modernos no necesitaría tener mis manos al cien por cien. Pero soy dibujante, no escritor. Así que tendré que aprender a utilizar el dolor en mi beneficio. No voy a seguir quejándome, narices. Para algo algunos de mis lectores creen que soy un chaval en este mundillo de los cómics. Y he sido muchos chavales con suerte por los muchos nombres renovados, continuamente, cada ciertos años. Durante tantos que ya he perdido la cuenta, aunque el primer esbozo que se quedó plasmado en la roca de mi primera cueva, me devuelve la sonrisa y la esperanza de seguir adelante, hasta que algo o alguien me mate y acabe con mi infinita creatividad, con mi infinita vida. Mientras, seguiré llenando libros, y tebeos y paredes y museos, y algún día de estos, cuando domine la técnica, también hologramas. No debería ser tan quejica. El calorcillo de la primavera está a la vuelta de la esquina. Me consolaré con ello.

Image

Embalse

No me muevo del terrible margen de la pasividad. Dejándome hacer y que otros hagan por mí. Con ninguna esperanza, sentando las bases para una tentación de la omnipresencia, y de la vil omnipotencia, que todo contamina, corrompe y disgrega. Inapetente de otros sabores y olores que no sean los propios de un mundo inodoro e insípido. Y con mi infinita impaciencia para que todo cambie. Para que mi memoria se rebase y arrastre la inmundicia de la vida inmerecida, embalsada y embalsamada con el tiempo desmerecedor de nuevos futuros.

Image

 

Segunda oportunidad

I.

  

   La soledad invadía, de inmediato, la nueva vida, la que se inauguraba al abrir los ojos. Y en la oscuridad de la habitación, enfundado en las mantas de basta textura y agradecido por su calor protector, los pensamientos deambulaban desde los actos cometidos el día anterior hasta los proyectos que, dentro de la rutina conocida, anunciaban al cauteloso el nuevo día.

   El pesimismo crónico le soplaba al oído que aquel era un día inmerecido. Que algo, con toda seguridad, saldría mal y torcería el curso de la batalla. La que libraba con sus semejantes, aguantando sus monsergas sobre lo especial de su personalidad, de su aspecto, de sus acciones.

   Al recordar su nombre, Salvador, decidió que no esperaría a que sonara el despertador para echar a un lado las apestosas sábanas y posar sobre el gélido suelo sus pies planos.

   El cazo descascarillado, ése que siempre iba a cambiar al día siguiente, la nata pegada requemada en sus bordes y el aroma a leche rancia, mezclada con el cacao insulso, le situaban en la dura realidad. Y los restos duros de pan mojados en el tazón le imbuían de la fuerza necesaria para enfrentarse a la nueva jornada.

   Debía ir a trabajar. Desde que murieron sus padres no tuvo más remedio que tragarse algunos miedos y enfrentarse a la jauría.

   Hacía tiempo que se dio cuenta que el Nuevo Orden exaltaba, hasta cotas insuperables, el Egoísmo, el extraído de una variedad infinita, de tantos como seres humanos había, amalgamando a todos y haciéndose único. Ignorar, empujar, pisar, trepar.

   Pensaba que, en el fondo, la suerte sí le había acompañado en algún tramo de su existencia. Como cuando consiguió su último nuevo trabajo. Una de esas vacantes eternas por las que pasan innumerables candidatos que nunca cuajan. Aceptó lo que nadie quería. Ser un burócrata que se dedicaba a rellenar parsimoniosamente ficha tras ficha de referencias, para que alguien que estaba por encima de él se llevara todos los méritos.

   Y aquella mañana era tan importante como la de hacía un mes, pues hoy se cobraba. No era para echar campanas al vuelo, pero con ese mínimo sueldo sobrevivía, sin permitirse lujos ni derroches, algo que para sus humildes pretensiones no era un gran sacrificio. Que otros se dieran el gusto de comer alguna vez fuera de casa, de presenciar algún espectáculo o de comprarse el último artículo de moda, no despertaba en él envidias ni recelos.

