Mis archimaldiciones

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los opresores del mundo.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los privilegiados que han conseguido sus privilegios a costa de otros.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que no permiten ni la igualdad ni la justicia ni la libertad.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que creen que tienen derecho a todo pisando los derechos de los demás.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que no tienen ni dignidad ni respeto ni conciencia ni consciencia.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que no aman la belleza de este mundo y hacen todo lo posible por destruirla.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que no respetan la vida de las otras especies.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que  se escudan en tradiciones estúpidas para comportarse como estúpidos energúmenos.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que creen que pueden apagar la luz interior de los que la tienen.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que no se dejan amar.

Mis archimaldiciones más profundas e hirientes a los que no aman.

Mis archimaldiciones…

 

 

 

Yo Denuncio

Religiosamente bienhallado.

Religiosamente maniatado.

Religiosamente amordazado.

Religiosamente apaleado.

Religiosamente deshonrado. 

Religiosamente invadido por la carne extraña de uno de los siervos de Dios en laTierra.

El pecado de la provocación, por ser inocente y puro, debe ser castigado.

(Nota del autor: No es mi intención atacar las ideas religiosas de mis lectores. Sólo denuncio, de una forma literaria, un hecho constatado, y reprobado por la mayoría de los integrantes de la Iglesia Católica)

Toda su vida

 

   Le esperó tanto tiempo que creyó que lo había malgastado cuando apareció, en la fiesta, con otra. Pero no era así.

   De pronto, cuando la miró a los ojos, se iluminó su interior, el más profundo, el que no deja huecos cerca del corazón, porque se dio cuenta, instantáneamente, que había sido a ella a la que había estado esperando. Toda su vida.

 

 

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ORO

  

