Persuasiva

 Rose Mary Lutman me atrajo hacia sí y me susurró, al mismo tiempo que me maldecía con su mirada incendiada en ira contenida, una muerte predicha, pero no por ello más esperada.

   Y después carcajeó cuando quebré las articulaciones de mis extremidades, en una caída inverosímil, tan cierta como la pérdida del conocimiento de esta parte de la vida.

   Y recordé, antes del apagado de mis neuronas, los avisos fantasmales, llenos de supersticiones inapropiadas, de que nunca, bajo ningún concepto, me dejara embelesar por la inteligencia de una bruja. 

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Conceptos rivales

 
                                    En el infinito decían que lo finito tenía sus días contados.                                                                                                                                                                                                                                    
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Nudillos

   Estaba seguro de que la sorprendería con aquel regalo. Nervioso como un colegial, se quedó parado, frente a su puerta, en aquel quinto piso sin ascensor.

   Pensó que prefería llamar con los nudillos, en lugar del escandaloso timbre, para dar más emoción al asunto.

   Cuando estaba a punto de concentrarse en esos golpes de hueso, ella abrió la puerta.

   Y se esfumó toda la ilusión.

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Con o sin alas

   Estaba volando.

   Esta vez era de verdad y no era un deseo de sus sueños. Ya se lo había visto hacer a demasiados superhéroes en la pequeña y gran pantalla. Ahora era él el que volaba.

   Pensó que iría a visitar a su madre, al otro lado del charco. Ahora sería fácil.

   Pero no quería ser maleducado y antes se despediría de su cuerpo, allá abajo. El que estaba postrado y perforado por infinidad de tubos, con demasiada gente nerviosamente atareada a su alrededor.

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Añoranza

   Si miro la Luna y veo su cara, y viendo su cara entro en éxtasis, y entrando en éxtasis comprendo que la obra del hombre en la Tierra es mínima comparada con la de los selenitas en su mundo, entonces añoro los tiempos en que ellos quisieron dominarnos.

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¡Bravo, brava!

  ¡Bravo! ¡Bravo!

   Gritaban desde platea. Doscientas almas eufóricas, lanzando flores al escenario, aplaudiendo rabiosamente.

   Ella no veía nada pues, aparte de ser miope, le cegaban los focos que le apuntaban directamente y le seguían en su movimiento por el escenario mientras saludaba al respetable de todos los flancos.

   ¡Brava! ¡Brava!

   Vociferaban desde los palcos, lanzando flores al escenario, los que estaban más cercanos, y al público de platea, los más alejados, sugiriendo una suerte de lluvia perfumada que era bien agradecida por las damas presentes.

   Genuflexión tras genuflexión, impaciente porque aquello acabara y pensando en el subsiguiente martirio cuando fuera la actriz protagonista, y no ella, la receptora de tanta viva emoción.

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