Me he sacudido la escarcha de encima

Me he sacudido la escarcha de encima mientras mirabas por la ventana cómo empujaban mis dedos el pulsador del timbre. Y cuando éste ha sonado, te has precipitado escaleras abajo con el corazón desbocado y la cabeza arremolinada con ideas inconclusas sobre cuáles serán mis palabras al verte frente a mí contemplando la irradiación de tu belleza, tornando en espléndido el día vivido y por vivir.

   Te ha dado tiempo a quitarte los rulos que deformaban tu flequillo y a desembarazarte de la bata de felpa que ocultaba tus exuberantes curvas.

   Y cuando has entreabierto la puerta de tu casa y la de tu corazón, me has ofrecido tu más dulce sonrisa cuando, entrecortando mi normal fluidez comunicativa, te he dicho:

   -Buenas tardes, señorita. Siento la tardanza, pero con este tiempo tan loco, la gente no sabe conducir. Pero no se preocupe. La pizza que usted pidió… seguirá bien calentita.

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En agosto

   Cómo fardaba con su chaqueta nueva. De cuero negro, reluciente, que se ceñía a su cuerpo como un guante a la mano.

   En su momento de gloria, saliendo del ambiente acondicionado de los grandes almacenes hacia el calor insoportable de la calle de un Madrid de agosto.

   Y aquellas gotas, las de gomina, mezclándose con el mar de sudor que tenía al final del cuello.

   Cimbreándose a lo Travolta, pero con muchas más canas.

   Un sueño cumplido. ¡Benditas rebajas!

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¡Bravo, brava!

  ¡Bravo! ¡Bravo!

   Gritaban desde platea. Doscientas almas eufóricas, lanzando flores al escenario, aplaudiendo rabiosamente.

   Ella no veía nada pues, aparte de ser miope, le cegaban los focos que le apuntaban directamente y le seguían en su movimiento por el escenario mientras saludaba al respetable de todos los flancos.

   ¡Brava! ¡Brava!

   Vociferaban desde los palcos, lanzando flores al escenario, los que estaban más cercanos, y al público de platea, los más alejados, sugiriendo una suerte de lluvia perfumada que era bien agradecida por las damas presentes.

   Genuflexión tras genuflexión, impaciente porque aquello acabara y pensando en el subsiguiente martirio cuando fuera la actriz protagonista, y no ella, la receptora de tanta viva emoción.

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