¡Alucinando alunizando!
Me he sacudido la escarcha de encima mientras mirabas por la ventana cómo empujaban mis dedos el pulsador del timbre. Y cuando éste ha sonado, te has precipitado escaleras abajo con el corazón desbocado y la cabeza arremolinada con ideas inconclusas sobre cuáles serán mis palabras al verte frente a mí contemplando la irradiación de tu belleza, tornando en espléndido el día vivido y por vivir.
Te ha dado tiempo a quitarte los rulos que deformaban tu flequillo y a desembarazarte de la bata de felpa que ocultaba tus exuberantes curvas.
Y cuando has entreabierto la puerta de tu casa y la de tu corazón, me has ofrecido tu más dulce sonrisa cuando, entrecortando mi normal fluidez comunicativa, te he dicho:
-Buenas tardes, señorita. Siento la tardanza, pero con este tiempo tan loco, la gente no sabe conducir. Pero no se preocupe. La pizza que usted pidió… seguirá bien calentita.
Cómo fardaba con su chaqueta nueva. De cuero negro, reluciente, que se ceñía a su cuerpo como un guante a la mano.
En su momento de gloria, saliendo del ambiente acondicionado de los grandes almacenes hacia el calor insoportable de la calle de un Madrid de agosto.
Y aquellas gotas, las de gomina, mezclándose con el mar de sudor que tenía al final del cuello.
Cimbreándose a lo Travolta, pero con muchas más canas.
Un sueño cumplido. ¡Benditas rebajas!
Estupefacto.
El ácido casi me agujerea el estómago.
Ésta ha querido matarme.
-¿A qué viene eso? Porque si te lo hubiera hecho con limón, no sería gazpacho: Sería crema de tomate o algo por el estilo. Tú ni siquiera te cocinas un huevo frito. Si no es por mí, te morirías de hambre.
-¿Alguna ensalada, quizás? ¿Por qué gazpacho?
-Me pediste algo fresco y alimenticio. ¿Qué hay así, aparte de mi amor?
¡Bravo! ¡Bravo!
Gritaban desde platea. Doscientas almas eufóricas, lanzando flores al escenario, aplaudiendo rabiosamente.
Ella no veía nada pues, aparte de ser miope, le cegaban los focos que le apuntaban directamente y le seguían en su movimiento por el escenario mientras saludaba al respetable de todos los flancos.
¡Brava! ¡Brava!
Vociferaban desde los palcos, lanzando flores al escenario, los que estaban más cercanos, y al público de platea, los más alejados, sugiriendo una suerte de lluvia perfumada que era bien agradecida por las damas presentes.
Genuflexión tras genuflexión, impaciente porque aquello acabara y pensando en el subsiguiente martirio cuando fuera la actriz protagonista, y no ella, la receptora de tanta viva emoción.