Tampoco era la hora. Ni el minuto ni el segundo. Ni siquiera el día. El piloto de la máquina del tiempo había vuelto a equivocarse.
Las horas llanas. Sin altibajos. Sin emociones. Vacías. Tan distantes los recuerdos. Tan próximos los pensamientos, los peores pensamientos. Esos que la soledad aflora. Tan poco caritativos con el espíritu débil. Sin control inmediato en una cabeza martirizada.
Deseando que las horas llanas pasen, para caer en el nuevo día con más horas llanas.
Y siempre, algo irremediable, siempre vacío.
En el corazón.
Rodilla en tierra, miré a los ojos de una de las víctimas de esta guerra absurda y cruel. Tras un breve lapso, miré a esos mismos ojos a través de la mirilla de mi fusil. Tras otro breve lapso, pensé en mí y acaricié el gatillo. En el último lapso, el comandante del pelotón miró a mis ojos y asintió. ¡Fuego!