En la nave todo era silencio. Fuera de la nave todo era silencio. Dedujo pues que atravesaba la zona de silencio.Y gritó de la emoción.
Sobre el único árbol en veinte kilómetros a la redonda, el dirigible se balanceaba al vaivén de los vientos. La herencia de su bitatarabuelo se había comportado magníficamente durante todo el trayecto, y no había sentido que hubiera nada que envidiar a los pilotos que se hallaban sobre su cabeza a kilómetros de altura, en aquellos dirigidos autopropulsados por energía atómica residual.
Los paisajes que había visto eran indescriptibles. Se había sentido dueño de aquel mundo. Lo había sobrevolado lenta, muy lentamente, tanto que le había dado tiempo a fijarse en los detalles que siempre había pasado por alto: las plantas bioacumulativas de plancton, los regeneradores de energía eólica, los inmensos tanques cuadrangulares de agua. Los bosques, las pocas ciudades superficiales, los espaciopuertos de las periferias rurales. Había saboreado ocularmente palmo a palmo cada uno de los arcos circulares que habían coincidido con su rumbo. Y ahora estaba allí, atado a las ramas de un árbol, haciendo descender la escalerilla para posar sus pies sobre seguro.
Cuando el sol refulgió sobre su figura, cualquier hombre hubiera girado la cabeza ante aquel asombro de curvas. Un koatar se deslizó por el cabo de fijación y ella mostró sus carnosos labios que poco a poco fueron dilatándose hasta destapar el regalo de blancura marfileña. Se sentía gozosa de la vida.
-Merdik, estás ya aquí.
-Me alegro de que así sea.
La cogió de la mano y no pudo evitar fijarse en sus largas y esbeltas piernas. El tacón que las sustentaba se introducía en la virginal tierra y dejaba la sensación momentánea de una disminución de estatura. Él sonreía ante el engaño visual.
-Shainapr, tengo algo que decirte.
-Dímelo sin pararte. Antes que caiga la noche tenemos que llegar al refugio.
-Shainapr, sé que tienes algo para mí.
La luminaria llegaba a su ocaso cuando cruzaron el umbral de la pirámide romboidal que los protegería de las instantáneas microcalorías ambientales del exterior.
-Está lloviendo, Merdik.
-No, creo que no es lluvia- él sonreía a cada caricia visual femenina.
Chasquidos electrostáticos confundían los audifiltrantes acoplados a los temporales.
-Dime lo que me tienes que decir, y ámame.
-No es posible aún.
-Me horroriza pensar que me estás torturando con toda la intención.
-¿Qué te hace pensar así?
El hombre la miró a los ojos, y su concentración en las pupilas verdiazuladas le hizo desdibujar las agradables líneas faciales hasta difuminar mentalmente el volumen craneal que tenía delante. Las pupilas ocupaban su campo visual y los sentidos se abalanzaron sobre él.
Millones de cuerpos geométricos luminosos de micras cúbicas de volumen abarcaban la oscuridad de su pantalla mental. El espíritu se le fue por segundos y cuando quiso darse cuenta de que no controlaba aquella situación, era demasiado tarde. O quizá, demasiado pronto.
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-¿Qué hora es?
-Señor, veinte horas unificadas.
-¿De qué día, VESTIC?
-Señor, ¿qué?
-Se ha vuelto a ir, ¿no?
-¿Quién, señor?
-Respóndeme.
Dando prioridad a la primera pregunta formulada por su adoptador, el SINDRA respondió meticulosamente.
-7 de Agosto del año integrado de 3123.
-No es posible.
-Lo es, señor. Estoy totalmente seguro. Me jugaría mi desconexión y posterior reprogramación.
-VESTIC, por favor, déjame a solas.
-Señor, sabe que nunca puede estar a solas. La puerta está vigilada.
********************************************************************************************** Había intuido claramente que algo iba a suceder. Entendía que todos los avisos extraños que asaltaron de continuo su mente en este último período crítico de su vida, eran la antesala del fin total. Por eso, algo le decía que tenía que prepararse para lo que fuera a suceder.
