Ensimismado en aquel boceto, deseó descubrir un nuevo personaje y darle vida. La forma de una cara apareció de pronto. Y la cara sonrió.
Hacía tiempo que el agua era un bien escaso en el planeta Tierra. El descubrir nuevos mundos y colonizar el espacio no contribuyó a que ese tesoro tan preciado dejara de ser la clave para comenzar una guerra, cualquier guerra.
El planeta Tierra entró a formar parte de la Confederación Cósmica de Mundos Habitados en el año 2525. El agua era su bien exclusivo pero, al sumarse a esta unión de mundos, tuvo que compartir todas las bondades de la misma. A medida que crecía el nivel de exportación, también lo hacía el riesgo de deshidratación irreversible del planeta. La solución se halló en la creación de productores estables en cada uno de los planetas, planetoides y satélites naturales destinados para tal fin en cada uno de los 58 sectores espaciales existentes.
Pero los poderes fácticos de los mundos no terráqueos no se podían permitir el depender de la patente exclusiva que detentaba el Planeta Azul. Las rebeliones locales, las catástrofes naturales y la ambición empezaron a desestabilizar la perfecta armonía de la Confederación.
La guerra sedujo a los pacíficos, el poder a los humildes y la Humanidad fue testigo de cómo el origen de la vida podría ser la causa de destrucción de la misma.
Una más de las paradojas del Universo.
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Allí, en el altiplano boliviano, a 4000 metros de altitud sobre el nivel del mar, el azul del cielo es irrepetible. El contraste con el verde de las montañas, insuperable. Y el enigma de los grises de Puma Punku, que así ha sido, es y será, eterno.
Eterno, mientras ninguno de los gobiernos bolivianos auspicie excavaciones que liberen al exterior el 66 por ciento de las ruinas que aún siguen desconocidas para nuestra civilización.
Los bloques andesíticos visibles están desparramados por toda la zona, a 980 metros del llamado Palacio de Calassassaya, en el asentamiento de Tiahuanaco, ordenados en grupos los pocos que se pueden mover, e imperturbables los grandes bloques que superan el centenar de toneladas.
La Arqueología oficial supone, pues, que los restos pertenecían a una gran pirámide-templo levantada, según algunos, 15000 años antes de Cristo. Imaginar no cuesta dinero y eso es lo que se ha hecho hasta ahora.
Y el asombro apoya la leyenda.
El que causan los posibles métodos de transporte de las rocas más grandes: En barcas o balsas de totora desde no se sabe qué canteras, pues las moles no provienen de las montañas circundantes. Según otros, el transporte sólo se invertía en traer la materia prima en pequeñas cantidades y luego ésta se amasaba con fluidos milagrosos conocidos únicamente por los técnicos-sacerdotes, moldeando las formas que más tarde se unirían, para la construcción, con un pegamento especial desconocido en la actualidad, o con grapas de cobre arsenical, que sí han sido extraídas en las últimas excavaciones, y de las que quedan huellas perennes en algunas piezas de este gigantesco rompecabezas.
Y el estupor que producen las anomalías magnéticas localizadas en un mismo bloque cuando el N de una inocente brújula se deja desorientar con el desplazamiento centimétrico encima del mismo. Y los canales de drenaje con los que eran capaces de transportar agua desde una distancia de 10 kilómetros.
La miseria y el desconocimiento de los actuales habitantes de la zona, donde se halla el pueblo de Tiahuanaco, han hecho rapiña en Puma Punku para levantar viviendas y otros edificios del presente con lo sagrado del pasado, y es seguro que la información que osan tener los pretendidos sabios contemporáneos esté perdida en los cimientos de otros lugares sagrados de espíritu diametralmente opuesto al de los moradores del Tiahuanaco Antiguo.
Fueran quienes fuesen los ideadores de la enésima maravilla de aquel mundo, los incas debieron de presenciarla en mejor estado y quisieron imitarlos no pudiendo superar, ni siquiera igualar, su perfección, y puede que le dieran el nombre con el que hoy se conoce, la “Puerta del Puma”, porque quisieran hacer homenaje a uno de los símbolos divinos, el felino solar, pues creían que Tiahuanaco, donde estaba integrada, era la cuna de los orígenes de la especie humana, y que el dios sol, simbolizado por el oro de cada una de las puertas del gran templo piramidal, presenciaba a través de la puma punku el discurrir de su creación.
Hoy la base de esa admiración explota en múltiples conjeturas de un pasado que quizás fue, y del que quizás nunca se sabrá por qué fue y por qué dejó de ser. No mientras el puma no pueda saltar hacia el cielo infinito del conocimiento por hallarse enjaulado por la falta de interés y recursos, y por toneladas de tierra roja donde no crece más que la vegetación “puna” de los Andes.

Estas son las portadas de mis dos únicas novelas cortas, ambas de ciencia ficción: «Jamás y siempre a la vez» y «Luztragaluz».