Durmiendo abrazadito a ella me imaginé a mí mismo muriendo, dentro de cien años, abrazadito a ella.

Durmiendo abrazadito a ella me imaginé a mí mismo muriendo, dentro de cien años, abrazadito a ella.

Creo que si te disparo, te liberaré del sufrimiento.
Creo que si te disparo, terminaré con mis remordimientos.
No lo haré. Sufrirás y sufriré.
Ya acabará con mis remordimientos tu madre, cuando me reviente la barriga con sus colmillos.

Miró alrededor y no había nada. Escuchó, y solo silencio. Escribió una letra en un papel, y un mundo nuevo apareció en su mente.

La estampida de los animales tiró abajo su casucha. Su primer disparo los aterrorizó. Muchos kilómetros al norte.

El chico con peinado de mohicano se dirigió a mí con su cresta enervada y los ojos inyectados en sangre.
-¿Me das un euro?
Ante esa mirada inquisitiva lo único que sentí fue asco y odio.
-Por supuesto que si te digo que no, me pedirás todo el dinero que llevo encima, ¿verdad? Y sacarás un arma, ¿no?
-No llevo arma alguna, lo único que llevo es el poder de obtener lo que quiero y tú no vas a ser una excepción.
La convicción de sus palabras y su semblante tranquilo me asustaron más que cualquier otra amenaza.
No sé por qué, pero le di el euro. Tenía la seguridad de que ese poder del que hablaba me haría más daño que una simple arma. Estaba seguro de que sus bolsillos estaban llenos.