  Remando y remando, volteando la vista para comprobar si le seguían. La carga era pesada y no sabía cuánto más podría resistir. Los rápidos del río le permitían descansar en las brazadas, pero no en las preocupaciones de verse estrellado contra las rocas del fondo o verse capturado por las lanzas de la tribu. Temía zozobrar y que el ídolo dorado se hundiese con la embarcación. Pensar en cuánto conseguiría por él en el mercado negro le daba nuevos ánimos. Conocía el río y sabía que éste no le traicionaría. También se hizo conocer y querer por la tribu y los traicionó. ¡Estúpidos!
   La barca se zarandeó un poco más de lo normal en el penúltimo recodo antes de llegar a la playa donde fondearía.
   ¡Cómo logró engañarles! ¡Cómo logró embaucarles!
   “¿Lograste engañarles? ¿Lograste embaucarles?”
   -¿Quién habla?
   El ruido insoportable de las aguas en ese último trayecto hacía que escuchara su propia voz interna. Debía de ser eso. Qué otra cosa podía ser. No había animales visibles por los alrededores.
   “¿Por qué crees que soy tan valioso?”
   Otra vez. Tantas horas sin comer le estaban jugando una mala pasada. Pero bueno, ya estaba bebiendo bastante. Demasiada agua había tragado un poco más arriba. Y con esa agua, seguro que unos cuantos animales minúsculos.
   “Has cometido un grave error.”
   Reconocía la zona. Aquellos tres árboles derribados sobre la orilla a su derecha. Con sus ramas adquiriendo aquellas formas tan particulares, entrelazándose sus troncos, de la misma manera en que lo hacían las piernas de Susana “la refajos”. ¡Qué hermosa mujer! ¡Y qué bruta haciendo el amor!
   “En cuanto pusiste tus sucias manos en torno al pedestal, algo te dijo que no saldrías de ésta.”
   De pronto, un árbol se quebró y su recio tronco chapoteó el agua a pocos metros por delante. Y se cruzó allí, en medio de la nada, para sentenciar que aquel era el final del viaje fluvial.
   -¡Maldita sea mi suerte! – dijo antes de perder el equilibrio y hacer que la barca mostrara su quilla al aire.
   En el remolino formado por su propio cuerpo, tanteó a ciegas en el fango buscando la figura sagrada.
   “¿Sigues sin creer que no saldrás de ésta?”
   Bajo las aguas quejumbrosas era imposible oír aquella lastimosa voz. No tenía tiempo más que para abrazar al ídolo y al tronco que había causado aquel estropicio en su destino.
  Pero la corriente era demasiado poderosa y, en la desesperación, se cortó el brazo derecho con una rama punzante.
   Tal era la velocidad del agua y del tiempo que ni el agua se enrojecía.
   Serenarse, tocar fondo y andar hacia la orilla paso a paso, cogiendo aire por encima del borbotón. Y no soltar al dios dorado. Sobre todo no soltar los diez kilos de oro macizo en forma de enano cabezón y gordinflón cuya sonrisa adivinaba en la negrura de las aguas turbias.
   La barca se alejaba hacia la catarata. Quizás no se hiciera astillas.
   -¡Adiós, muchacha, gracias por tu ayuda!
   Allí arriba aquellos pájaros de mal agüero rondando. Los veía cuando sacaba la cara para morder aire. Y la orilla, tan cerca, qué lejos quedaba.
   Serenidad. Ese era el truco. Serenidad. Pronto lo lograría.
   “Estás equivocado. Tu dios no lo permitirá. No permitirá el sacrilegio con otro dios, aunque no sea él.”
   Gritar mentalmente ¡Basta, basta, basta! ¡Ya! ¡Basta!
   El frío del agua le recordaba el dolor recién abierto del brazo.
   Diez pasos, no más.
   Pero el agua empujando con todas sus fuerzas, de lado, intentando soltar sus pies del fondo fangoso.
   ¡Menos mal que aquí no hay pirañas! Se rió por su suerte.
   “¡No llegarás a poner un pie en tierra seca!”
   Ya no hacía caso a aquella voz en su cabeza. Cuando pisara tierra firme y estuviera seco y caliente, se habría ido.
   Ocho pasos.
   Cada uno que adelantaba era un martirio para los dedos de los pies.
   Ya el agua estaba por debajo de la cintura y el brazo abierto enrojecía su mano y el agua. Ya el ídolo estaba tomando aire. Ya percibía el movimiento de las alimañas entre la vegetación que tenía a la vista.
   Y sonrió.
   Seis pasos.
   Se dio cuenta de que casi estaba en calzones pues tenía las perneras hechas jirones. 
   Por última vez miró a su derecha, por si aún lograba vislumbrar alguna embarcación acechadora.
   “¿Crees que les engañaste?”
   -Un buen ron es lo que necesito para volver a la cordura.
   Tres pasos.
   El agua por las rodillas.
   -¡Habla lo que quieras! ¡No te soltaré!
   ¿Por qué había hablado a la figura? ¿No estaba la voz en su cabeza?
   -Todo esto terminará en un instante.
   La playa bajo sus pies, y unos pasos más allá la hierba y las plantas que le llamaban para que echara sobre ella su cuerpo, para que colgara en ellas sus ropas.
   “¿No te das cuenta que les hiciste un favor?”
   Un paso.
   El pie en el aire para posar el talón y los dedos sobre la frescura verde.
   Ahora pesaba el oro. Lo dejaría a un lado para desentumecer el brazo que lo aprisionaba.
   Pensó, en milisegundos, que todo había sido demasiado fácil. Cuando entró en la choza del chamán, aprovechando su ausencia. Sin ningún hombre que custodiara el dios que estaba en el centro de aquella pirámide de ramas y adobe. Sin vigilancia por ningún lado. Creyendo que se había ganado su confianza después de haber extraído una muela con caries de la boca del jefe del poblado. Después de haber sufrido el regalo que le habían hecho como pago del milagro: Tres meses retozando con la hija amorfa del jefe, a la que había desvirgado en prueba de buena fe. Todo demasiado fácil.
   Hasta que aquel apreciado día en que un bocazas de la tribu le habló del ídolo de oro puro, cuyo origen se había perdido en la historia de los clanes.
  Justo el ídolo del que había escuchado leyendas de algún borracho en la tasca del marido de Susana “la refajos”.
   Y allí estuvo, al alcance de la mano, para convertirlo en el hombre más rico del mundo civilizado que él conocía.
   El instante de la última pisada. Su columna vertebral recta. Sus pies apostados firmemente. Soltaría al gordo cabezón y podría hacerse un torniquete para cortar el flujo de sangre que estaba enrojeciendo el espacio más allá de su mano derecha.
   Doblando el espinazo para liberarse del peso, ahora demasiado evidente sin la ayuda de la ingravidez dentro del agua.
    Y en el momento en que el ídolo tocó el suelo…
  …Con el remo en las manos, volteando la vista para comprobar que no le seguían. La carga era demasiado pesada y no sabía cuánto más podría resistir. Temía zozobrar y que el ídolo dorado se hundiera con la embarcación.
   ¿Cómo logró engañarles? ¿Cómo logró embaucarles?

 

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Clemencia

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Matando el tiempo, dejando las millonésimas de segundo para el final. 

Para que no sufra demasiado.

 

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Hilandedo

 

   Con el diccionario predictivo lograba escribir mensajes de texto a una velocidad pasmosa, y se había planteado escribir una novela con los caracteres propios de la brevedad telefónica. Pero la batería tenía una vida muy limitada y necesitaba ser recargada cada pocas horas, y el círculo vicioso de la recarga le hacía perder el hilo conductor del argumento. Aun así, insistía en intentarlo.


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Manifiesto de un mundo inútil

 

Pter es una unidad.

Una unidad de cosas con las que se mide el alma.