Desde la última vez que soñó con Shainapr, se dijo a sí mismo que deseaba continuar esa relación ficticia. Le intrigaba la razón de los mensajes enigmáticos que ella le transmitía. Cuál era la relación con su existencia.
La meditación intraholística le ayudaba a conocerse a sí mismo y, por medio de ese descubrirse continuo, alcanzar a comprender el Cosmos en el que estaba inmerso.
Sin embargo, hoy, cuando despidió al SINDRA de servicios básicos personales, se dijo que deseaba morir. Estaba claro que le iban a tener de por vida entre bastidores. Su figura efímera no necesitaba de un cargo efímero para ver que era prescindible. Ya hastiado de verse impotente, aquella noche decidió morir. Y resurgió la infinita pena por no poder ver de nuevo a su esposa, sin haber tenido la posibilidad de despedirse de ella, de descargarle de la angustia que estaría sufriendo desde que le hicieran saber la nueva situación. Y la infinita pena por saber que ésta nunca cambiaría. Así pues, se autoconvenció de que ella comprendería.
Era aún temprano para acostarse, pero la desesperanza de un nuevo día justificaba que no esperara a agotar las últimas horas del que estaba en curso todavía. Opacó los ventanales de su dormitorio y esperó.
La inferencia de que alguna señal derivaría en el cambio de estado espiritual, le tenía alerta.
Inspiró, espiró, inspiró, espiró. Se obsesionó por última vez con la respiración. Volvió a quedar fascinado con la visualización de su yo interno. Obvió que el siguiente paso le llevaría a la emersión de su espíritu. Cuando estaba ya dispuesto para integrarse en el vacío, y dejar su cuerpo adjudicado por entero al mundo material, sufrió el habitual shock del alma escapada.
–No, no es el momento, querido Merdik.
–Shainapr, ¿cómo tú aquí ahora?
-¡Eres luz!
Instantáneamente visualizó una potente luminiscencia que abarcaba todo su cuerpo etérico.
-¡Eres paz!
El corazón colapsó. Sin embargo, su mente seguía despierta y atenta a la dulce voz que le guiaba.
–Voy a morir, ¿no es cierto?
–No, no vas a abandonarlos aún. Eres importante para ellos y para nosotros.
-¿Para quiénes?
–Comprenderás en su momento. Ahora, concéntrate en tus latidos.
-¡No tengo!
–Sí, ¡escúchalos! Con atención.
Al fondo, muy al final de sus percepciones, escuchó de nuevo el ritmo de la vida. Pero, ¿eran suyos?
–Shainapr, no quiero morir. Reconozco que hace pocos segundos lo deseaba, pero ya no.
-¡Atento! Ya ves tu cuerpo allá abajo.
No era posible. Bueno, sí, lo era, pero no quería creerlo. Cuando antes lograba desembarazarse de su cuerpo, seguía sintiéndose a sí mismo. También antes había visto el continente de su espíritu como algo ajeno. Pero siempre se había sentido uno con él, con el invisible hilo del retorno. Ahora veía que la coraza que le había albergado no era ningún anclaje de su espíritu. Disociado.
–Concéntrate en la luz.
La luz. ¿Qué luz? ¡Oh! Ya la veía acercarse por rededor suyo y abrazarle. Viéndose envuelto por ella, se dio cuenta que aquella fuerza no era algo extraño. La luz era él y él era la luz.
–Shainapr, ayúdame a volver.
–Volverás, Merdik, no te preocupes. Pero en su justo momento.
–Tengo miedo.
–Ya no.
Era todo y nada. O por lo menos sus sensaciones le ligaban a ambos estados.
Merdik Lamaret tenía los ojos cerrados. La faz serena. Sus labios distendidos. Todo ello completaba una sonrisa de satisfacción.
Al día siguiente entraron en sus dependencias sin permiso, como siempre. Se sorprendieron de que a aquella hora el sujeto que las ocupaba no estuviera sentado, como siempre, junto a la lámina de suspensión, con su habitual dosis de jalea real. Los grandes muros transparentes volvieron a dejarse atravesar por los rayos matinales.
-¡Despiértele, VINHAM!
El androide obedeció automáticamente las ordenes. Rozó con su fría mano de cuatro dedos la frente que la postura decúbito supino le ofrecía. Ningún cambio.
