Me visto rápido pero concentrado, para no caerme con las perneras, para no golpear mis gafas con las mangas, para no olvidar que dentro de un segundo tu marido podría verme el ombligo.

Me visto rápido pero concentrado, para no caerme con las perneras, para no golpear mis gafas con las mangas, para no olvidar que dentro de un segundo tu marido podría verme el ombligo.

Mi ánimo está por los suelos. Lo considero, desde hace algún tiempo, un reptil.


Casi me arrolla un energúmeno en cuatro ruedas. Salté diez metros y me resquebrajé una rodilla. Pero no te preocupes. La autosoldadura funciona.

Soy un mísero escritor en una mísera habitación. Tengo ideas miserables que sé que nunca, jamás, se harán palpables. Es mejor así. He destrozado infinitas veces las hojas manchadas de azul. La verdad es que a mis ahora posibles lectores esto os dará igual cuando seáis efectivos críticos de mi intento de literatura. Pero considero que debo avisaros del estado de ánimo que me envuelve ahora mismo. Para que no os plantéis cuestiones insolubles al faltaros mi criterio.

La música, a lo lejos, sonaba antigua. Mis gustos, obsoletos, la apreciaban.

Lo malo de que gesticulara tanto es que no se le entendía cuando hablaba pausado, meditabundo, reflexivo, nada inquieto.

El libidinoso había instalado suelos espejados en su mansión rococó, recargada y desafiante para el buen gusto.

Leía más que nadie. Escribía más que nadie. Y cuando preguntaban qué vida era esa, contestaba que vivía más que nadie.