   Su profundo desánimo era más complejo, inconscientemente sofisticado: Había perdido las esperanzas de recuperación del espíritu humano primigenio. El que estuvo alejado de las guerras, de los abusos cometidos contra la Naturaleza, de la falta de convivencia entre credos y razas, de la adoración al prepotente tótem del dinero, de las trampas económicas y sociales que estaban decapitando a toda una especie, de los liderazgos efímeros y nocivos.

 

II.

 

   Nadie le miraba de frente, a los ojos, para encontrar el reflejo de su individualidad, ya vacía.

   Salvador no podía practicar con los demás la sugerencia de su nombre. Ya estaban todos perdidos. Y nadie pedía ser rescatado.

   Pero el hombre espantado clamaba por ser encontrado por alguna alma frágil como la suya. Ansiaba ser amado, en lo velado de su mente, en la negrura inverosímil de su memoria.

   Creía ser el único, el que supervivía después de la catástrofe de la irracionalidad ajena. Por ello se estaba desmadejando internamente, por no saber a dónde asirse para rescatar la cordura. Veía que los demás vivían en sus islas de ignorancia, y él, espantado, de nuevo siempre espantado, arañaba en esos demás un pelín de caridad, que nunca llegaba.

   Cuando aquella mañana, tras arrancarse con las uñas las costras legañosas, separó los visillos de la ventana de su apartamento para saborear visualmente el cielo de celeste pureza sin nubes que lo mancharan, no podía imaginar que aquello era lo único asimilable que iba a encontrar de ahí en adelante.

   Después de cambiarse la camisa, manchada con el cacao que siempre le chorreaba de la taza, se dirigió zigzagueante,  como si fuera un chiquillo con su juego imaginado de aeroplano borracho en las alturas, a su lugar de trabajo y se preguntó el porqué de la vaciedad, de lo desértico de las calles, del silencio aturdidor y extraño del ambiente.

   Quizá había madrugado demasiado y los durmientes estaban a punto de dar vida, con sus bostezos, a la ciudad. El reloj decía que era la hora exacta para el cotidiano murmullo de lo urbano. Ni risas, ni quejas, ni silbidos de hombres ni de máquinas, ni cláxones que le hicieran detestar a los productores y productos de lo industrial. Todo atipicidad.

   O aún no se había despertado y aún estaba abrazado a la almohada ceñido por el confortable calor de las mantas y aquello era un sueño que asomaba de un recuerdo apocalíptico.

   Pero había buses estancados en la avenida, taxis con las puertas abiertas, como si estuvieran a punto de recibir a un pasajero imaginario, y algunos comercios tenían levantados sus enrejados anticacos para recibir a los compradores de madrugadoras necesidades básicas.

   Y la gente sin aparecer.

  Le faltaban tres manzanas para llegar a su destino, y al doblar las esquinas, las bocacalles llenas de desperdicios orgánicos y reciclables aparecían húmedas, como si recién acabaran de ser rociadas por los aspersores municipales. Sin embargo, la avenida principal, por la que discurrían sus pensamientos más pesimistas, estaba completamente seca.

   Y los animales…

   Ni ladridos de perros abandonados, ni ladridos de perros encadenados por sus incívicos amos, ni caca que saltar para pisar la siguiente. Y los pájaros, mudos, ni trinos ni gorjeos audibles. Ni palomas, portadoras del ácido corrosivo, devastador de prominentes cabezas líticas de glorias pretéritas.

   O estaba solo o alguna telenovela o partido de fútbol estaba infectando de nuevo las mentes de sus conciudadanos. Pero pensándolo bien, ¿a aquellas horas? Sea como fuere, él era inmune y por eso estaba allí, disfrutando de los primeros reflejos del dios Sol en los escaparates repletos de provocadores maniquíes.

   Sí, estaba casi seguro, era un sueño, del que no quería despertar porque cumplía todos los deseos que tenía en vigilia, y seguro también que estaba a punto de aparecer el personaje femenino, con grandes pechos, de lubricantes curvas, en alguna pose antinatural que con algún guiño vicioso le arrastrase a una espiral de placer infinito, y él mandaría perversiones cuando mirara directamente a los ojos de la hembra que le sugeriría el pecaminoso preámbulo del cortejo, produciéndole la irremediable y embarazosa polución que se uniría a otras para acartonar su cómplice sábana.