-¡Déjeme a mí!
El jefe de grupo de retención separó a su ayudante. Acercó su cara a la de Lamaret, y no pudiendo reprimir su infundido odio hacia aquel enemigo potencial, escupió la orden conveniente.
-¡Señor, dentro de diez minutos debe estar dispuesto a recibir al cotejador de mapas genéticos!
No hubo respuesta. Decidió acercar el captador de anomalías a la sien derecha de aquella cabeza durmiente. Ante el inesperado veredicto, repitió la prueba con el hemisferio izquierdo.
-¡No es posible! ¡Debe de fallar algo! ¡Presidente! ¡Le ordeno que despierte y me acompañe! ¡Déjese de fingir!
-Señor, no finge. Creo que ha muerto hace exactamente cinco horas y treinta y ocho minutos.
-¿Quién le ha pedido opinión, VINHAM? ¡Maldito SINDRA!
-Señor, sólo me permito hablar de realidades. El ex-presidente Lamaret ha dejado de existir.
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-¿Llegaron a terminar su trabajo los genéticos?
-De cierto, señor.
-Entonces, que actúen inmediatamente. Les doy el plazo de un año. Ni más ni menos.
La comunicación hiperondas terminó. Quiso eternizar el placer de aquella reciente pérdida. El gozo que sentía sólo sería comparable al que dentro de pocos segundos sentiría su más fiel colaborador.
-¡Póngame con Incógnita! Prioridad cero.
El lapso transcurrido desde la última instrucción dada, le permitió dar una bocanada al aire viciado de la combustión que se realizaba al final de sus labios.
-Es celebración, señor. Doble celebración.
-Seedus, por fin tenemos el poder total.
-Almirante, ¿terminaron sus infundados temores?
-Sí, por supuesto.
-Entonces, acomódese en su trono.
-Pero no olvide. Sólo usted y yo sabemos. Las unidades que descubrieron el cuerpo y todos los que han manejado esa información hasta llegar a nosotros, orgánicos y no, han de ser inactivados.
-Lamaret ha muerto. ¡Viva Lamaret!
Mis padres me habían repetido, una y otra vez, que no tendría ninguna oportunidad. Que me querían y que por eso me decían la verdad. Para que la verdad no me defraudara cuando me encontrara con la cruda realidad. Yo les agradecía su tesón para echar mis sueños por los suelos.
Pero esta, como las otras veces, se han equivocado: Esta vez sí que estoy en la cápsula. Y tras varios meses de acondicionamiento, podré comunicarme con ellos, para decírselo. Que no debieron haberme infravalorado.
Ahora se quedarán, para siempre, solos. Porque de esta misión no se vuelve. Y tendrán que asimilar mi triunfo.
Ellos seguirán siendo ciudadanos de su insulsa Tierra. Yo, una pionera en mi enigmático Marte.
PRIMERA PARTE
XI
Datos a recordar: Veintiún elegidos en el Centro de Lanzamiento GENESIS. Dos de ellos a los gobiernos de dos de las tres máquinas que reposan sobre el puerto principal. La tercera está comandada por un humanoide específicamente instruido. Los integrantes de los tres grupos científicos estrechan la mano que les despide desde el presente.
A una altitud de 11.100 metros sobre el nivel del mar, el cielo terrestre se ve surcado por los pioneros. La cota ha sido elegida como medida de prevención ante condiciones de espacio negativas. Lutmos, Mitshu y 236-CITER influyen en el funcionamiento de los transportadores situando las coordenadas. No hay tiempo para realizar pruebas de despegue. Un último vistazo a los pasajeros y los manipuladores del tiempo avisan para que la quietud se haga dueña de las naves.
Los dedos índices de los pilotos transmiten trasvase energético a la consola de control.
Merdik Lamaret es el único ente vivo que los ha visto marchar. Observa detenidamente el pedazo de cielo ocupado, segundos antes, por las tres máquinas del tiempo. El deseo de suerte es lanzado con lágrimas en los ojos y abandona GENESIS.
Los dados han sido lanzados.
-¡Presidente! ¡Presidente!
