-Antes de nada, decirte que te amo.
-¿Y después?
-Amarte
Empecé siendo archimaldito y creí en extensiones de mi espíritu creando el clan de los archimalditos: Personas con principios inamovibles.
Un archimaldito no está maldito, en incoherencia con su propio nombre.
Los archimalditos no enarbolan banderas sino que crean imperios gobernados por creadores de mundos propios.
Los archimalditos activan la llama de la esperanza.
Los archimalditos son generosos por naturaleza.
Un archimaldito siempre está estupefacto ante la realidad circundante y la envolvente.
Ser archimaldita es igual a ser archimaldito. Los géneros sexuales limitadores no existen.
Un archimaldito se rebela siempre contra el sufrimiento ajeno, impuesto a cosas artificiales, seres inanimados, animales, vegetales y personas.
Un archimaldito es, ante todo, libre y liberador.
Un archimaldito tiene, como regla personal principal, la obligación no impuesta de despertar conciencias, de remover consciencias.
Nunca lograrás identificar a un archimaldito, salvo que ese archimaldito lo haga voluntariamente.
Nunca hagas caso a lo que un archimaldito dice. Siempre dice la verdad.
Firmado: archimaldito
Fotografía: Jesús Fernández de Zayas
(Dedicado al Doctor Javier Cabrera Darquea, difusor, para el mundo, de los Gliptolitos de Ica)
Craso error. Aspiraba polvos para estar inspirada pero expiraban sus neuronas, acercándose a la nulidad de su ser, en un cuerpo que supuraba maldad, pues la genialidad, si alguna vez había existido, se negaba a manifestarse, y el carácter se agriaba, y el espíritu se marchitaba con los altibajos artificiales de esa adrenalina fallida.
Una y otra vez, pulsando el botón de cambio de canal, sin dejar quieto el dedo, sin tener tiempo a fijar la mirada en ningún fotograma de ninguna de las películas que emitían en su momento, sin llegar a escuchar las risas enlatadas de ninguna de las series programadas en ese momento, en ese momento cuando el momento no existía porque no daba oportunidad para ello. Hasta que pulsó el botón con más significado, el del apagado. Y de vuelta a pulsar el cambio de programa, en ninguna emisión, en la nada. Y fija su mirada en la pantalla en negro se preguntó qué diferencia había: Ninguna.
Sus dedos índice y pulgar, los de la mano derecha, jugaban con los agudos, medios y graves de aquella mesa de mezclas, y por mucho que el sudor de su frente acompañara los nervios del incipiente comienzo de la prueba de sonido, no lograba hacer mínimamente soportable al oído humano aquella voz chirriante y lacerante.
Por muy buen técnico de sonido que fuera no podría conseguir que el resto de los humanos del planeta entendiera ni una palabra del primer discurso del invasor.
Ni con un número infinito de ecualizadores podría hacerse entendible la sentencia de muerte de aquel megalómano personaje hacia toda la especie humana.
(Dedicado a mis compañeros de profesión)
El handicap que significa no poder exceder los 140 caracteres pertinentes, aumenta el reto de escribir algo que tenga algo de sentido y/o calidad literaria. Y en cada tuit un nanocapítulo, hasta completar un microcuento. Todo un reto.