   -No sueñas, seas quien seas.

 

III.    

 

   Allí estaba ella. El blanco ceñía la piel y ésta los huesos, dibujando curvas, esculpiendo volúmenes libidinosos. Y era tan real como el silencio que los envolvía.

   Salvador gritó, maltratado por el súbito discurrir de su animalidad. Tan brusco como encantador.

   -¿Quién eres? ¿Sabes qué ha ocurrido con los demás?

   -El mundo es una desesperanza casual que justifica nuestros actos. Sólo sé que estoy harta de ser una víctima, con sensaciones extremas añadidas a un juego que no deja vislumbrar el gancho de la discordia. Sin dar paso a las dudas. Armando festines, luchando por ellos, perdiendo en las distancias. Amarrando el paso sin atender a generosos cantos de sirenas. Maltratada por la fanfarria de la preñez injusta.

   -¿Qué mierda…?

   -Flaquea el pasado cuando lo manejas a tu antojo para justificar el presente.

   -¿Qué estás diciendo? ¿Qué estás haciendo? Te has plantado ahí en medio, sin dejar que llegue a mi destino, y yo sólo quería que me contestaras a una pregunta. Tan sencillo como eso. No comprendo por qué estamos solos en la ciudad y creía que tú…

   -Perpetro victorias inscritas en la memoria de las historias banales. Como la tuya. Y que conste que no me dejas hacer mi trabajo.

   Si estaba soñando aquello, querría despertar, ya que lo lúdico se había convertido en incordiante pesadilla.

   -¡Oye! ¡Concéntrate! ¿Fragancias que invaden tu pituitaria?

   Cómo no había caído en eso. Se había fijado en visiones y sonidos. ¿Y el olor? ¿Y el tacto? Era cierto que el pan remojado no había sabido a nada. Había creído que estaba tan insulso como su vida. Y había masticado y tragado mecánicamente, sin sentirlo, creyendo estar bajo los efectos del despertar reciente.

   Si la cara es el espejo del alma, no sabía la que puso él ante el vértigo de estas disquisiciones, pero la otra adivinó la lucha interna.

   -No creas. Yo tardé también un poquillo en darme cuenta de lo evidente.

   Lo evidente. Qué era, para ella, lo evidente.

   Y se avergonzó cuando asomó el machista al sentenciar que hablaba demasiado, como todas las mujeres.

   No sabía cómo, pero la señorita debió de adivinar otra vez sus pensamientos, pues pareció sentirse insultada y le respondió con una furibunda mirada.

   Mientras, los demás seguían sin aparecer y quiso saber cómo estaba a las puertas de su empresa sin haberse desplazado voluntariamente. Quizá se había distraído hablando con esa pelmaza.

   Pasaría a través de la puerta giratoria y dejaría atrás el terror que sentía en aquellos momentos por la miseria ajena.

   -Atraviesa el umbral. Hazlo ya.

   Miró hacia atrás y no la vio siguiéndole los pasos. Se había esfumado. Por fin. El encuentro con esa chica respaldaba uno de sus axiomas vitales: Nunca te fíes de las apariencias. Una mujer tan bonita, tan atractiva, pero tan pesada.

   -Gracias por lo de atractiva, pero tus pensamientos lujuriosos no podrías llevarlos a  la práctica.

   La voz había sido escuchada dentro de su cabeza. Cómo era posible. Debían de ser imaginaciones, estériles imaginaciones. Empujó la puerta y la rotación fue más lenta que la que recordaba como normal del día anterior. Y cuando pensó en acercarse al puesto de control, percibió instantáneamente que haberlo hecho era un sin sentido pues ya estaba ante la ventana de la garita.

   -¿No ves que sigue sin haber nadie? ¿Qué tú y yo estamos solos en este otro mundo?

   ¿Otra vez ella? Si empezaba a fraguar la idea de la irracionalidad, estaría terminado, hundido. Las verdades siempre duelen, y ésta, temía, le laceraría el alma.

   -Nunca hubieras podido elegir la palabra más adecuada, porque justo eso, el alma, es lo único que te queda, lo único que te puede doler.