Merdik Lamaret vuelve en sí y muestra disconformidad con la realidad.
-¡Vive Dios! ¿Qué ocurre?
El módulo de descanso se halla invadido por artificios destructivos.
-Repito: ¿Qué ocurre?- los codos se clavan en el espaldar ergonómico de la lámina de suspensión.
-Levántese. ¡Aprisa!
-¿Quién es usted?
Como respuesta recibe el frío silencio de las catorce presencias extrañas que se hallan en su habitación. El frío brillo despunta en los cascos de combate.
-Señor. Es un secuestro… ¡Ugh!
El ayuda de cámara recibe un fuerte culatazo que desploma su conciencia.
La espera se hace interminable. No se dice nada mientras es retirado el cuerpo del fiel Francesco. No se dice nada mientras Lamaret es obligado a erguirse mediante un doloroso contacto físico en las axilas. Los hechos hablan por sí solos.
Una hueca carcajada se deja oír desde la caja de resonancia formada por uno de los escalofriantes cascos. La visera empieza su proceso de desmaterialización y los rasgos se muestran claros y contundentes.
-¡Mayor Seedus!
-Lamaret, escuche con atención lo que tengo que decir. Quiero que todo sea según las normas: A la autoridad suprema en funciones de Tierra, comunico a las 8:24 AM, en huso horario unificado, del 14 de Mayo del 3122, según calendario terráqueo integrado, que novecientas ochenta y cuatro unidades de combate orbitan su exosfera en acción de mutilación reticulocomercial. Se exige a la autoridad suprema en funciones de Tierra, que coopere con el Mayor Thomas Seedus, Comandante Ejecutivo. Y ahora, ¡brindemos!
Son repartidos pequeños recipientes cilíndricos en los que se ha vertido un líquido muy peculiar. Cuando el último de ellos es entregado a Seedus, éste dirige sus incipientes ojeras a los temblorosos párpados del prisionero. Cuando Merdik posa el borde del receptáculo en su labio inferior, no logra captar ningún olor característico que le permita averiguar la naturaleza de la celebración que está a punto de ingerir.
Todos, absolutamente todos los presentes, esperan que se haga efectivo el primer trago. Seedus está exultante.
-Esto… Esto… Esto es… ¡Esto es agua!
Thomas Seedus ha estado soñando con este momento desde hace tiempo.
-¿No le parece irónico? ¿O es que acaso no cree que nos pueda ser de utilidad? Estoy convencido de que no habría torturado su mente durante esos pocos segundos de desconfianza si hubiera sido yo el primero en el brindis. Ahora gritaré a los mil vientos mi bienaventuranza.
-¡Por la Tierra!
Lamaret observa que las manos de los otros asen los, para él, desconocidos métodos de persuasión. Los digitopulsadores no perdonarían no ser acariciados. Y levantando su mano derecha, con honda consternación, secunda el brindis.
A veces, dependiendo del planeta donde se llevara a cabo el raro fenómeno, el Resucitamiento era mal entendido.
Muchos creían que los Resucitados eran clones de alguien extinguido, cuyas obras se lograban eternizar con la herencia genética y caracterológica. Otros, los menos informados, justificaban su aprensión pensando que eran engendros mecánicos con programaciones informáticas reflejo de sus creadores que, por similitud, lograban extender a través de los siglos sus ideas y hechos.
Pero un Resucitado no tenía absolutamente nada que ver con estas supersticiones.
IvinY era ya parte de una leyenda, y como tal, su origen se perdía en el crisol del tiempo: Murió con una capacidad hiperpsicológica que le había hecho destacarse de sus coetáneos. Poseía, en lo que se conocía como su anterior vida, facultades mentales paracientíficas, tales como el hipnotismo, autohipnotismo y control de los pensamientos ajenos, así como una gran disciplina interna de autocontrol y exploración meditativa. Cuando falleció accidentalmente en una misión de reconocimiento espacial, su potencial mental se disparó hacia cotas extraordinariamente altas, lo que le permitió integrarse en espacio-tiempos vedados a los fintexianos normales, y por extensión, a los demás bigalácticos. Su estado vegetativo fue atrofiando todas las funciones fisiológicas, pero las cerebrales estaban tan iluminadas que soportaron todo el peso de la energización corporal, por lo que las esperanzas de una renovación vital se incrementaron hasta el extremo de la total recuperación del individuo comatoso.