Con la que se tienen visiones al pasar las nubes.

Pter es más que una palabra en un mundo sin habla; con la que está todo dicho si un niño no mama.

De todos esos temores que nunca te alcanzan. De lo que no llamas a gritos porque la voz no te alcanza. De las cortinas y medias que sin el tacto se rasgan.

Del mal que no almuerza, de la luz que te sana porque es sana.

Pter es la unidad del signo que falta. A la que hay que saber obsequiar una de las magnitudes de lo improbable. Con la que se es feliz en un abrazo sin fin.

De todo lo que parece mucho y resulta que no es nada.

Y el mundo, danzando al son de la desesperanza buscando el canto de un loco que no brama.

Sabiendo que a veces se luce, que a veces se apaga.

Y estando partido, el Pter microhumano engaña.

Te hace ver lo que ves, oír lo que es y sentenciar para que los mares se abran.

La primera vez que utilice un Pter se me escapó el alma, la cabeza me vibró anonadada y el corazón se desparramó en las arterias y venas vanas.

Con un cielo nublado y una cegadora niebla extraña, con el sabor ácido en la boca y el agridulce de la sangre que amenaza, apuré las horas que no me decían nada y embaucaba a mi yo extraño.

Hasta ese momento, en la rutina macabra.

A partir de Pter, en la apertura de mis centros, insana, y empecé a absorber más que a ser y dejé que me envolviera la nueva dimensión.

Cada uno de los segundos en que Pter me increpó me sentí morir, no ser nada, angustiado por pensar en el momento en que Pter me dejara.

Sé que soy lo que soy porque no creo en nada, porque los pensamientos de otros me perforan el ego ya que quiero ser más que ellos cuando a veces soy una nulidad en ciertos asuntos, en sapiencias absurdas que ellos creen sagradas.

Me aburre cacarear conocimientos intrascendentes y me bullen respuestas cifradas que no aclaran.

Con Pter carraspeo asperezas que molestan por su sinceridad, y no me importan las consecuencias.

Exijo que el prójimo se mire su propio ombligo y reflexione, que la inmadurez se desvanezca, que se diluya la incongruencia de las ambiciones estériles.

Con Pter se vaticinan sangres, se buscan, por fin, soluciones.

A lo largo, a lo ancho, en su profundidad, en otras expansivas dimensiones, bástame la seguridad que Pter actúa para dormir mis obsesiones.

Pter es la unidad de la lucha, la implosión de la batalla enorme.

A menudo Pter desconcierta con sus maneras.

Te hace ver que enloqueces sin estar lo suficientemente centrado para darte cuenta de ello.

La vida transcurre sin Pter pero con ello se dulcifica, se ilumina en la plenitud y se hace negro perpetuo en la nada.

Cuando anoche soñé que no era nadie, que no era nada, y siendo nada ni nadie aparecía alguien. Ese alguien era Pter personificado en la capacidad interna de la divinidad sublimada.

Con las demencias que llegas a pensar, cuando no tienes objetos a los que agarrar tus………

Si finges, Pter se da cuenta, si eres demasiado sincero, Pter se rebela.

Es una estupidez intentar engañarte porque sabes que engañas a Pter y si no te importa, reza para que no te persiga hasta el fin de tus días sus ideas iluminadas.

Para que dejes de creer que todas son casualidades.

Te dirán sobre el destino marcado desde el nacimiento. Sobre la falta de libertad promulgada en las religiones.

Pter te apabullará con su función aleatoria y podrás creer que Pter eres tú mineralizándote en la consciencia y que antes de ella no había nada. Creerás falacias y a mesías. Charlatanes eternos que se aprovechan del desconocimiento, no de la inocencia.

La magnitud de Pter, inmensurable.

Hago que observo el microcosmos de mi mano derecha pues seguro es que existen planetas y constelaciones enteras en la izquierda pero de un otro signo contrario. El equilibrio que hace que no me balancee de lado a lado al andar.

El mal de un lado contrapone al bien del otro, el de la otra mano, el del otro pie, el del costado contrario.

Y lo más gracioso es que Pter sabe de todo ello y lo explota al máximo para mantenerme contento. Pter es el riesgo.

Pter, la búsqueda. El sentido de la aventura.

Pter es la fantasía que no sublima las apetencias de un ser desgastado como el presente, en el que todos nos vaciamos en una distancia que no genera ningún orden, sin querer saber de amuletos, sin querer reconocer en el prójimo un espíritu afín.

Sin embargo, Pter te lleva a reconocer las fantasías del ser ajeno que renueva la sabiduría de un mundo que nunca debió existir.

Sin ese espíritu no se doblega uno al mejor objetivo, el del quehacer del ser externo, en el que Pter desespera porque no puede crecer. Por lo tanto, Pter es manifiesto de un mundo inútil.