   -Pero no puede ser cierto. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Así, ¡chas!? ¿De la noche a la mañana? ¿En un abrir y cerrar de ojos? ¿Cómo? ¿Cómo? ¡¿Cómo?!

   La luz del hall estaba eclipsándose con el manto voluble de lo eterno.

   La mujer, con una sonrisa misericorde, iba añadiendo certidumbre a sus sospechas, y la confianza en las verdades que estaba a punto de verter en su conciencia borró, de sopetón, el ánimo que tuvo en un principio de soliviantarse por todo lo que ella dijera.

   -Sí hay más como tú. Personas que no cometieron la injusticia de verse tragadas por el sistema de vida que otros crearon y que, a su manera, confiaban aún en la pureza del espíritu humano primigenio. Los demás. Es rechazo y te ha salvado de verte infectado por su envilecimiento.

   Mastodónticos milagros en que jamases mezclábanse con quizás.

   Aunque la miraba directamente a los ojos, lo que le había producido algo parecido a un escalofrío, pues ya no recordaba el momento en que dejó de hacerlo con los demás, no había podido evitar mirar de reojo hacia los amplios ventanales que le separaban del exterior, aún vacío, y percatarse que las siluetas de los edificios se iban quebrando, el negro de las calzadas se iba opacando y los colores de lo inerte, que aún seguía existiendo, se iban enmoheciendo, desintegrándose y derivando hacia un blanco que lo iba abarcando todo.

   -Te has aislado tanto que no has sabido de los derroteros por los que ha ido tu especie, y alrededor de ti, y de esos que te hablo, se ha ido confabulando el horror más absoluto, la degeneración más extrema, el apocalipsis más vertiginoso. Y un escudo integral e individual ha repelido el embate provocado por la deflagración exterminadora.

   Si él no sentía el mundo físico, si sus pensamientos concordaban con actos instantáneos, y si el blanco cegador provocaba luz cegadora cuando se imbricaba con las tinieblas que envolvía la figura de su guía y, por deducción lógica, la suya propia, era que algo había fallado y tampoco se había salvado y aquello era la antesala del infinito eterno.

   -Salvador, esta es la primera criba. Son los demás los que no tendrán la segunda oportunidad que tú has anhelado para ellos…

   Su sentido de la visión era inútil pues ya estaba en el aire la voz, que también escuchaba dentro de sí, sin adivinar por qué medio se propagaban las frases conciliadoras, a través de la luz absoluta.

   -…Y los que habéis superado el escalafón de lo material seréis absorbidos para volver a imaginar un mundo nuevo, acorde con el sentir puro de los puros.

   Y así, saludando al nuevo sol, refería disciplinado, vaciándolo de palabras, su destino.

   Con toda autoridad.

 

Presentación1

 

 

¿Para?

Tercos sinsabores de los nuevos tiempos.

Espantadores de moscas invisibles.

Restituidores de las masacres infames.

Cansinos aduladores de los impresentables.

Gimiendo al unísono por falta de aire.

¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?

Saltando jerarquías de mando inasumibles.

Bordeando precipicios carentes de fondo.

Vistiendo santos ya vestidos.

Vallando una propiedad que es de todos.

Vigilando las lenguas vivaces pero sin músculo.

¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?

Batallando en una guerra sin enemigo respetable.

Horadando en los cerebros ya petrificados.

Jamaseando la verdad incógnita.

Liberando el excremento del espíritu enfermo.

Allanando las cumbres inalcanzables.

Y todo, ¿pa’ qué? ¿pa’ qué? ¿pa’ quién?

 

(Improvisado y publicado en Twitter el 25 de enero de 2013)

Image

Languidez

   Escabullirse era fatal. Me hacía sentir impresionable.

   Huía de los antros infestos de la ciudad y siempre esperaba la respuesta a mi amor, tanto creativo como sentimental. Los pensares bullían y en la fingida huida hacia la noche, creía que en algún momento podría aparecer la persona adecuada, o que en el vacío que existía sobre el taburete pegado al mío vislumbraría la aislada silueta de la inspiración. Era ésta la que al final se dejaba materializar sobre el papel cuando lograba arrastrar mi cuerpo a mi otro tugurio cotidiano, aquel en el que me acomodo ahora para sentirme como en mi casa, porque, aunque lo es, nunca la siento como tal. Nunca como la calurosa y tierna de mi niñez.