Lo que ocurrió después se contaba como en una penumbra, mezcla de terror y misticismo. IvinY no pudo soportar la limitación de su cuerpo, y a escasas horas de su revitalización, decide el suicidio, lanzándose a un vacío infinito cuyo final sería la resurrección en otro cuerpo, en otro cerebro. El patrón encefalográfico de cada individuo se mantenía como testigo declarante de la diferenciación exclusiva del mismo. No existían dos patrones iguales en todo el Universo. Cuando IvinY nació de nuevo, el patrón se repitió y se identificó la anomalía como parte del trasvase neuronal.
X
Urna de platino-titanio haciendo las veces de cofre de seguridad. El contenido, totalmente secreto. Sólo una persona puede acceder al enigma.
Un largo pasillo con suelo especular. Dos piernas femeninas apoyadas en plataformas de sujeción con realce posterior. Movimientos sinuosos y mirada concentrada. Cabello ébano, piel de nácar.
Personal de seguridad en acción. Se exigen claves de identificación. Iris ocular, digitohuella anular, combinación genética en un pellizco de sangre. Todo correcto. Dientes satisfechos.
Medio minuto de inspección. O lo dejas o te lo llevas. Todo en orden.
Un guiño a tu mirada. Un lapsus en el tiempo. Un peso en el pecho. Alarma…
Lo siento, Kras. De veras.
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-Seedus, le ordeno que me haga caso.
-Si le hago caso, Almirante. Pero, ¿cómo lo sabe?
-Lo sé y basta. Lamaret se propone algo.
-Creo que está demasiado alterado por los últimos triunfos. Almirante, ¡todo está saliendo a pedir de boca!
-Pero falla algo.
-No, se lo aseguro.
-Si sigo en Enlacer es porque creo que desde aquí puedo controlar mejor la situación- los ojos de Kras están vidriosos, quizás febriles.
-No le echo nada en cara, señor. Tengo asumido mi papel. Yo actúo, usted observa.
-No, no es así. Mire, sé que Lamaret se propone algo.
-¿En su situación?
-¡Estoy convencido!
-Quizá vaya a ver a Pee. Cálmese, señor. No podemos decaer ahora, en plena ventaja.
-Espero pues el resultado de su entrevista.
-Por teletransporte será rápida.
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-Ya no dependo de usted. Todo está ya decidido.
-Querido Mayor. Creo que llegamos a un acuerdo y usted lo incumplió. ¿Pretenden los militares recuperar el poder perdido hace siglos? Vino a verme para urdir una excusa para llevar a cabo la decisión de no sé qué loco.
-Lamaret es un loco aún peor.
-Lamaret es la estabilidad pacífica, ustedes la opresión.
-¡Cállese!- la furia se ha desatado con cierto retraso, pero, cuando lo hace, no hay muralla que la detenga-. Usted no sabe nada. Lamaret siempre ha querido lo mismo: El poder, de una manera u otra. No se diferencia en mucho de nosotros. ¿Por qué cree que hace tan patente la presencia terráquea en la Unión? ¿No lo adivina? Se lo diré yo: para que todos adoren la dependencia que existe con la Tierra.
-¿Cómo sabe eso? Nunca ha sugerido tal cosa, ni con hechos ni con palabras. Lo que usted dice sólo es una suposición denigrante.
-Y lo que pretende ahora, ¿qué?
El Consejero no sale de su asombro.
-Pregúnteselo cuando pueda y quiera. Cara a cara. Al mismísimo Lamaret. Veamos cómo reacciona. Está claro que sigue teniendo fe en él.
Instantáneamente, Pee se abalanza con furia hacia Seedus, pretendiendo concretar su estado interno de violencia. Pero un acto reflejo activa el arma reglamentaria y le volatiliza el cerebro.
Nadie acude a comprobar lo ocurrido.