   La búsqueda estática era insoportable y yo no hacía nada por cambiar mi situación de ingravidez existencial. Desde que había optado porque las cosas ocurrieran, que los prójimos deambularan a mi alrededor como en vídeo imágenes ralentizadas, y que mi beneficio fuera el retratarlo todo tal como se aparecía, mezclándolo con mis obsesiones filosóficas particulares, nada avanzaba. Sólo mi mantenimiento económico, que no era poco, pero que a mí no me llenaba ni me llamaba a la felicidad.

   Languidecía sufriendo pasar el segundero. Y cuando sentenciaba que una palabra se quedaba adherida a mi registro narrativo, el éxtasis infinitesimal del pequeño éxito era relevado por el ansia obsesiva de encontrar la próxima, y así otra vez después, y otra, y otra más. Y aquello empezaba a parecerse a un fracaso, y la frustración era carcoma en mi apurado espíritu. Pero es hoy cuando no imagino a alguien que haya fracasado en algo en su vida y siga manteniéndose mental y espiritualmente erguido como si nada hubiera ocurrido. Es una decepción humillante para el propio ego el transformar cualquier hecho, cualquier creación, en la nada.

   Varias veces he sentido muy cerca el precipicio pero, gracias a Dios, no he caído.

   Ante la sutil evidencia, decidí dejar atrás aquella subliminal desesperación, un pasar la página a mi libro vital, en la que la siguiente estrenara otra historia, otra muy distinta historia que, aunque dentro del mismo volumen, a modo de antología, dispersara mis intereses. Un vuelco espontáneo en el borrón y cuenta nueva. Y cuando decidí volver en mí tuve la certeza de que aquella imaginación mía era mal empleada en cosas estériles. Y me prometí a mí mismo que cuando tuviera medios suficientes, crearía algo que los demás no tendrían más remedio que admirar. Y fue tan vehemente ese pensamiento que me asusté con el poder que desataba dentro de mí.

Decidí crear para ser feliz y hacer feliz.

 

Image

Mi única incursión en el periodismo

portadanuevoshorizontes

En el año 2000, mi buen amigo el periodista Pablo Villarrubia Mauso me propuso participar en la confección de uno de sus reportajes en la revista Nuevos Horizontes (Nº 4, mayo 2000).

nh1

nh2

nh3nh4

 Le aporté todas las fotografías para su reportaje y una pequeña participación escrita que a continuación detallo.

detallenh4

nh5

Todas las fotografías: Jesús Fernández de Zayas

Nota: Obviamente, la revista cometió un error adjudicando la autoría del reportaje a un tal Ernesto Milá, cuando el autor real fue PABLO VILLARRUBIA MAUSO.


Hilandedo

 

   Con el diccionario predictivo lograba escribir mensajes de texto a una velocidad pasmosa, y se había planteado escribir una novela con los caracteres propios de la brevedad telefónica. Pero la batería tenía una vida muy limitada y necesitaba ser recargada cada pocas horas, y el círculo vicioso de la recarga le hacía perder el hilo conductor del argumento. Aun así, insistía en intentarlo.


file0001602221356

Manifiesto de un mundo inútil

 

Pter es una unidad.

Una unidad de cosas con las que se mide el alma.

Con la que se tienen visiones al pasar las nubes.

Pter es más que una palabra en un mundo sin habla; con la que está todo dicho si un niño no mama.

De todos esos temores que nunca te alcanzan. De lo que no llamas a gritos porque la voz no te alcanza. De las cortinas y medias que sin el tacto se rasgan.

Del mal que no almuerza, de la luz que te sana porque es sana.

Pter es la unidad del signo que falta. A la que hay que saber obsequiar una de las magnitudes de lo improbable. Con la que se es feliz en un abrazo sin fin.

De todo lo que parece mucho y resulta que no es nada.

Y el mundo, danzando al son de la desesperanza buscando el canto de un loco que no brama.