Seedus abandona el cuerpo inerte de Pee sobre el tensosillón que ocupaba cuando vivía. No hace ademán de huir tras el asesinato; en realidad, ha sido clara defensa propia, piensa para sí. Tal vez Pee hubiera llegado a utilizar un dispositivo de ataque.
Nadie osará descubrir su nombre cuando hallen un cadáver a cien metros de altura. Ya se ha hecho cargo: El lugar está custodiado, la ciudad está sitiada. Todo controlado.
Tal como lo hicieron dos días antes, los científicos Lutmos y Mitshu esperan en la misma sala del mismo piso del mismo edificio al mismo hombre. No hacen nada, sólo parecen observar en silencio a su alrededor, sentados en dos de los anatómicos de la semicircunferencia. A veces, el buen Mitshu se levanta, y estira las piernas para finalmente optar por arrellanarse en el sillón central, mirar a Lutmos, sonreír y volver a ocupar su sitio correspondiente. Diez minutos después, entra en la sala un SINDRA seguido del hombre aguardado. Se ponen en pie al unísono e intentan reverenciar, pero Lamaret les prohíbe tal gesto.
-No es necesario, señores. Estamos completamente solos y, además, somos amigos, ¿no es cierto?
-Sí, Excelencia- vuelve a tomar asiento e incita a Mitshu con una ojeada para que haga lo propio.
-Por favor, Estey. Deja los cumplidos- sonríe.
-Bueno, Merdik, nos citaste a ambos por telex.
-Dije que lo haría. Sois los últimos a los que he llamado, primero, porque sois los más primordiales, y segundo, porque sois los que vivís más cerca.
-Eso es verdad, Lutmos. Ya le decía yo que…
-¡Calle, Mit!- mirando fijamente a Lamaret-. ¿Primordiales?
El presidente le ignora y cuestiona a Mitshu.
-Sé que nunca se ha intentado el salto al futuro.
-No, Merdik. Lo que nosotros llamamos el “Intratempo de contingencia 100” es, a nuestro entender, sumamente incierto.
-Pero es arriesgado justamente porque nunca se ha llevado a cabo. Como sabes, el viaje espacio-temporal al pretérito es tan fácil de realizar que ya se ha convertido en una rutina- interviene lacónicamente Lutmos.
-El futuro es demasiado tendente a cumplir las estadísticas de probabilidad de Tiening. Lo que éstas sugieren es que, suponiendo que se pudiera viajar en el tiempo, cosa hoy, en el siglo XXXII, más que probada, existe una diezmillonésima de probabilidad de que se haga imposible la estática temporal. En el pasado, la previsión se verifica, pero en el futuro se ha demostrado, teóricamente, claro, que el porcentaje de probabilidad aumenta hasta cotas increíbles, del orden de unas pocas milésimas.
-Mit, Tiening fue un gran matemático del siglo XXV, lo admito. Pero la ciencia evoluciona y podía estar equivocado. Además, en caso de que tuviera razón, no es tan grande el riesgo. Alguna vez habrá que saltar sin red.
-Creemos que vas a ordenarnos que nos convirtamos en trapecistas- impaciente Lutmos.
-Estáis en lo cierto- saca un papel de un bolsillo de su mono-. Aquí, en mi mano, tengo los nombres de los que serán vuestros acompañantes en algo que es definitivo. Claro, si estáis de acuerdo con un plan pensado detenidamente.
-¿Tuyo?
-Sí, Estey, únicamente mío- le pasa el papel-. Como podéis leer, están casi todos los científicos a los que reuní aquí anteriormente. Los que no aparecen en la relación son los que se han negado categóricamente, como los especialistas en Homohistoria y Cosmopaleontología, y así, hasta nueve. Tampoco son tan imprescindibles. ¿En cuánto tiempo seríais capaces de poner todo a punto? Me temo que dentro de escasas horas tendremos sitiados los cielos por naves rebeldes, como las que han actuado en casi todos los mundos exportadores.
-¿Para el futuro? En dos horas podemos cambiar las directrices de los cinco sistemas disponibles.
-¿Se necesitan tantos para los pasajeros que deben acomodar?
-Bueno, no. No, con tres hay suficientes. ¿Y el plan?
-Con todos vuestros colegas he sido muy claro. Espero serlo con vosotros- reclinándose en el anatómico, mira al techo y escupe el proyecto-. Quiero que vayáis de cinco en cinco años. Si en el futuro la situación reinante es aceptable, volved y no intentaremos influir en el presente. Si algo va mal, volved y forzaremos la antítesis. ¿Comprendéis?
-No podemos hacerlo así. De cinco en cinco años, ¡Imposible!-responde el doctor Lutmos- Porque cuando hacemos los viajes al pasado siempre, y esto es una norma irrevocable, siempre nos remontamos en una cantidad de años atrás que sea superior a la edad del mayor de los expedicionarios para que nadie se encuentre a sí mismo. Si lo hacemos como pides, muchos nos encontraremos con personas que creerán que habíamos muerto u oirán hablar de nosotros, y esto influirá en los acontecimientos que queremos estudiar objetivamente. Son normales estas contradicciones.
-Cuando viajáis hacia atrás, soléis mezclaros con los nativos de ese tiempo, ¿no?
-Exacto- Mitshu se retuerce las manos dando escape a sus nervios.
-En esta ocasión no es necesario. Tenéis que aislaros de los demás, pero no de la historia que producen. Otra cosa: De pronto apareceréis en su espacio aéreo y las computadoras de seguimiento, o de lo que dispongan para el mismo fin, os acribillarán con preguntas datadoras.
-Por eso no te preocupes, nuestras máquinas improvisan fabulosamente.
-Vale, ¿nada más? ¿No tenéis nada más que plantear a mi plan?
-Nosotros también improvisamos fabulosamente. Los acontecimientos nos mostrarán el camino. Mitshu, yo, y los otros diecinueve expedicionarios, aplicaremos, esperemos que con acierto, nuestras capacidades. Los que debéis de cuidaros sois vosotros, los que aquí quedaréis. Merdik, te apoyamos. Es casi de kamikazes el lanzarnos contra un blanco de tal movilidad, pero te apoyamos.
-¿Hasta el final?
-Sí- al unísono-. Preparados para coger carrerilla. Volvemos ya al centro, con tu permiso, y…
-Bien, eso es cosa vuestra. Yo soy profano, ¿recordáis?
Risas. No se sabe bien si adivinando la victoria o disfrazando la desesperación.
Sentía una fuerte punzada en el cuello y aquella mujer se comprometió a hacérsela olvidar. Con los ojos cerrados, imaginó un paraíso único en el que quería estar. Sin nadie más a quien escuchar ni ver. Integrándose en una vida de supervivencia. Sin tener que pensar en nada. Sólo sufriría cuando las leyes de la Madre Naturaleza mostraran su crueldad. Rememoró de pronto imágenes filmadas de la extinta águila dorada atenazando con sus garras a su huidiza presa mientras surcaba majestuosamente los cielos incontaminados de una vetusta Tierra. Y le pareció que, aún así, aquella muerte se integraba en la perfección. Y trasladó esa imagen, en otros tiempos real, a su imaginación. Y se sorprendió tumbado sobre la hierba fresca de un extenso prado bajo la aguda mirada del águila de sus recuerdos, con el sonido del discurrir caudaloso de un inmaculado río a sus pies. Y viéndose a sí mismo en este estado sublime, decidió compartirlo con una mujer, el amor de toda su vida: su esposa. Y la veía echada a su lado, con los ojos cerrados, como degustando la paz que les rodeaba. Y la imitó.
Y aunque la realidad era ahora tan distinta, se sintió feliz al notarse acariciado por las manos de su mujer. Y cuando entreabrió los párpados, la vio delante. Y Johanna le sonrió. Y el se sintió amado.
Pero, aún así, pensó que no quería que ella llegara a conocer el sufrimiento en sus propias carnes. Siempre la había protegido de ese extremo. Si no jugaba bien sus cartas, tendría que elegir: sus propias felicidades o la de la humanidad entera. Y muy a su pesar, decidió qué escoger si se llegara a tal punto.
El dolor muscular desapareció, pero fue sustituido por un nudo en el estómago.
Johanna seguía masajeando, como si deseara relajar algo más que el cuerpo de su marido. Como si presintiera la batalla interior.