Sabiendo que a veces se luce, que a veces se apaga.

Y estando partido, el Pter microhumano engaña.

Te hace ver lo que ves, oír lo que es y sentenciar para que los mares se abran.

La primera vez que utilice un Pter se me escapó el alma, la cabeza me vibró anonadada y el corazón se desparramó en las arterias y venas vanas.

Con un cielo nublado y una cegadora niebla extraña, con el sabor ácido en la boca y el agridulce de la sangre que amenaza, apuré las horas que no me decían nada y embaucaba a mi yo extraño.

Hasta ese momento, en la rutina macabra.

A partir de Pter, en la apertura de mis centros, insana, y empecé a absorber más que a ser y dejé que me envolviera la nueva dimensión.

Cada uno de los segundos en que Pter me increpó me sentí morir, no ser nada, angustiado por pensar en el momento en que Pter me dejara.

Sé que soy lo que soy porque no creo en nada, porque los pensamientos de otros me perforan el ego ya que quiero ser más que ellos cuando a veces soy una nulidad en ciertos asuntos, en sapiencias absurdas que ellos creen sagradas.

Me aburre cacarear conocimientos intrascendentes y me bullen respuestas cifradas que no aclaran.

Con Pter carraspeo asperezas que molestan por su sinceridad, y no me importan las consecuencias.

Exijo que el prójimo se mire su propio ombligo y reflexione, que la inmadurez se desvanezca, que se diluya la incongruencia de las ambiciones estériles.

Con Pter se vaticinan sangres, se buscan, por fin, soluciones.

A lo largo, a lo ancho, en su profundidad, en otras expansivas dimensiones, bástame la seguridad que Pter actúa para dormir mis obsesiones.

Pter es la unidad de la lucha, la implosión de la batalla enorme.

A menudo Pter desconcierta con sus maneras.

Te hace ver que enloqueces sin estar lo suficientemente centrado para darte cuenta de ello.

La vida transcurre sin Pter pero con ello se dulcifica, se ilumina en la plenitud y se hace negro perpetuo en la nada.

Cuando anoche soñé que no era nadie, que no era nada, y siendo nada ni nadie aparecía alguien. Ese alguien era Pter personificado en la capacidad interna de la divinidad sublimada.

Con las demencias que llegas a pensar, cuando no tienes objetos a los que agarrar tus………

Si finges, Pter se da cuenta, si eres demasiado sincero, Pter se rebela.

Es una estupidez intentar engañarte porque sabes que engañas a Pter y si no te importa, reza para que no te persiga hasta el fin de tus días sus ideas iluminadas.

Para que dejes de creer que todas son casualidades.

Te dirán sobre el destino marcado desde el nacimiento. Sobre la falta de libertad promulgada en las religiones.

Pter te apabullará con su función aleatoria y podrás creer que Pter eres tú mineralizándote en la consciencia y que antes de ella no había nada. Creerás falacias y a mesías. Charlatanes eternos que se aprovechan del desconocimiento, no de la inocencia.

La magnitud de Pter, inmensurable.

Hago que observo el microcosmos de mi mano derecha pues seguro es que existen planetas y constelaciones enteras en la izquierda pero de un otro signo contrario. El equilibrio que hace que no me balancee de lado a lado al andar.

El mal de un lado contrapone al bien del otro, el de la otra mano, el del otro pie, el del costado contrario.

Y lo más gracioso es que Pter sabe de todo ello y lo explota al máximo para mantenerme contento. Pter es el riesgo.

Pter, la búsqueda. El sentido de la aventura.

Pter es la fantasía que no sublima las apetencias de un ser desgastado como el presente, en el que todos nos vaciamos en una distancia que no genera ningún orden, sin querer saber de amuletos, sin querer reconocer en el prójimo un espíritu afín.

Sin embargo, Pter te lleva a reconocer las fantasías del ser ajeno que renueva la sabiduría de un mundo que nunca debió existir.

Sin ese espíritu no se doblega uno al mejor objetivo, el del quehacer del ser externo, en el que Pter desespera porque no puede crecer. Por lo tanto, Pter es manifiesto de un mundo inútil.