-¿Qué te ocurre, cariño?
-¿Recuerdas las videograbaciones en que aparecen imágenes del planeta rebosantes de vida?
-Sí, Merdik, por supuesto. En la universidad utilizábamos antiguos reproductores láser para recuperarlas y hacer un examen exhaustivo de lo que contenían.
-¿Y recuerdas el matiz del azul de los cielos que mostraban?
-Cariño, ya sé a dónde quieres ir a parar. Pero en aquella época, tú no habías nacido aún. No te mortifiques más.
-Del azul puro se pasaba al gris más oscuro y… llovía, ¿recuerdas?
-Déjalo ya. Sé que cuando empezaron a querer remediarlo, era ya irreversible. Ahora, en cambio, no tenemos ya polución ni en el aire, ni en los mares y ríos.
-Dirás, en lo que nos queda de agua. La evaporación fue desconcertante hasta para los más pesimistas. El efecto invernadero actuaba y abusaba.
-¿Quieres dejarlo ya, por favor? ¿No pasó ya? ¿No logró nuestra anterior generación rehacer la climatología? ¿No es un consuelo que, aunque las nubes se formen raramente, el ciclo se haya recompuesto?
-Y ahora estamos ante otra perspectiva tan poco halagüeña como la que adivinaban los alarmistas.
-Confío en esta humanidad, ¿sabes? Creo saber que lleva en sus genes el aprender de sus errores.
-Ojalá fuera tan fácil como dejarse confiar.
-Un beso selló momentáneamente su boca. Johanna presentía que su marido estaba llamado a jugar una baza importante en esa confianza que ella tenía hacia el género humano. Se besaron y acariciaron largamente. Y aunque sus cuerpos ya no eran jóvenes, gozaron con ellos como si lo fueran, pues sus espíritus sin erosión los animaban sin trabas.
Y Merdik Lamaret, tras hacer el amor con su Johanna, confesó que su mente estaba cautiva por las cadenas de los últimos acontecimientos.
-No te preocupes, cariño, volverás a pensar sólo en mí.
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-¡Está hecho!- dijo el mayor Seedus a Zander, su ayuda de cámara.
-Le felicito, señor. El almirante Kras y el vicegobernador Enriequet no deben caber en sus cuerpos de gozo.
-¡Póngame en comunicación con el presidente del planeta!
En la gran pantalla tridimensional, un rostro deforme increpa en una lengua ininteligible para todos los humanos que se hallan en el puente de mando del crucero estelar.
-Le ruego utilice la lengua confederativa.
-¡Maldito sea!- la lengua familiar contiene la misma carga de furia que la haleutiana-. Mayor Seedus, le exijo una explicación. ¿Qué autoridad se le permite a usted?
-Estoy dispuesto a hacerlo oficial cuando le comunique a usted mis condiciones para su rendición.
-¿Qué rendición? ¡Increíble! No hemos mostrado ninguna resistencia porque usted sabe que no disponemos de ella. Somos un planeta desarmado y, por lo tanto, antibelicista. Siempre hemos obrado en paz. No comprendo pues en nombre de quién y por qué actúa de este modo.
-A la autoridad suprema en funciones de Haleute: Comunico a las 10:53 AM, en huso horario unificado, del 8 de mayo del 3122, según calendario terráqueo integrado, que doscientas treinta y seis unidades de combate orbitan su exosfera en acción de bloqueo. Se exige a la autoridad suprema en funciones de Haleute que coopere con el mando operativo de la fuerza de aislamiento representada por el Mayor Thomas Seedus, Comandante Ejecutivo, si no desea se tomen en cuenta otras acciones disuasivas. Fin de la emisión.
La imagen distorsionada del Secretario Zander desaparece a la vista del vicegobernador del planeta Haleute. Un grito de rabia desdibuja aún más los rasgos del rostro de Visentras. Pocas veces ha tenido que recurrir a este sentimiento, pues en un mundo de paz no está justificado. Colérico por el trato que ha recibido, no cae en la cuenta de que quizás se esté repitiendo la misma escena en otros tantos sectores de la Confederación. Y no se equivocaría.